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A buena hora se viene a dar cuenta
Por Oscar Clemente Marroquín - Guatemala, 26 de mayo de 2005
ocmarroq@lahora.com.gt

Cuando apenas le quedan cinco días como Presidente del Banco Mundial, el economista James Wolfensohn dijo que no habrá paz duradera en el mundo mientras todos los dirigentes no se comprometan con la erradicación de la pobreza. Es una lástima que el funcionario internacional haga tal señalamiento cuando va de salida y está por entregar el cargo, porque si todos sus esfuerzos los hubiera orientado a convencer al liderazgo mundial de esa verdad tan clara como indiscutible, posiblemente algunos avances hubiéramos visto como producto de su gestión.

El Banco Mundial, junto al Fondo Monetario Internacional, son entidades que se han encargado de promover acciones orientadas al famoso ajuste estructural cuyo impacto ha sido el mayor empobrecimiento de los pueblos de las naciones del tercer mundo. En efecto, la política de privatización ha sido uno de los caballitos de batalla del banco sin reparar en que muchas veces esas acciones se traducen en el traslado del carácter monopólico de empresas estatales, a las que se les puede aplicar al menos presión política, a manos privadas que simple y sencillamente se burlan de las necesidades de los pueblos porque para ellas lo único que es importante es el margen de utilidad que les genera su inversión.

Es cierto, como dice Wolfensohn, que el mundo no tendrá paz mientras exista tanta pobreza porque aunque se gasten miles de millones de dólares en seguridad y defensa, siempre serán insuficientes para controlar los brotes de descontento provocados por el hambre, la injusticia y la marginación. Ahora no nos pueden decir que las revueltas son provocadas por el conflicto Este-Oeste y tiene que reconocerse que es el hambre la que provoca el descontento de grandes masas de población. Y además del hambre hay que mencionar por fuerza la inequidad, puesto que tanto entre los países como a lo interno de las distintas sociedades, las políticas promovidas por esa funesta burocracia internacional han provocado brechas cada vez mayores entre pobres y ricos. No es cuestión de plantear la crisis en términos de lucha de clases, sino de manifiesta insatisfacción de necesidades básicas, de hambre y falta de esperanza como factores que se suman para complicar el tema de la paz y la seguridad.

No podemos combatir el fenómeno de las maras si nuestros jóvenes no tienen esperanza alguna de futuro; alguien que ve posibilidades de realizarse y de vivir bien como producto del aprendizaje y del trabajo, no se metería a una pandilla donde sabe que su expectativa de vida es muy corta. Pero si de todos modos sabe que el horizonte está cerrado y que no hay esperanza de que pueda llevar una vida digna, a la larga no tiene mucho que perder.

Me imagino que gente como Wolfensohn debe retirarse con un profundo sentimiento de frustración porque los millones que canalizó el banco durante su gestión, lejos de ir a proyectos de desarrollo comunitario, fueron muchas veces a financiar esas políticas de ajuste estructural que para la burocracia de las entidades financieras se ha convertido en dogma. Y él dice que espera que poco a poco el mundo entienda la situación. Lo triste es que es demasiado "poco a poco" y mientras tanto hay gente que se muere de hambre y que en su desesperación busca salidas que comprometen la paz y la seguridad.

Fuente: www.lahora.com.gt


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