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Cultura en un acto fallido
Por Rosina Cazali - Guatemala, 22 de agosto de 2007

¿A qué se atribuye que la cultura no sea prioridad para los candidatos de las próximas elecciones? Fácil. Cuando se habla de cultura se piensa en valores abstractos que no compran votos.

¿A qué se atribuye que la cultura no sea prioridad para los candidatos de las próximas elecciones? Fácil. Cuando se habla de cultura se piensa en valores abstractos que no compran votos. Hace años recuerdo un almacén donde vendían sets para hobbys, cajitas llenas de chucherías con las cuales armar un avión a escala o pintar por números los girasoles de Van Gogh. Pues algo así, como un hobby, es la percepción que recae sobre las actividades que desarrolla la cultura, la creación, la sensibilidad y el derecho al placer estético. Mientras que en otros países la cultura implica un recurso para atraer inversiones y muchas experiencias prueban que contribuye al desarrollo, la educación, el bienestar, la defensa de los derechos humanos y la comprensión de otras sociedades, aquí, donde el sol no nace para todos, es un bien considerado como suntuario. Cosa de sensibles. Y en eso no perderán el tiempo los presidenciables. Los discursos –dichos con gritos, manos duras y pantalones bien puestos– merodean entre las amenazas concretas de la seguridad, la vivienda, el hambre o la economía y nunca enfocando algo que no soluciona las urgencias básicas.

Sin embargo, hay que aceptar que los candidatos y sus asesores de imagen tienen un puñado de razones. La escasa visibilidad de la cultura en los diálogos mediáticos solo es un síntoma de nuestro rezago, de nuestra imposibilidad para aceptar que la cultura ocupa un lugar transversal en las distintas esferas del quehacer humano. Es tal el desbalance en nuestra forma de pensar la cultura que, como si fuera un asunto de anatomía, en ocasiones me ha tocado oír decir que “la política es de hombres y la cultura de mujeres”. Esto tiene su explicación en que no existe un consenso sobre lo que significa. En general se considera la cultura como un grupo de actividades que se limitan a denotar las producciones artísticas, las buenas costumbres y el conocimiento. Es muy raro quien aborde un concepto más actualizado y que abarque todo el conjunto de los procesos sociales de significación. Sea como sea, hablamos de algo intangible, en constante transformación, que involucra a hombres y mujeres por igual. Y para asomarse a ese entramado se requiere de grandes compromisos de reflexión y respeto. De ahí que resulta siendo un tema tan oscuro y lejano para los debates entre candidatos.

Les soy franca, me gustaría encontrar un presidenciable que se atreva a opinar sobre la cultura a secas. Ni siquiera pido que hable sobre sus espacios emancipatorios, donde crece la información independiente. Si se trata de encontrar una vía para volver sustentable la producción cultural y considerando la transversalidad de la cultura en nuestras vidas, ¿cabe sugerir que proponga un Ministerio de Cultura que cobre regalías por cada referencia a las riquezas culturales de nuestro país? Ni eso sucede. Aquí la cultura y sus expresiones rayan en el silencio. Tal vez pido demasiado y la explicación es muy simple. Aquí la sensibilidad y “esas cosas” de antemano pierden las encuestas.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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