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La etiqueta de una visita
Por Oscar Clemente Marroquín - Guatemala, 10 de marzo de 2007
ocmarroq@lahora.com.gt

Si usted va de visita a una casa ajena, obviamente tratará de no molestar a los anfitriones, mucho menos imponerles en forma abusiva sus gustos y caprichos alterando toda la rutina normal de quienes le abren su hogar. Menos, por supuesto, antes de emprender el viaje va usted a darles una paliza a los parientes de quienes le han invitado, porque con ello estaría actuando en forma por demás grosera y exponiéndose a que, si sus anfitriones tuvieran un ápice de dignidad, lo mandaran al chorizo y revocaran la invitación.

A partir del próximo domingo los guatemaltecos seremos un tipo especial de anfitriones, puesto que el equivalente de nuestro papel será el del dueño de una casa que invita a alguien y luego recibe instrucciones para no circular por determinados ambientes de la vivienda, renunciar a sus derechos como jefe del hogar y someterse a las disposiciones de quien llega a pasar unas horas de visita. Hay visitantes que resultan en verdad molestos por su actitud, pero cuando la misma tiene características de extrema arrogancia, uno se pregunta a qué hora se le ocurrió extender la invitación.

Hay casos, sin embargo, en lo que justo es reconocer que los invitados ni siquiera fueron invitados sino que dispusieron llegar de paracaidistas cayendo de golpe y porrazo tras haber notificado que decidieron realizar una visita. Y mandan como anticipo a sus propios cocineros, a sus guardaespaldas, a sus pilotos y asistentes, quienes asumen el control de la vivienda del anfitrión que, mientras dure la visita, será un objeto que deberá moverse de acuerdo a las instrucciones que reciba y sin el menor derecho a chistar.

Por supuesto que tenemos que marcar algunas diferencias. Una actitud de prepotencia de tal calibre no se le acepta a un pariente pobre o a un amigo común y corriente. Pero si se trata de un multimillonario que "le hará el honor" a usted de visitarlo en su casa y de aceptar su "hospitalidad", ocurre aquello de que como la necesidad tiene cara de chucho, no le queda otro remedio que el de aguantarse las incomodidades, las molestias y hasta los abusos porque a lo mejor tras tanta jodarria le dejan alguna propina.

Y como la dignidad no es algo que abunde, no faltan los anfitriones que con tal de presumir ante otros porque un poderoso dispuso visitarlo aguantan humillaciones, desprecios y no digamos todas las molestias habidas y por haber. Hasta que sus patojos se queden sin poder ir al colegio porque no podrán salir de sus habitaciones mientras la casa está literalmente ocupada por la visita.

Pero si todo se puede pasar con tal de un "momento de gloria" al recibir a un figurón, lo que no tendría ni madre, creo yo, es rendirle pleitesía al visitante que acaba de sopapear a nuestros parientes antes de llegar a nuestra casa. Como dirían las viejitas mexicanas, aparte es Juan Domínguez y aparte no me chingues porque la verdad es que resulta denigrante tener que comportarse como un excelente anfitrión con quien ha tenido tan poco gusto, tan poca delicadeza y tan poco de todo.

Pero como también dicen, no tiene la culpa el loro, sino quien le enseñó a hablar. En todo caso, un visitante es abusivo hasta donde le dejamos ser abusivo y es prepotente hasta donde nosotros nos agachemos para rendirle pleitesía. Por poderoso que sea, por inseguro que se sienta y por mucha seguridad que requiera, si hay dignidad del anfitrión todo tendría un límite.

Fuente: www.lahora.com.gt - 090307


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