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Los retratos
Por René Arturo Villegas Lara - 24 de junio de 2004

El hijo de Ricardo Rosales Román, Espartaco Rosales, ha publicado una selección de retratos, retratos hablados decía Monteforte Toledo, que dan a conocer distintas visiones sobre este hombre que consagró su vida a la lucha revolucionaria, desde su perspectiva marxista-leninista. Ahora que la historia pareciera que se engarabató por otro lado, unos lo ven con solidaridad y otros con críticas, las que siempre existen en el mundo de los intereses políticos. Yo me quedo entre los primeros, porque creo que en la vida de Ricardo, debe pesar más lo positivo que lo negativo. Y aquí va mi retrato hablado, por si sale una segunda edición.

En 1957, era yo estudiante del 5º año de magisterio en la Escuela Normal Central para Varones, y participé en un concurso centroamericano de oratoria patrocinado por la Asociación de Estudiantes El Derecho, representando a los normalistas. Recuerdo la participación de Vinicio Aguilar, más tarde esposo de mi alumna Yolanda de Aguilar, una aventajada estudiante de Derecho que fue brutalmente asesinada durante esa noche de treinta años y más. A Hugo Conde Guzmán, un enjundioso orador que ya no volvimos a ver, ya falleció. Y entonces conocimos a Ricardo, porque era el prosecretario de la Junta Directiva de la AED. No sé quién era el presidente; lo cierto es que formaban la junta, Ricardo Jerez, como vicepresidente en funciones de presidente; Manuel Angel Ponce, como tesorero; y, Rodolfo Paniagua, "Paniagüita", como secretario. Ricardo me firmó los diplomas que obtuve en ese concurso y que penden como recuerdo en mi sala de lectura y estudio. Pues bien, al año siguiente, 1958, ingresé a la Facultad de Derecho, y de los alumnos que ya cursaban en la facultad, Ricardo fue de mis primeros amigos, juntamente con Antonio Fernández Izaguirre. En ese entonces la sede de la AED era en el edificio Bris, a una cuadra del antiguo Teatro Capitol, a donde íbamos a discutir de la política de la Asociación y a jugar ajedrez. Así nació entre Ricardo y yo, una amistad que se interrumpió por los muchos años que dejamos de vernos, pues él se dedicó a su lucha política y sus compañeros de la Facultad a concluir nuestros estudios y después al ejercicio de la profesión.

Siempre admiré en Ricardo su gran inteligencia para explicarse los fenómenos sociales y políticos. Cuando participaba en las asambleas generales de la AED, los miércoles por la tarde, sus argumentos los adornaba con un movimiento de la mano derecha, que hacía su discurso más convincente. Solía vestir un traje combinado de gris y negro, con el saco de esa tela gruesa que llaman espina de pescado, y el nudo de la corbata se lo hacía de una sola vuelta, del tal modo que parecía un botón de clavel o un chufle. Nunca supimos si Ricardo pertenecía ya al PGT, aunque toda la Facultad intuía su militancia en la juventud, que era el reservorio de los futuros militantes de liga mayor. Y Ricardo fue avanzado algo despacio en sus estudios de Derecho, pues se iba un tiempo y luego regresaba. Lo que refiere Francisco Alfredo López Polanco, es cierto. Con Ricardo estudiábamos en las mañanas en el antañón y recordado edificio de la 9ª. Avenida, juntamente con Beto Reyes, Roderico Martínez y otros que se olvidan. Recuerdo que como lo hacíamos paseando o caminando en el corredor, al Huevo Guzmán se le antojó decir que éramos de la Escuela Peripatético, aunque Aramis Bautista, también estudiante caminante, dice que a él le decían "gusano medidor". Y lo que estudiábamos era el curso de Obligaciones I, en el texto de Puig Peña, pues entonces no se estudiaba en copias, teniendo como maestro a don Federico Ojeda Salazar. Puedo decir sin baladronadas que con Ricardo, el Chucho para nuestra camaradería, Ottoniel Fonseca, Libo González y otros brillantes compañeros que se me quedan en el olvido, dirigíamos al sector democrático estudiantil. Una sola vez la derecha se dio el lujo de ganarle la AED a la izquierda, en tiempos de claras posiciones ideológicas. Y parte de este retrato es también recordar la inclinación de Ricardo por la literatura. Ricardo es poeta. Y creo que dejó de escribir porque pudo más su militancia que dedicarse al arte. Juntos organizamos eventos literarios. ¿Se recuerda Ricardo, de aquel declamador cubano, Dumé creo que se llamaba; o de aquel recital de poesía con la presencia de poetas salvadoreños, cuando el gobierno de Ydígoras metió preso al poeta en el mismo aeropuerto, creo que se trataba de Armijo, y tuvimos que andar de puerta en puerta, hasta que lo soltaron; o de los recitales que organizamos en homenaje a Vallejo, en el Conservatorio, o a García Lorca en el salón de actos de la Facultad. Eran aquellos tiempos de jóvenes escritores progresistas: Manuel José Arce, Oscar Arturo Palencia, Rosario Hurtarte, José Félix López, Leonor Paz y Paz, Tono Fernández Izaguirre; tiempos en que el Mono Palencia editaba con Leonor Paz y Paz un periódico literario llamado Presencia, en la Facultad de Humanidades. Y así, tantos amigos valiosos que se fueron de esta vida por la violencia o se apagaron en el anonimato. Y Ricardo era un gran lector, un poeta de muchas promesas. Espero que ya frisando los 70, le haga un espacio a la creatividad para decir tantas cosas del hombre, que se pueden decir también con la poesía.

Una tarde llegó un telegrama a la AED, quién sabe de parte de quién, en donde se indicaba que seleccionaba a Ricardo y "al orador", que era yo, sin mayores responsabilidades políticas, pero recién venido de ganar un concurso centroamericano de oratoria en la Universidad de El Salvador, para representar a los estudiantes sancarlistas en el Fórum Mundial de la Juventud. Y, juntamente con un estudiante de Farmacia, recuerdo que era de apellido Solís, de pensamiento conservador o de derecha como se decía en ese tiempo, nos fuimos en plena guerra fría, expuestos a todos los peligros represivos que eso significaba; aunque en honor a la verdad, el gobierno de Ydígoras, comparado con lo que vino después, era de beatos. Mis apuntes de ese viaje de ida y vuelta, aún los guardo en la memoria; pero como la memoria es traicionera, espero un día visitar a Ricardo para llenar cualquier laguna de esa experiencia, y que da para escribir un extenso relato de recuerdos que podría llamarse "Viaje al Mundo Prohibido Pasando por Infinidad de Partes". De eso hace ya 43 años.

Luego, Ricardo abandonó los estudios, pues se dedicó a ejercer la Presidencia de la AEU; enseguida se fue a desempeñar un cargo en la Unión Internacional de Estudiantes. Después vino la clandestinidad, la lucha armada y se perdió para la vida común y ordinaria en la que yo proseguí mi existencia: hacerme profesional, estudiar y ejercer la docencia en la que aún persevero, pese a los cambios regresivos que ha sufrido la Academia. No sé quién me contó, vaya a saber si es cierto, que un día yo abordé un bus del servicio urbano y que me senté sin siquiera reconocerlo por los atuendos que seguramente llevaba. Y que entonces él pensó que si yo no lo podía reconocer, mucho menos quienes anduvieran tras su delgada humanidad, aunque ahora lo veo algo gordo.

Después de casi 34 años nos reencontramos cuando se firmaron los Acuerdos de Paz, en el salón de recepciones del Palacio Nacional. Allí estaban otros compañeros y ex alumnos que uno no sabía que andaban metidos en asuntos de guerra. y sentí gran satisfacción de ver a Ricardo y a Ana María, por quien él suspiraba desde la lejana Armenia, viendo en el horizonte la copa nevada del Monte Ararat. Eso sí, lo sentí parco en el hablar. No era el Ricardo de los corredores de la Facultad. Pero claro, 33 años de sufrir la vida, aunque sea por una causa, en mucho hace cambiar nuestro modo de actuar. Era el mismo amigo, pero no el de la risa oportuna ante las cosas cotidianas de la vida; el que bromeaba con Beto Reyes sobre el panadero de la zona cinco que gritaba: "Paaan de a 5. Paaan de yemas."

El 24 de diciembre de 2003, como suelo hacerlo con muchos amigos, le llamé por teléfono para desearle ¡Feliz Navidad!

Tomado del diario La Hora - www.lahora.com.gt


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