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Cuando no les queda otro remedio
Por Oscar Clemente Marroquín - Guatemala, 4 de mayo de 2007
ocmarroq@lahora.com.gt

Esta semana recibí la visita de un profesional universitario de mucha conciencia social, quien de entrada me hizo el comentario de que había perdido mucho tiempo porque la marcha de los maestros había generado un gran embotellamiento y que sin duda esas actitudes le hacen daño al país. Y es la percepción generalizada de los guatemaltecos porque nos molesta a todos que la protesta de los maestros o de cualquier otro sector afecte nuestra vida cotidiana. Yo mismo critiqué mucho las molestias que nos significó a los guatemaltecos la presencia del señor Bush, quien vino a adueñarse de nuestras calles con una arrogante prepotencia que nos obligó a cambiar nuestra rutina.

Pero en el caso de la protesta social hay que ver que la misma se convierte en resultado de la incapacidad de las autoridades para dialogar y para resolver los problemas antes de que se compliquen. Si ni siquiera bajo la presión de marchas callejeras se atiende el clamor de los sectores o gremios, ya nos podemos imaginar qué lograrían los maestros si siguieran dando clases y no actuaran con medidas de hecho. Al final de cuentas, el Gobierno termina cediendo y ya vimos que hubo un aumento de salarios y que se están poniendo las pilas para abastecer a las escuelas y a los alumnos, pero ello no hubiera sido posible sin la manifestación callejera.

Lo mismo que con los hospitales, donde hubo necesidad de ir al paro de labores para que el Gobierno reconociera que la administración en salud pública era un desastre. Se firmaron acuerdos que luego no se han cumplido y cuando sintamos el país tendrá que volver a sufrir una paralización de labores que los ciudadanos veremos como una actitud inmadura de los médicos, pero que al estudiar a fondo el caso deberemos reconocer como el único camino que les queda para hacer oír su voz ante la notable indiferencia de quienes debieran ser los más preocupados por la salud del pueblo.

Por supuesto que el ideal sería que nada perturbara nuestra calma ni nuestra normalidad en la vida diaria, pero si vivimos en un país mal administrado, donde los funcionarios no toman en cuenta los planteamientos de los gobernados, salvo cuando toman medidas de hecho, terminaremos por entender que el problema no está en la actitud de los sindicatos o de los gremios, sino en esa secular incapacidad de nuestras autoridades para dialogar y para anticiparse a los problemas.

En el caso de la Educación no es sólo un problema salarial el que está en juego. Es un asunto mucho más profundo, porque se trata de la intención de imponer un modelo ideológico en el pilar del desarrollo del país y de manera dogmática las autoridades han impulsado su proyecto, aun manoseando leyes que fueron consensuadas con otros grupos, entre ellos empresariales. Es un problema de fondo que se quiere disfrazar como si fuera una simple lucha por salarios y eso no lo vemos la generalidad de los ciudadanos que rechazamos la molestia que nos causa la protesta. Pero la protesta es el último recurso que tienen los sectores para hacerse oír cuando se topan con los oídos sordos de funcionarios que no entienden de diálogo y negociación sino que pretenden usar su poder para imponer, a puro tubo, su modelo ideológico.

Y en un país donde lo peor que tenemos es la sangre de horchata, esos aires con remolino no deben ser vistos como algo negativo, sino como el inicio de una toma de conciencia que a lo mejor nos rinde frutos en el futuro.

Fuente: www.lahora.com.gt


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