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Estética de mano dura
Por Rosina Cazali - Guatemala, 22 de octubre de 2007

¿Qué significa elegir una mano dura? La historia nos remite a una imagen que ha sido líder de revoluciones de distintos colores, guía de los pueblos, preámbulo de gritos de guerra y...

¿Qué significa elegir una mano dura? La historia nos remite a una imagen que ha sido líder de revoluciones de distintos colores, guía de los pueblos, preámbulo de gritos de guerra y de todos aquellos personajes que ofrecieron resolver los problemas de una población curtida a golpes, desgracias y catástrofes. Sin embargo, en Guatemala, votar por una mano dura en estos tiempos cuando se supone que tendríamos que construir la paz es evocar imágenes más específicas, cercanas y cotidianas. La mano dura implica un relato “ejemplar” que ratifica que no estamos a salvo, a pesar de los esfuerzos. Apelar a la mano dura como solución no merece un cambio, sino dar continuidad a tantas historias de autoritarismo y de solución de problemas a la fuerza. Votar por una mano dura es justificar una estética que hemos construido y nos ha acompañado por tantas décadas. Un gusto que nos delata y que ha llegado a integrarse como parte de nuestra identidad. Alambres de púas, garitas de control, uniformes militares que combinan lo mejor del look Rambo. Pistola al cinto o el guardaespaldas cargando la pañalera no tienen parangón. Vidrios polarizados, tiendas de barrio reforzadas con rejas, cámaras de seguridad o chaleco guarura son signos de un paisaje de terror. Sí, muy nuestro.

Mano bien dura. No aguada. Porque en este país de valores machotes hemos aprendido que lo aguado es poco masculino, de poco carácter y por ende poco confiable. La mano dura –es decir el golpe– precede a cualquier esfuerzo de conquista de la razón frente a la barbarie. En ella, la mano, es un dispositivo de reencantamiento. Al no contar con estructuras políticas confiables, al carecer de una cultura política en general, el signo de autoridad instaura el temor y el miedo al castigo como única opción posible. La mano, como extensión del brazo y el cuerpo, es la que define la medida exacta de distancia entre una persona y otra. Esta distancia, reconocida como proxémica, define el espacio propio, el que no queremos que otro invada. Si la proxémica es definida por una mano dura este espacio se transforma en un lugar de mediación imposible y carente de incentivos para el diálogo. La mano dura es vertical. Apunta al cielo, derrocha poder. Su prestigio histórico es de tal magnitud que configura un territorio inaprensible y por ello sumamente complejo en términos políticos. Su exaltación frente a las formas de violencia genera una suerte de pensamiento mágico, de solución instantánea. ¿Quién podrá defendernos? Mano dura, sí señor. Pero esto solo denota un vaciamiento de la responsabilidad colectiva y, como efecto inmediato, una resignación que nos paraliza. La mano dura es tan paternalista que estimula nuestra incapacidad de participación, nuestra autonomía y el yo pensante.

Escoger el símbolo y su consecuente estética es dejarse llevar por la oferta de una mano empuñada que ratifica nuestro afán de proteger un patrimonio que representa nuestras formas de violencia históricas.

Fuente: www.elperiodico.com.gt - 171007


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