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Las preocupaciones del Procurador
Por Oscar Clemente Marroquín - Guatemala, 6 de septiembre de 2005
ocmarroq@lahora.com.gt

Trabajos de campo realizados tanto en la capital como en los departamentos han permitido a la Procuraduría de Derechos Humanos documentar algo que se palpa en el ambiente desde hace algún tiempo: debido a la ineficiencia del Estado para atender la demanda social, las condiciones que prevalecen son explosivas y pueden producirse serios problemas en distintas partes del país debido a la insatisfacción de la ciudadanía que va más allá del simple tema económico y de la inseguridad que afecta a todos los estratos sociales.

Por supuesto que hay formas de descalificar el estudio de la PDH y se puede decir que se trata de un criterio alarmista sin fundamento, pero cuando se consideran las variables que fueron tomadas en cuenta por quienes participaron en el esfuerzo, uno entiende que realmente estamos sentados en un polvorín y que lo verdaderamente extraño y sorprendente es que el mismo no haya provocado estallidos. Porque a los problemas cotidianos que agobian a la población hay que sumar un elemento que es, a mi juicio, el más grave de todos en cuanto a comprometer la gobernabilidad del país. Y es que el guatemalteco no ve la luz al final del túnel porque ni existen políticas orientadas a corregir las graves deficiencias que estamos padeciendo.

Hay sectores que por prurito rechazan toda expresión que venga de la Procuraduría de los Derechos Humanos porque no entienden su función o porque juzgan que todo lo que hace es para proteger a delincuentes y malvivientes. Este trabajo no debe ser visto a la ligera por nadie, pero especialmente por la gente del Gobierno porque constituye un valioso aporte para medir cuáles son los puntos críticos en los que es urgente que se sienta la presencia de un Estado solidario que se ocupa y preocupa por la gente.

El inventario de los focos de conflicto que hay en el país es alarmante y sólo gracias a la proverbial paciencia de este pueblo es que hemos logrado evitar explosiones irreparables. Pero creo que es jugar con fuego seguir apostando a que la paciencia popular, traducida tantas veces en indiferencia, seguirá siendo el seguro colectivo que nos mantenga a salvo de cualquier sobresalto. Me preocupa, sobre todo, que surja de pronto una voz agitadora que encuentre eco en esa población que carece hasta de la esperanza, porque el terreno para la propaganda está más que fértil debido a la incapacidad que hemos tenido para fortalecer el papel del Estado en la promoción de un desarrollo humano justo y equilibrado.

Las condiciones de desigualdad, de las que muchos no quieren hablar porque consideran que abordarlas es promover la lucha de clases, son de tal magnitud que resultan escandalosas aun para los niveles latinoamericanos, lo cual ya es mucho decir. Y resulta que se gobierna al país con mentalidad de una minoría que lo tiene todo, sin entender que diariamente la mayoría enfrenta un terrible drama por carecer de lo indispensable.

La miseria en Guatemala no se reduce sino que aumenta y eso basta para demostrar el fracaso del Estado. Un Estado incapaz de promover el bien común y dar seguridad a sus habitantes es, por definición, un Estado fracasado y en nuestro caso, las evidencias están a la vista

Fuente: www.lahora.com.gt


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