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Rodrigo Asturias obliga a la reflexión
Por Oscar Clemente Marroquín - Guatemala, 16 de junio de 2005
ocmarroq@lahora.com.gt

La muerte de Rodrigo Asturias, uno de los comandantes de la guerrilla de Guatemala, hijo del Premio Nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias y convertido en dirigente político tras la firma de la paz, obliga no sólo a la reflexión que se viene haciendo ya sobre su personalidad y el sello que la misma tuvo en el conflicto armado interno, sino que al análisis de ese conflicto, de sus causas y de sus efectos en la vida del país. Porque a diferencia de lo que sostienen muchos en Guatemala, los guerrilleros no emprendieron la guerra revolucionaria por aventurerismo personal ni, mucho menos, por consigna internacional.

1954 cerró de tal manera los espacios en el país, trasplantando el macartismo a nuestra latitud de una forma visceral y obtusa, que se impidió siquiera la posibilidad de discutir con amplio criterio los problemas nacionales, no digamos asumirlos desde una perspectiva social. La exclusión, por demás represiva y violenta, impuesta por la Ley de Defensa de las Instituciones Democráticas de Castillo Armas, generó al final el surgimiento de una expresión que, ante la imposibilidad de ser democrática, terminó siendo violenta. Obviamente hubo excesos en la guerra de uno y otro lado y al final, como está pasando ahora con la guerra contra el terrorismo, termina siendo una guerra absolutamente sucia que de un lado y otro menosprecia los derechos humanos y el derecho elemental a la vida.

Asturias pudo haberse dedicado a las letras como su padre o a los negocios; no era una persona que por resentimiento estuviera involucrada en ningún movimiento, sino que, empezando la década de los sesenta, entró a la guerrilla con el fallido experimento que lideró el coronel Carlos Paz Tejada, hombre digno, valiente y patriota. A la hora del balance pesará mucho más su responsabilidad en el secuestro de la señora de Novella que las motivaciones que lo llevaron a la guerrilla, pero así es siempre la vida. Un pecado borra todo lo demás y no es cierto lo que decía Abdón de que el que reza y peca empata. Gaspar Ilom siempre será visto como el secuestrador de una virtuosa dama y no como un legendario comandante guerrillero que luchó por darle algo diferente a su patria.

Y eso nos lleva a lo que, finalmente, tiene que ser la evaluación más terrible. ¿Qué le dejó a Guatemala el movimiento guerrillero, aparte de los muertos y de unos acuerdos de paz que duermen el sueño de los justos? Porque ni siquiera el partido político que tenía que haber sido expresión de continuidad democrática en la lucha por reivindicar derechos logró subsistir a las diferencias internas del movimiento. A diferencia de El Salvador y Nicaragua, los comandantes guerrilleros se están muriendo de muerte natural sin ver concretado siquiera un proyecto político de peso que dé contenido a una visión contraria a la conservadora que prevalece en nuestros países.

Tanto muerto, tanta lucha y tanto sacrificio parece no haberse justificado a la luz de los resultados. Guatemala hoy tiene, ciertamente, menos represión y brutalidad en materia de derechos humanos, pero las condiciones de pobreza y exclusión que provocaron el conflicto siguen allí, como caldo de cultivo para nuevos enfrentamientos. Hoy se puede hablar del Ejército, pero el campesino no vive mejor ni sus hijos tienen oportunidades distintas. Hay más libertad de prensa, pero la intolerancia hacia las ideas ajenas sigue tan fuerte como antes, en preludio de nuevos choques. Hay gobiernos civiles, pero que no son menos corruptos ni más hábiles que los militares. Tenemos elecciones, pero lo que manda es el dinero que desde la campaña genera tráfico de influencias. Todo eso es el producto final de la guerra.

Fuente: www.lahora.com.gt


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