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¿Contra las mujeres?
Por Hilda Morales, Jorge Lavarreda- Guatemala, 06 febrero de 2005

Mientras algunos no encuentran el origen de la violencia contra la mujer, otros opinan que podría comenzar en el seno del hogar.

Violencia contra las mujeres

Se culpabiliza a víctimas diciendo que ellas provocan la violencia.

Hilda Morales*

La violencia contra las mujeres es un fenómeno que ha existido en todas las épocas y aún afecta a las mujeres de nuestros días. A primera mano, no encontramos una explicación sobre su origen. Está tan arraigada en la sociedad que se le considera como algo natural. A las mujeres se nos enseña que debemos soportarla para cumplir con el rol de sumisión que se nos ha asignado en todas las culturas, en todos los pueblos, sin importar la condición económica y social, el nivel cultural, la edad, la etnia.

Las manifestaciones de violencia contra las mujeres son múltiples. El acoso sexual, la violación, el rapto, el incesto, los abusos sexuales, la trata de mujeres, la inducción a la prostitución, expresan la descalificación de las mujeres como seres humanos y el desprecio a su dignidad, a su integridad, a su libertad, por eso debe concebirse como una violación a los derechos humanos.

Parece que la sociedad no está constituida por un cincuenta por ciento (o un poco más) de mujeres, o como si ese cincuenta por ciento carece de valor humano. No solamente la sociedad en general, sino incluso la legislación a través de los siglos —cuando tipifica como delitos los actos de violencia contra la mujer— considera que tales agresiones carecen de importancia y que no causan impacto social, pertenecen a la esfera privada de las relaciones sociales. Tales actos son susceptibles del perdón; al agresor se le permite casarse con la agredida para quedar libre de responsabilidad o negociar su libertad por una cantidad de dinero. Como si la dignidad tuviera un precio.

La violencia contra las mujeres proviene casi siempre de personas que le son conocidas, amigas o allegadas y también puede provenir de la propia pareja, en el ámbito familiar y, el hecho de ser golpeadas, de ser objeto de insultos reiterados, de ser tratadas como subordinadas, de sufrir la servidumbre humana, no constituye delito; son hechos socialmente justificables.

Se culpabiliza a las propias víctimas diciendo que ellas provocan la violencia. Se ignora las repercusiones que causa en sus vidas y en la vida de sus hijas e hijos. En diferentes épocas se ha justificado matar a las mujeres por expresar libremente su condición humana. En el Derecho Romano matar a la esposa no constituía delito.

En la Edad Media se llegó a quemar vivas a las mujeres que practicaban la medicina, calificándolas de brujas, se permitía la lapidación de las mujeres adúlteras y esto último aún sucede en los países islámicos bajo el amparo de sus leyes. Semejantes hechos nos horrorizan y consideramos que aquí no pueden pasar. No obstante, Guatemala se encuentra en la barbarie con el incremento de femicidios, cuando los cadáveres aparecen con señales de tortura y mutilaciones y todo queda en la impunidad.

(*) Embajadora de Conciencia 2004.

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No hay que tolerarla

Se ha determinado que entre 10% y 69% de las mujeres reportaron haber sido agredidas físicamente por su pareja.

Jorge Lavarreda*

Me parece que hay consenso en que la violencia en Guatemala ha cobrado una enorme importancia en la agenda pública, y es una de las principales preocupaciones que la población manifiesta a través de las encuestas de opinión pública por más de una década.

Además, en los últimos dos años, los medios de comunicación social han levantado el tema de la violencia contra las mujeres, que sin duda es una de las manifestaciones más bajas de violencia que se producen en una sociedad.

Según las Naciones Unidas la violencia contra la mujer se define como: “cualquier acto de violencia basada en el género que produzca o pueda producir daños o sufrimientos físicos, sexuales o mentales en la mujer, incluidas las amenazas, la coerción o la privación arbitraria de la libertad, tanto en la vida pública como en la privada”.

En investigaciones sobre este tipo de violencia alrededor del mundo se ha encontrado que entre 10% y 69% de las mujeres reportaron haber sido agredidas físicamente por su pareja masculina en algún momento de sus vidas. Según un estudio que se hizo en ocho países, en 1990 en Guatemala el 49% de las mujeres entrevistadas reportó sufrir abuso físico, 74% del tiempo por su compañero íntimo. Este tipo de violencia es bastante común pero generalmente no termina en muertes.

Hace unos años participé en la elaboración de un estudio sobre la violencia homicida en Guatemala, y encontramos que en promedio del 90% de las víctimas de homicidios son hombres, alrededor de dos terceras partes jóvenes entre 18 y 39 años de edad, y la mayor parte murió por un ataque con arma de fuego.

En un estudio se afirma que la violencia contra la mujer se diferencia de la violencia interpersonal contra los hombres en cuanto a sus modalidades, sus efectos, y la tolerancia social y de la víctima ante su presencia. Específicamente se ha encontrado que los hombres adultos tienden a ser víctimas de un extraño o de un conocido ocasional, mientras que para las mujeres es más probable ser víctima de un familiar o de la pareja.

Estos aspectos me parecen relevantes para dimensionar la magnitud del problema de la violencia homicida contra las mujeres, diferenciar sus manifestaciones de la de los hombres, y sobre todo para destacar que se deben implementar políticas diferenciadas para afrontar cada una de ellas.

Hace casi un año nos visitó la Relatora Especial sobre la violencia contra la mujer y entre sus conclusiones llama la atención que, cuando se trata de violencia doméstica, violación o acoso sexual, la violencia contra la mujer sigue sin considerarse un delito grave.

En mi opinión, es fundamental hacer conciencia sobre la necesidad de no tolerar este tipo de violencia. Sin embargo, me parece que uno de los principales retos que persisten es cómo diseñar e implementar intervenciones eficaces para prevenir y controlar el fenómeno.

(*) Analista del CIEN.

Fuente: www.Prensa libre.com


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