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Toda acción provoca una reacción
Por Oscar Clemente Marroquín - Guatemala, 6 de octubre de 2007
ocmarroq@lahora.com.gt

Siempre he pensado que las cosas no ocurren por capricho y cuando se cuestiona tanto la odiosa intervención del Estado en procesos económicos, hay que entender que la misma es resultado de abusos que cometen los particulares y para nada me sorprenderá que en el futuro, ante el comportamiento de quienes han privilegiado la supuesta majestad del mercado para dar rienda suelta a su voracidad aún en perjuicio de los intereses sociales, se produzca una oleada mundial de regreso a políticas intervencionistas y de regulaciones cada vez más estrictas que serán consecuencia directa de los abusos.

Pues lo mismo ocurre en todos los campos de la vida y ahora mismo nadie estaría pensando seriamente en legislar para evitar la manipulación de las encuestas si no se hubiera dado el burdo fenómeno que se vio en la primera vuelta y del que, por lo visto, no sacaron lecciones adecuadas quienes confunden la libertad de expresión con el derecho a manosear la realidad para llevar agua a su propio molino engañando al público. Ya admitieron, por lo menos, que el problema no está en las encuestas sino en la forma en que ellos mismos las presentan. Pero sigue en debate el impacto que esas manipulaciones tienen en el proceso democrático y siendo uno de aquellos casos en los que se trata de definir que es primero, si el huevo o la gallina, la verdad es que cuesta mucho esclarecer el nivel de influencia que los datos adulterados tienen en el comportamiento de los electores.

Repito que los abusos y excesos de quienes no hacen uso responsable de la libertad es lo que obliga a las sociedades a través de los tiempos a establecer mecanismos legales para impedir los abusos. Lo mismo que pasa con la economía pasa también con el ejercicio de las libertades, puesto que cuando en nombre de la libertad se incurre en acciones que al final de cuentas tienden a adulterar las mismas libertades ciudadanas, hasta el más torpe entiende que debe haber un mecanismo para limitar la capacidad de incurrir en funestos y lesivos excesos.

Durante muchos años los afectados por el resultado de las encuestas las criticaron, pero nunca se llegó a un nivel de consenso como para promover regulaciones apuntando a la verificación de la metodología utilizada para las mediciones de la opinión pública. Hizo falta que se incurriera en una burda manipulación, evidenciada de manera categórica por el contraste con los resultados, para que todos, hasta los beneficiados por la maniobra, entendieran que no puede seguirse dejando a la libre algo de tanta importancia y trascendencia en el ánimo de los electores. Por ello es que ahora, por primera vez, existe una preocupación compartida por la forma en que actúan algunos sectores que, sin recato ni pudor, llegan al extremo de admitir que posiblemente presentaron mal los resultados y que ello pudo haber sido el problema.

Hay cierto determinismo histórico que se explica en esa certeza de que toda acción genera una reacción. Cierto es que hay pueblos que parecen aguantar hasta el infinito que los agarren de babosos, pero siempre llega el momento en que el exceso en los abusos genera consecuencias y ahora estamos frente a uno de esos casos. Fue tan burdo el proceso que hasta los que siempre tienen remilgos para pelear con la cocinera están ahora dispuestos a hacerlo.

Fuente: www.lahora.com.gt


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