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Creer en la CIDH está como creer en el Muro de Lamentaciones
Por Ollantay Itzamná - Guatemala, 8 de agosto de 2017

Entre finales del mes pasado y primeros días del presente mes de Agosto, la Comisión Interamericano de Derechos Humanos (CIDH), principal órgano consultor de la Organización de los Estado Americanos (OEA) realizó una visita in loco (en el lugar) a la situación de los derechos económicos, sociales y culturales en Guatemala.

La CIDH fue creada por la OEA, en 1959, con la finalidad de observar y acompañar el cumplimiento de los derechos humanos en cada uno de los países miembros del Continente. Entre sus funciones, aparte de dar recomendaciones, está la de presentar expedientes ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos en los casos de violación de derechos humanos que involucren a los estados.

Lo que llama la atención, de cuantos observamos las conductas de los sujetos y antisujetos con perspectiva latinoamericana, no es tanto la presencia ceremoniosa y mediática de CIDH dando espectaculares informes preliminares con verdades cotidianas, sino la nutrida y emotiva participación de actores "revolucionarios", indígenas y "democristianos" guatemaltecos.

Como ocurre en otros países, las citas colectivas abiertas con representantes de la CIDH fueron prácticamente una procesión de infinidad de quejas y lamentos de una guatemalticidad hundida en la desesperanza.

Pero, muy pocos o casi nadie se dio cuenta que la CIDH fue y es el ente más frío y silente que el Muro de las Lamentaciones[1] ante a la sistemática violación de derechos humanos en la región.

Las historias inconclusas de América Latina están empedradas con piedras que aún hieden a sangre caliente y gritos ahogados de pueblos enteros bajo el yugo de dictadores impuestos por los gobiernos norteamericanos, pero ninguno de esos dictadores fueron recriminados, ni mucho menos acusados, en la Corte Interamericana, por la flagrante violación de derechos humanos.

Pinochet (Chile), Banzer (Bolivia), Videla (Argentina), Méndez (Uruguay), Somoza (Nicaragua), Ríos Montt (Guatemala), Trujillo (Rep. Dom.), etc., fueron algunos de los impunes antisujetos demoledores de los derechos humanos en la era de la CIDH, pero ninguno de estos, ni otros, fueron casos de su interés. Los gobiernos de los EEUU. fueron y son los principales agentes criminales, predadores de derechos y soberanías de los pueblos. ¿la CIDH hizo alguna condena o presentó alguna vez el caso ante la Corte?

La CIDH fue silente cómplice ante los últimos golpes político militares de Estado en el presente siglo en Venezuela, Honduras, Paraguay, Brasil. Actualmente, en la cruenta guerra mediática desigual instaurada por los ricos en contra de los empobrecidos en Venezuela (que ya cobran más de un centenar de vidas), la CIDH y la OEA vapulearon, junto a los violentos guarimberos, a la institucionalidad democrática y soberana de aquel país que finalmente encontró una salida momentánea a su desencuentro interno.

Creer que la CIDH es una autoridad ecuánime para el respeto y cumplimiento de los derechos humanos en América es tan ingenuo como creer que el milenario Muro de las Lamentaciones sea el auditorio divino en la tierra.

En las dos últimas décadas, la OEA, eficiente organismo de anexionismo comercial de los EEUU., salió deslegitimado y golpeado en las diferentes guerras emprendidas en contra de pueblos y gobiernos soberanos antinorteamericanos.

Cuba y Venezuela sacudieron a la OEA y la dejaron muy mal parada. La creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), como antídoto democrático a la OEA es una evidencia de ello.

Es en estas circunstancias que se debe observar la visita in loco y los lamentos de la CIDH en Guatemala. La OEA, luego de sus vergonzosas derrotas en Cuba y Venezuela, necesita oxigenarse de legitimidad, y lo hace mediante su principal órgano. Guatemala, al ser el cinturón geopolítico entre el Norte mortal y el Sur vital, es un sitio clave para este intento de sanación.

El problema no es tanto que estructuras como la CIDH visiten Guatemala, sino que, a pesar de las evidencias históricas y simultáneas, "revolucionarios", indígenas, activistas de derechos humanos..., acudan con esperanzas casi escatológicas a sus llamados, y legitimen con sus acciones los emprendimientos de antisujetos mundiales de derechos humanos.

[1] El Muro de las Lamentaciones es un residuo del Templo de Salomón que los destructores romanos dejaron (año 70 dC.) en Jerusalén para que los judíos guarden memoria del poderío romano. Pero, los judíos, asumieron dicho Muro como una señal de la fidelidad y presencia divina en la tierra.


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