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¿Y la libre determinación de los pueblos?
Por Oscar Clemente Marroquín - Guatemala, 23 de julio de 2005
ocmarroq@lahora.com.gt

Personalmente no creo que Daniel Ortega sea el tipo de dirigente que necesita un país como Nicaragua en las condiciones actuales y lo veo desfasado de cara al mundo que nos toca vivir. Sin embargo, siento que es un abuso intolerable el que el Subsecretario de Estado norteamericano para asuntos de América Latina declare a La Prensa de Nicaragua que su país hará todo lo posible por evitar que los sandinistas triunfen en las próximas elecciones y que los nicaragüenses tienen que elegir entre ser amigos o enemigos de los Estados Unidos.

Creo que ese tipo de mentalidad colonialista es la que tiene al mundo como está, porque la arrogancia de una gran potencia que se pasa por el arco del triunfo la dignidad y soberanía de los pueblos tiene que generar ese tipo de sentimientos de rechazo que, desgraciadamente, luego se traducen en acciones violentas que afectan a personas inocentes que no tienen que ver con la insolente actitud de sus gobernantes que, protegidos por impenetrables círculos de seguridad, están resguardados de las acciones que generan sus actitudes prepotentes.

Si los nicaragüenses quisieran elegir a los sandinistas para que los gobiernen, aunque sea un error, no es incumbencia de los Estados Unidos ni de ningún otro país. Y menos aún debiera ser objeto de manipulación mediante acciones encubiertas que tiendan a asegurar el triunfo de los aliados de Washington. Nicaragua es el peor escenario que pueda haber escogido el señor Roger Noriega para hacer gala de la resurrección del Americano Feo, puesto que no hay que olvidar que Washington asentó a sangre y fuego a una dinastía, la de los Somoza, para que gobernaran ese país para proteger y asegurar los intereses norteamericanos y fue tal la represión, el poder absoluto y la corrupción absoluta, que el pueblo se terminó alzando en armas para apoyar al movimiento sandinista en la lucha contra la dictadura apuntalada por la Casa Blanca.

Para muchos la declaración de Noriega entra en el marco de la política real y es no sólo comprensible sino que justificado que Estados Unidos decida el destino de estas pobres repúblicas bananeras. Sin embargo, hay que entender que esa actitud prepotente y arrogante es la que les ha granjeado tanta animadversión en el mundo entero, porque hay que ver que los valores que dan fuerza y consistencia a la sociedad norteamericana, entre ellos el apego a la ley y respeto a la justicia, son los mismos que violentan reiteradamente en el manejo de su política exterior. Es la eterna actitud de los imperios y esa declaración de Noriega es una muestra de cuánto pueden ufanarse de ser el poder único e indiscutido de la humanidad. Por supuesto que ante esa abrumadora potencia, algunos no encuentran otro remedio que el de luchar en el terreno de las acciones de la guerra irregular y por ello es que vivimos en un mundo tan convulso y expuesto a las acciones del terrorismo, porque cuando del lado del más fuerte hay desprecio por el derecho y por la dignidad de los pueblos, siempre en la historia se han visto reacciones que terminan siendo violentas.

Noriega está sembrando en América Latina vientos que traerán tempestades, puesto que si los pueblos sojuzgados sienten la humillación causada por la imposición, el vanagloriarse de ese poder para acrecentar la humillación y frustración sólo sirve para que las tempestades sean verdaderas tormentas.

Fuente: www.lahora.com.gt - 090705


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