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Encuestas, otro campo de la lucha electoral
Por Otto Zeissig Vásquez - Guatemala, 4 de julio de 2007

Al convertirse de una herramienta para la definición de estrategias partidarias, en instrumentos mediante los cuales los medios de comunicación, principalmente escritos, atienden los procesos electorales, llevaron a las encuestas de ser meros instrumentos de información a establecer otro campo de la lucha electoral. Aunque no está demostrado que resulten determinantes en los resultados electorales, la elaboración y publicación de encuestas, ha cobrado tanta relevancia que en muchos países se aprobó legislación que limita su difusión, principalmente cuando es cercana la realización de los procesos electorales. La ley electoral y de partidos políticos de nuestro país las prohíbe desde treinta y seis horas antes y durante la realización de las elecciones.

Una encuesta debería ser la información más aproximada a la verdad, porque no puede ser exacta, sobre la opinión o preferencias de los electores en una sociedad y en un tiempo determinado. ¿Cómo hacerlo? Midiendo la frecuencia con que se repite un evento, en este caso de preferencia electoral, en una muestra pequeña del colectivo social determinado. Allí parece estar el arte de esta disciplina científica adaptada en múltiples formas, casi siempre útiles, a las ciencias sociales.

Las fichas técnicas que presentan las encuestas realizadas por tres medios de comunicación en Guatemala, coinciden en una muestra que ronda alrededor de 1200 entrevistas a nivel nacional, esto supone que según la estratificación de los eventuales votantes: su edad, sexo, escolaridad, condición económica y cultural (pertenencia étnica); así como su distribución geográfica en cada uno de los distritos en que se divide el padrón de electores, como las condiciones geográficas urbanas y rurales que los caracterizan; supone un verdadero acto de magia acertar el lugar, el día y la hora y las personas a ser entrevistadas, con el propósito de que esas 1200 entrevistas a nivel nacional den como resultado, lo esperado, una medición lo más aproximada a la realidad.

Para formarse una idea de lo anterior, resulta más probable tener un premio en la lotería Santa Lucía, que el azar destine a una persona para ser entrevistada en una encuesta de intención de voto.

Sin ninguna ínfula de experto, sino con toda la honestidad de todo lo contrario, es de imaginarse que las herramientas técnicas se complican aún más, en la medida en que las opciones que pueden ser objeto de preferencia no son dos, ni tres, sino que quince o quizá más. Por lo tanto, es obligado preguntarse que tan cercanas a la realidad son las encuestas publicadas por los medios. Seguramente unas más que otras. Pero ¿cómo saber cuál?

En la última “generación” de encuestas presentadas por los medios en el transcurso del mes de Junio, las diferencias son tan distantes que la suma de sus respectivos márgenes de error es mucho menor que la distancia entre los datos de una y otra, especialmente en el dato que reporta la preferencia de voto de quien encabeza las encuestas en todas las mediciones. También es muy significativo que unas reporten un “empate técnico” entre el segundo y tercer puntero de la elección presidencial; mientras que en otra encuesta, el segundo mantiene una cómoda ventaja frente a la candidata que ocupa el tercer lugar de las preferencias.

No digamos de las encuestas que se publican en campos pagados, donde los candidatos de las campañas electorales que las han solicitado, obtienen siempre, y ¿Cómo no? una proporción de preferencias más generosa que todas las publicadas de manera independiente por los medios de comunicación.

En conclusión, los datos de las encuestas son tan divergentes que sería arriesgado para cualquiera tomar una posición o decisión a partir de ellas. Y ese es el otro problema que las encuestas entrañan, la posibilidad de que la medición no adolezca sólo de problemas técnicos, sino se de la posibilidad de que se presente a la opinión pública información con algún sesgo, tendiente a influir en su decisión.

Las encuestas, si bien, no son medios de convicción pueden influir en los electores, en el sentido de hacer aparecer a un candidato con cierta fuerza que no posee, o restándole a otros el respaldo que tienen, lo cuál puede llegar al punto de erosionar la legitimidad a las propuestas que un candidato plantea. Según sea próxima la celebración de elecciones, el electorado tiene otros comportamientos para decidir su opción, como por ejemplo estimar la necesidad de hacer uso útil de su voto, quitándoselo al candidato o programa de su preferencia, por otro, con mayor posibilidad de éxito electoral, aunque no satisfaga completamente su interés.

Un elector inmaduro puede incluso verse “obligado” a dejar su opción por no apoyar lo que las encuestas señalarían, implícita o explícitamente, como un candidato perdedor.

Por lo tanto, los medios de comunicación tienen la responsabilidad de exigir mayor rigor técnico a las empresas que realizan sus encuestas y abstenerse de la tentación de convertir estas mediciones en un instrumento de promoción electoral.

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Epoca No. 1236


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