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Tierra y etnicidad en Guatemala
Por Olmedo España - 7 de abríl de 2004

De nuevo las calles y avenidas de la ciudad Guatemala fueron el asiento en donde miles de mujeres y hombres desfilaron mostrando su pobreza, y pensando en una posible salida que los conduzca a una mejor condición de vida.

Pancartas y discursos patentizaron la necesaria atención a ese volcán que se llama movimiento agrario.

El tema de la tierra no sólo tiene en nuestro país un carácter histórico, social y económico, sino étnico. Las conglomeraciones indígenas están en el campo, de ahí, que tierra y etnicidad sea lo que nos diferencia de América Latina. Detrás de este fenómeno existen correntadas de historia que alimentan un sentimiento dramático con la tierra.

Esta marcha expresa la persistencia de conflictos en el agro guatemalteco, fruto de la inequidad. Esto indica que hasta hoy percibimos lo rural como un problema en sí mismo y no como una alternativa al atraso.

Debemos considerar que lo rural no es sólo lo agropecuario, tal y como los mismos campesinos lo hicieron ver al oponerse a aquellos proyectos mineros que atentarían contra el equilibrio de nuestra naturaleza.

Lo rural es fuente de recursos naturales, como el aire, el agua, las
plantas, el subsuelo, los espacios de descanso, de una sólida cultura que se expresa en hábitos, tradiciones, religiosidad.

Ese grito de la marcha campesina es una especie de llamado de atención, de que lo rural debe ser revalorizado para superar la dicotomía con lo urbano.

Las ventajas del mundo urbano deberían ser disfrutadas por la población rural, pero las que tiene el mundo rural, por quienes habitan en las estrechas calles de la ciudad. El fluido de la vida de las montañas debe alimentar los pulmones de la urbe, pero el acceso a la educación y la salud, a los créditos, a la tecnología, debe ser el colchón de lo rural, antes que los TLC nos terminen de tragar.

Los desafíos frente a la globalización son demasiado grandes, y no sólo debemos preparar la industria, carreteras y recursos humanos, sino sanear de manera integral el campo, porque ahí puede estar nuestra propia solución como país.

Nuestro agro, azotado por pugnas centenarias, por las secuelas de una guerra fratricida y por la cabalgante pobreza que cubre más de la mitad de la población rural, obliga a todos los sectores dirigenciales del país a encontrar la voluntad que haga efectiva una transformación de lo rural, para empatarlo de manera natural en una estrategia humana de desarrollo.

El modelo de sociedad rural está en crisis, porque los problemas históricos están sin solución. Pensemos entonces en diferentes maneras de cómo los indígenas deben ser protagonistas del desarrollo nacional y encontrar caminos para superar la pobreza, los conflictos de tierra y el propio desempleo. Hasta donde mis percepciones me indican, pienso que la distribución de tierras adquiridas de fincas de café desahuciadas no es la solución, porque para que alcance para todos se deberían aplanar volcanes, montañas, o bien, repartir macetas con tierra. Ciertamente existe una limitada distribución de la tierra, aunado a la deforestación y a la falta de agua, a la contaminación de los suelos, entre otros, pero no es la única salida.

Habrá que pensar en créditos, capacitación, insumos, comercialización, diversificación y otros etcéteras para hacer ver que la problemática no es sólo repartir o debatir.

Hoy se trata de voluntad política, para enlazar y asumir un compromiso de incorporar a la población rural al desarrollo económico, social, tecnológico y político. Ahí están las propuestas en blanco y negro de CENOC, de la Cámara del Agro, de las plataformas programáticas de los Partidos Políticos y del Gobierno mismo.

Necesitamos acciones concretas para detener esa explosión social en crecimiento, que podría germinar en una dramática y caótica salida.

Tomado de www.sigloxxi.com


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