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Así debe haber empezado todo
Por Oscar Clemente Marroquín - Guatemala, 16 de diciembre de 2005
ocmarroq@lahora.com.gt

Ahora que se publica en Guatemala que los archivos de la vieja Policía Nacional tenían las fichas de gente que fue asesinada o desaparecida en el marco del conflicto armado interno, piensa uno en lo que está ocurriendo justo ahora en Washington y la conclusión es que eso fue lo que nos pasó aquí y que se está repitiendo la triste historia que sacrifica los derechos humanos en aras de la seguridad nacional.

En efecto, el New York Times publicó una noticia, cuya difusión postergó por casi un año, dando cuenta de la orden dictada en el año 2002 por el presidente Bush para autorizar la escucha de comunicaciones telefónicas y el espionaje en correos electrónicos de cualquier persona en Estados Unidos sin que mediara orden judicial, lo cual contraviene las garantías constitucionales ampliamente respetadas en ese país hasta que el Acta Patriótica puso como primer punto en la agenda nacional la guerra contra el terrorismo.

Mientras el Times hacía esa publicación, en la Casa Blanca el senador John McCain llegaba a un acuerdo con el presidente Bush para proscribir la tortura en el futuro como instrumento para obtener información de los detenidos. McCain sufrió la tortura cuando fue prisionero de guerra en Vietnam y sabe perfectamente de lo que está hablando, por lo que su lucha tiene un profundo sentido. Sin embargo, su colega en la Cámara de Representantes, al frente del comité de las fuerzas armadas, ya dijo que no avalarán ese acuerdo porque para él, como para Bush y su equipo, la tortura es “indispensable para obtener información vital para la seguridad de los Estados Unidos”.

Y pienso yo que en aquellos años posteriores a la intervención norteamericana de 1954, cuando se cerraron los espacios en el país y se dictó la Ley de Defensa de las Instituciones Democráticas, tan similar al Acta Patriótica de Bush, el razonamiento fue igual. Esa ley dio carta blanca para que se investigara a cualquier sospechoso de ser enemigo del Estado y en el marco de la misma se detuvo a mucha gente de la que ahora aparece como fichada en los archivos de la Policía Nacional y que fueron sometidos a brutales torturas. La capucha de gamezán, los toques eléctricos en los genitales, el sumergimiento de los presos en pilas o toneles de agua para causarles asfixia y el uso tanto de rudimentarios como sofisticados aparatos para hacer sufrir a los sospechosos, fue práctica común en nuestro país como lo es ahora en Estados Unidos.

Y sin duda que los primeros muertos se “quedaron” en el interrogatorio y luego fue que desaparecieron sus cadáveres. Nadie sabe cuántos han corrido la misma suerte en Estados Unidos o en las prisiones que ellos controlan alrededor del mundo.

Lo cierto es que así se empieza en la carrera hacia la violación brutal de los derechos humanos y la supresión del respeto a la dignidad de las personas. Y lo peor de todo es que se hace con el beneplácito y aceptación de “ciudadanos honestos” que justifican el uso de la tortura o de medidas extremas para lograr su propia seguridad. Es obvio que sometido a tortura cualquiera dice lo que el interrogador quiere que diga y de esa cuenta jamás se sabrá cuántas de las víctimas eran realmente un peligro para la seguridad nacional y cuantas murieron porque cuando les tocaron el ave lira en los testículos, admitieron ser enemigos del Estado.

Fuente: www.lahora.com.gt


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