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Prostituta: mujer de mala vida
Por Olga Villalta - Guatemala, 12 de octubre de 2004

En cualquier diccionario podemos encontrar una definición de prostitución que dirá más o menos lo siguiente: “Comercio sexual que una mujer hace, por lucro, de su propio cuerpo”. Pero en el Diccionario Feminista de Victoria Sau nos encontramos con la definición siguiente: “Institución masculina patriarcal según la cual un número indeterminado de mujeres no llega nunca a ser distribuido a hombres concretos por el colectivo de varones a fin de que queden a merced, no de uno solo sino de todos aquéllos que deseen tener acceso a ellas, lo cual suele estar mediatizado por una simple compensación económica. A las prostitutas se les llama a veces mujeres libres en el sentido de que no tienen un amo único (marido), pero en cambio están expuestas al tratamiento autoritario y patriarcal de todos o cualquiera de los varones”.

Históricamente parece que fue Justiniano el primero en dar una definición de la prostitución que todavía puede resultar válida hoy a nivel de diccionario masculino corriente: Mujeres que se entregan a los hombres por dinero y no por placer.

Victoria Sau indica que la prostitución no es una institución femenina, sino masculina, cabe señalar que en Grecia se reclutaban a esclavas y las ubicaban en el “lupanar” en donde se les obligaba a cumplir con su “trabajo”. El Diccionario Enciclopédico Hispanoamericano aclara que en el “lupanar cada celda era la habitación de una prostituta esclava comprada por el Leno y explotada por él hasta que, inservible, la vendía de nuevo”.

Debemos recordar que en Roma las prostitutas eran reclutadas entre la población penal para que no causaran gastos. Asimismo, el pater familias tenía potestad para vender o alquilar a la esposa y las hijas para la prostitución. En India hasta 1926, las niñas entraban al servicio de un sacerdote para aprender la “profesión” a partir de los cinco años... Y en algunas comunidades de Guatemala, las niñas siguen siendo vendidas por Q200 o regaladas con el argumento de que no las pueden alimentar por la pobreza de sus progenitores.

Cuando hurgamos en la vida de las mujeres que ejercen el comercio sexual, nos damos cuenta de que muchas de ellas fueron abusadas por hombres de la familia –el padre, padrastro, hermano, primo– o echadas a la calle por un embarazo precoz.

Dentro de la Iglesia católica, tanto San Agustín como Santo Tomás de Aquino consideraron a las prostitutas como un mal necesario, en tanto que gracias a ellas se podía preservar la honestidad de las mujeres casadas y la virginidad de las solteras. Es decir se aplicaba la doble moral.

Sau considera que en la actualidad hay todavía condicionantes para que las mujeres sean inducidas o se integren a la prostitución como institución. Si bien cada vez está menos reglamentada –sólo se reglamenta para las que la asumen como trabajo diario y no para quienes la hacen desde la clandestinidad– entre ellas están:

- La publicidad continúa utilizando los cuerpos de las mujeres como “deseable”, “tomable” y “violable”, lo cual refuerza la relación cliente-prostituta.

- La inequidad en los salarios deja a las mujeres en una posición débil en cuanto a ingresos económicos. Ante la crisis económica no es raro que algunas se planteen como una posible salida la venta de su cuerpo, si al fin y al cabo siempre hay clientes dispuestos a pagar.

- La permanencia de la institución a lo largo de milenios ha permitido que en el imaginario social se crea que toda mujer puede ser prostituida o ejercer la prostitución.

Y finalmente, si prostituir es “comerciar la sexualidad”, ¿cuántas mujeres escogen al esposo tratando de lograr la “estabilidad económica” a largo plazo? Quizá la diferencia sea que unas se venden por un rato y otras para toda la vida. Por lo tanto, sería bueno que analizáramos la otra cara de la moneda: el matrimonio como institución patriarcal creada para controlar a las mujeres, la cual desde mi punto de vista deberíamos resignificar.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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