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¿Por qué perdió Rigoberta?
Por Paola Hurtado- Guatemala, 16 de septiembre de 2006

La derrota de la primera mujer indígena que se postuló a la primera magistratura no solo evidencia que Guatemala no estaba preparada para una candidata indígena, sino que las organizaciones mayas tampoco estaban listas para optar a la Presidencia.

La víspera de las elecciones, Rigoberta Menchú no se cansaba de criticar a las últimas encuestas de intención de voto que le auguraban entre un cuarto y sexto lugar en las votaciones presidenciales.

“Los encuestadores han sido racistas y nos han ignorado”, alegaba la líder indígena el sábado previo a los comicios, cuando servía en su casa tazones humeantes con caldo de gallina al séquito de periodistas que la seguía a todos lados.

Les dejaba claro así que no tenía nada contra ellos, sino contra los malintencionados presagios de sus medios. “Cuando lleguemos al Gobierno lo primero que vamos a sacar es una ley para impedir que se hagan esas encuestas privadas, que solo interfieren con las democracias y las dirigen”, anunció con vehemencia.

Menchú se resistía a creer que menos del 6 por ciento de los electores quería que ella fuera Presidenta. Estaba segura –o así lo dio a entender– que las encuestas estaban sesgadas.

¿Qué otra explicación podría darse al hecho de que antes del año electoral esos mismos medios vaticinaran que la mitad de los guatemaltecos votaría por ella si fuera candidata?

La respuesta se la dieron los comicios del domingo. Rigoberta Menchú quedó en el séptimo puesto, con el 3.09 por ciento de los votos, una posición que ni las encuestas previeron.

En los últimos días la han llamado “la gran perdedora de las elecciones”. Además de los candidatos que pasaron a la segunda ronda electoral, Menchú es la que más ha llamado la atención.

Quizá se deba a que la Premio Nobel de la Paz no solo perdió, sino que su derrota fue estrepitosa y además trascendió al ámbito internacional, donde posee mucha popularidad. O talvez tiene que ver con que fue la primera mujer indígena que se postuló a la Presidencia de Guatemala. Alguien capaz, se decía, de atraer el voto masivo de los indígenas, quienes conforman el 42 por ciento de la población, pero los resultados demostraron lo contrario.

Desde el domingo Menchú no ha querido hablar con los periodistas. Las llamadas a su celular y al de su esposo han sido infructuosas. Su asistente asegura que no sabe cuándo dará una entrevista.

“¿Pero va a hablar en los próximos cuatro años?”, le inquirió un reportero de elPeriódico ante tanta negativa. “No lo sé”, fue la respuesta.

Una alianza coja

Irma Alicia Velásquez Nimatuj es una antropóloga k’iche’ que participó como invitada de honor en los acercamientos que tuvieron en febrero de 2007 la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) y Encuentro por Guatemala (EG) con Menchú, cuando consideraba postularse a la Presidencia a través de Winaq, el colectivo liderado por ella y que se había conformado ese mismo mes.

La URNG, un partido de izquierda que ha logrado mantenerse como fuerza política tras la firma de los Acuerdos de Paz, llevaba un año buscando a su presidenciable; sin embargo no logró llegar a ningún acuerdo con Menchú.

Cuando le tocó el turno a EG, partido conformado en noviembre de 2006 por la diputada Nineth Montenegro bajo la definición de centro–izquierda, la propuesta fue clara para la líder indígena: la querían a ella, mas no a Winaq.

La alianza quedó coja desde el principio. Montenegro, líder social desde los años ochenta y diputada por tres períodos legislativos consecutivos, y Menchú, la Premio Nobel de la Paz y representante en el extranjero de los pueblos indígenas, eran dos figuras de gran peso. La diferencia era que la primera tenía liderazgo político y social y la otra era un personaje más bien distante, a quien ubicaban más tiempo fuera de Guatemala que involucrada con las causas sociales.

En las negociaciones no se consensuaron muchas casillas y EG propuso la mayoría de candidatos.

“Winaq no fue capaz de lograr una propuesta que emergiera con un gran componente maya en la cual se hablara de equidad, de exclusión y de posesión de la tierra en su justa dimensión”, observó Velásquez.

La siguiente etapa fue la que el resto de guatemaltecos pudo observar: Rigoberta nunca alzó el vuelo.

EG comenzó una campaña tardía, a 90 días de las elecciones, cuando muchos líderes indígenas ya se habían comprometido con otras agrupaciones políticas. El recortado presupuesto de la agrupación tampoco permitió pautar propaganda en radio y televisión y las concentraciones fueron insuficientes para atraer la atención de las masas, mientras el discurso de la candidata se quedó en el nivel de las generalidades y los ofrecimientos ambiguos, con énfasis en la dignidad. Cuando en Cantel, Quetzaltenango, los otros partidos regalaban delantales y ropa interior, y en Comalapa, Chimaltenango, obsequiaban hilos y güipiles, Menchú llegaba a hablar de dignidad y de cero compromisos. El ofrecimiento nunca le dejó claro a la gente “para qué les iba a servir apoyarla y en qué les iba a beneficiar ella”, hace ver Edgar Ajcip, analista y director de Fonapaz.

También influyó la designación de Fernando Montenegro, ex presidente de Anacafé y Cacif, como candidato vicepresidencial. “Creo que el componente de un vicepresidenciable blanco, procedente de la élite y cúpula empresarial más rancia de la derecha guatemalteca, distorsionó la propuesta y confundió al electorado. En vez de asumir que era posible combinar a ambas figuras, la gente no terminó de entender cuál de las dos era la creíble”, comenta Julio Ligorría, analista y estratega político.

Se sumaron los constantes ataques de la URNG hacia Menchú, a quien señalaban de haber pactado con los “millonarios”, y el apoyo que le negó el contingente indígena internacional, del cual ella se mantuvo al margen y navegó más bien como un barco sin bandera.

La danza con el muñeco de peluche

“En noviembre de 2006 alguien me preguntó qué opinaba sobre las encuestas de los periódicos que revelaban que el 71 por ciento de los guatemaltecos votarían por Rigoberta para presidenta. Yo respondí que tenía cierto temor de que los medios la estuvieran empujando a un abismo”, relata Velásquez.

Hay que resaltar que alguien que goza de simpatía no precisamente goza de votos, hace ver Gustavo Berganza, sociólogo, analista y miembro de Mirador Electoral, un conjunto de cinco organizaciones vigilantes del proceso electoral.

En los informes de observación de medios que presentó Doses, miembro de Mirador, también se dieron a conocer las opiniones positivas y negativas que los medios de comunicación mostraban de los presidenciables. Estas no eran tan distintas de las que enlistaron los encuestados (elPeriódico, mayo 2007) como atributos y características de los candidatos, lo cual hace pensar que las opiniones de la población sobre ellos, en cierta forma, fueron guiadas por las que vertían los formadores de opinión.

Menchú tampoco arrasó con el voto de los departamentos con mayor población indígena como algunos calcularon. “Es una falacia muy racista decir que la candidatura de un indígena tiene que aglutinar a todos los pueblos indígenas”, remarca Rigoberto Quemé, ex alcalde de Quetzaltenango.

“Si los ladinos no están unidos, ¿por qué el indígena sí tiene que estarlo para participar en la política?”. Quemé resalta que construir un proyecto político indígena implica muchos años de trabajo y una profunda relación con los pueblos, algo que no logró ni EG ni Winaq. Quemé, por cierto, fue el primer indígena que intentó ser candidato a la Presidencia, mas no lo logró.

Menchú es un ícono de Guatemala ante el mundo, pero el error fue asumir que su gran aceptación nacional e internacional la convertiría en un “producto político”, opina Mauricio Bonilla, analista político y militar retirado. “Postularla a la Presidencia a tres meses de las elecciones fue una imprudencia”.

Los estrategas de Menchú, dice, debieron realizar un estudio de mercado para medir el reconocimiento que ella tenía como líder social. Y si la población la consideraba así, debían transformar esa imagen en la de líder política, lo cual no se hace de la noche a la mañana, sino lleva años. Una prueba es la misma Nineth Montenegro, a quien, con 20 años en la palestra pública, le fue notoriamente mejor en los comicios, con el mismo partido.

¿Pero valía la pena arriesgar el prestigio de una Nobel en un albur político? “No creo que hubo mala intención, sino candidez y la falta de una estrategia”, se contesta el analista. Es un hecho que en la política los votos no son endosables. De ser así, Nineth le habría endosado sus votos a Rigoberta y Álvaro Arzú a Fritz García–Gallont. El capital político, como lo llama Bonilla, solo lo puede construir cada uno.

¿Se perdió una Premio Nobel respetable y se ganó una mala candidata? Hay quienes no serían tan tajantes con esa afirmación. Sobre todo porque Menchú ya había dejado en duda su investidura como Nobel cuando incursionó en el negocio de las franquicias de las Farmacias Similares de la mano de Víctor González, un millonario empresario con fallidos intentos por ocupar la Presidencia mexicana.

“Debió ser más cuidadosa y no vincularse a figuras caricaturescas como el doctor Simi. Nunca hemos visto a un Óscar Arias o a un Adolfo Pérez Esquivel (ambos Premio Nobel de la Paz) bailando con un muñeco de peluche. Aunque son elementos periféricos, contribuyeron a su estrepitoso fracaso”, añade Ligorría.

El paso de Menchú

El miércoles pasado, tres días después de los comicios generales, EG anunció la separación con Winaq, una escisión que muchos veían venir. “Es que estar de recomendado en un partido es como estar de arrimado en una casa: en cualquier momento te sacan”, dice Quemé.

Pero Rigoberta Menchú sin EG habría logrado resultados aún menos alentadores. Velásquez cree que sin una base política sólida y los recursos necesarios, era improbable que obtuviera resultados distintos.

Hay analistas que opinan que la líder indígena está sepultada políticamente. Los más optimistas adelantan que deberá trabajar muy duro para que la gente la perciba como una verdadera alternativa política. Pero otros más no echan en saco roto los escasos 101 mil votos que obtuvo. Menchú ha desnudado una realidad de la que no estábamos conscientes. Las razones de su derrota reflejan más bien el país que somos que la candidata que ella fue.

Se refieren a que Menchú se enfrentó a la Guatemala del machismo y el racismo enraizado, y al país donde las ciencias sociales han “romantizado” al movimiento maya como un colectivo, pero no han sido capaces de verlos como pueblos no solidarios ni armónicos con sus propias contradicciones. Al país donde las campañas electorales giran alrededor de las dádivas y la presencia mediática y donde todavía persiste el temor de que los pueblos indígenas asuman liderazgos políticos, pero también al país donde no existen líderes mayas capaces de arrasar debido a una participación partidaria deficitaria.

Si Menchú tiene o no un carrera política por delante es algo discutible. Pero hay un hecho irrebatible, asevera Ajcip: en la próxima contienda electoral habrá más indígenas participando y será gracias al paso que dio ella. “El mensaje hoy es que hay que abrir los espacios y que los partidos deben ser la expresión de cómo está conformada la población: no solo hay ladinos, no solo hay mayas, y no están separados”.

Fuente: www.elperiodico.com.gt

 

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