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Menos mal que somos pacientes
Por Oscar Clemente Marroquín - Guatemala, 17 de enero de 2007
ocmarroq@lahora.com.gt

Hay que ver como una bendición el que los guatemaltecos seamos como somos, pacientes y aguantadores, porque en otros países muchos de los problemas que aquí se vuelven cíclicos y a los que nos llegamos a acostumbrar, son suficientes para provocar lo que se conoce como estallido social y que en nuestro caso apenas si llega a ser el petate del muerto que ocasionalmente se saca para tratar de provocar la reflexión de los que toman decisiones en la vida nacional. Agobiados por los problemas de violencia, de falta de efectivo, de salarios insuficientes, de hospitales que no funcionan, de tribunales que no pueden aplicar la ley, de un sistema educativo plagado de dificultades, quiebras de bancos, atascos viales a toda hora del día y en cualquiera de los accesos de la ciudad, los chapines seguimos viviendo, como se dice en caló, bien piscinas pero con tenis.

Y cuando uno ve el horizonte, en busca de la solución para algunos de esos males, el panorama no es como para decir: ¡qué bruto! Por el contrario, pareciera como si la oferta fuera más de lo mismo con muy ligeros matices y así lo terminamos entendiendo todos y lo aceptamos como parte del inevitable destino de nuestro pueblo.

Lo más extraordinario de las características del guatemalteco es esa su tendencia extremadamente conservadora en un país donde, honestamente hablando, no hay mucho que conservar sino que hay demasiado que cambiar, que reformar, que modificar o que revolucionar. Porque institucionalmente el país está para el tigre, sin instituciones capaces de cumplir sus funciones y sin que la dirigencia política entienda que su responsabilidad está en hacer un rediseño del Estado para hacerlo eficiente y funcional, para que pueda cumplir con sus funciones de regulación y control que sirvan de garantía para que la población reciba al menos un mínimo de atención social para ofrecerle oportunidades.

Cuando nos encontramos metidos en uno de esos atascos descomunales que se generan porque los políticos decidieron que este es un período propicio para buscar votos y sin planificar hicieron al mismo tiempo obras por todos lados, resulta un ejercicio interesante entretenerse en ver el gesto y el rostro de los tripulantes de otros vehículos. Resignación puede ser el común denominador de un conjunto de personas que pareciera entender que no vale la pena protestar, que es mejor vivir callados y conformes con lo que tenemos.

Uno ve que en otros países existen distintos niveles de efervescencia producto de los problemas sociales y económicos. Y como nos gusta vivir en paz y sin sobresaltos, podemos decir que tenemos la suerte de que aquí no hay ese tipo de reacciones porque nadie está dispuesto a protestar ni a hacer nada. Menos si para manifestar algún descontento hay que ir atrás de algún Joviel Acevedo o alguien por el estilo, que genera tantos anticuerpos y cuyas condiciones de dirigente son tan pobres y escasas.

Guatemala es un caso especial y habría que escarbar en la conciencia colectiva para ver si se trata de una actitud heredada o de acomodos que hemos ido haciendo a lo largo de tantos años de violencia y represión. El caso es que somos un pueblo llevadero, conforme y aguantador. Un pueblo paciente que da ejemplo al mundo de que aun en las condiciones más adversas se puede agachar la cabeza sin remordimiento y sin el menor ánimo de protesta. Un caso, en fin, digno de estudio porque no es fácil encontrar respuesta sociológica a ese llevar la vida a cuestas sin el menor gesto de cansancio o desagrado.

Fuente: www.lahora.com.gt


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