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Iglesia y sociedad en Guatemala
Por Olmedo España - Guatemala, 31 de enero de 2005
olmedovillarreal@hotmail.com

Un país como el nuestro, lleno de riquezas en el suelo y subsuelo, representa ese lugar ideal donde las personas puedan vivir con plena satisfacción. Sin embargo, esta naturaleza que debería ser el motivo de la felicidad humana se convierte, paradójicamente, en el drama de una vida en la cual, hasta las esperanzas mueren cotidianamente.

Los grandes reservorios de nuestra tierra, como los árboles, aguas, rica biodiversidad, oxígeno, minerales, son canalizados productivamente, en una especie de "primarización de la economía". En tal sentido, las grandes empresas nacionales y los países desarrollados utilizan estos recursos naturales para crecer económicamente, sobre la base de pagar precios irrisorios por la mano de obra y su materia prima.

Lo anterior sirve para contextualizar la posición de la Conferencia Episcopal de Guatemala en torno al concepto de desarrollo integral que "maneja la doctrina social de la Iglesia", particularmente en la defensa de la vida que ha asumido el obispo Álvaro Ramazzini, respaldado por el Cardenal Quezada Toruño desde una conciencia lúcida que percibe con claridad meridiana el problema de la explotación minera en el país.

Habrá que recordar que Guatemala está amarrada por un conjunto de múltiples culturas e inmensas necesidades que, en el marco deshumanizador de la calidad de vida, las religiones tienen un profundo desafío de crear espacios vivibles y esperanzas visibles. Precisamente porque, de alguna manera, los cambios que se han dado en la historia inmediata nos hacen pensar que las organizaciones aglutinadoras de los grandes conglomerados de seres humanos para exigir el cumplimiento de sus derechos se han ido desvaneciendo. De ahí que lo religioso cobre fuerza en un mundo desesperanzado.

Las preguntas que nos hacemos son: ¿Hasta dónde pueden llegar las iglesias en su afán de proteger la vida humana? ¿Les corresponde a las iglesias encabezar movimientos libertarios en búsqueda de justicia social? ¿Pueden y deben las iglesias proponer soluciones a los problemas nacionales? ¿Debe la Iglesia trabajar en torno al respeto de la dignidad humana para hacer de nuestra vida social una sociedad realmente humana? ¿O bien, como en aquellos tiempos cuando pregonó la separación de la Iglesia de las cosas del Estado, ¿ésta sólo se debe dedicar a cuidar la pureza o pecados del alma en función de otros mundos? O sea, una función adormecedora de conciencias y de evasión de la realidad.

Respecto a estas cuestiones, y en medio de intereses y concepciones, todos tenemos, de alguna manera, una posición. En lo personal comparto lo que el teólogo brasileño Leonardo Boff ha dicho al expresar que "la religión es la organización más ancestral y sistemática de la dimensión utópica inherente al ser humano. Por eso, para la religión el mundo no está definitivamente perdido; es posible su rescate y su perfección; morir no es sólo cerrar los ojos; es cerrar los ojos para ver mejor. Habrá una confraternidad entre el ser humano y la naturaleza, una comunión estable entre el hombre y la mujer, un encuentro de fusión entre Dios y la humanidad". Por ello, algunos "no aceptan que la opción de los pobres nazca del corazón de la fe cristiana y de la esencia del propio concepto bíblico de Dios". Porque, según Alvez "la religión es la voz de una conciencia que no puede encontrar descanso en el mundo, tal y como es, y que tiene como proyecto trascenderlo".

Así, la Iglesia Católica guatemalteca, inspirada en la doctrina social de las encíclicas y del mensaje del Evangelio, no puede cínicamente desprenderse del drama humano de la pobreza que la rodea, a riesgo de traicionarse ella a sí misma. "Es necesario, dice la encíclica Gaudium et Spes, conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia lo caracterizan".

Fuente: www.sigloxxi.com


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