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Quitarse la careta
Por Rafael Cuevas Molina. - Guatemala, 12 de septiembre de 2018

Los acontecimientos de estos días, las bravuconadas, rabietas y salidas de tono del presidente Jimmy Morales en torno a la Cicig y el comisionado Iván Velásquez son lamentables y vergonzosas, pero no deben hacernos perder de vista que no son más que la expresión de procesos más profundos, de más larga duración que se encuentran atrás de los hechos coyunturales que, de pronto, ponen al descubierto descarnada y evidentemente el río profundo que corre bajo la vida cotidiana, río en cuyas aguas estamos sumergidos pero del que solo vemos la superficie.

Algunas remembranzas a las que nos remiten fotografías que circulan en redes sociales son sintomáticas de esta situación. Una es especialmente alusiva a lo que aquí sostenemos: la que compara la fotografía de los años 80, con Ríos Montt en el centro del proscenio, y la de la rueda de prensa de Jimmy Morales, ambas en el Palacio Nacional, hoy de la Cultura, acuerpados por militares adustos, gordos casi todos ellos, vestidos en traje de combate y por lo tanto amenazantes.

Son fotografías reveladoras porque muestran gráfica y claramente una continuidad, una similitud nada casual entre los dos momentos históricos aparentemente tan distantes en el tiempo pero tan sorprendentemente parecidos, por no decir iguales.

Tal vez porque son momentos de un continuum en el que han sucedido cosas en la superficie del río que nos empañan la visión de la corriente profunda. Sucedió el cese de la guerra, la firma de los Acuerdos de Paz, se eligió presidentes civiles y proliferaron los partidos políticos. Surgieron y se fortalecieron, además, nuevos grupos de poder, especialmente los que se vinculan a la «nueva economía» asociada a los negocios sucios, al narcotráfico y al lavado de dinero, a los negocios a costas del Estado, y hay expresiones partidarias legales del progresismo y la izquierda.

Pero todo eso ha podido suceder simplemente porque nada de eso amenaza lo esencial, lo verdadero, lo que importa: el poder en manos de los siempre, de los que ganaron la guerra precisamente porque pudieron quedarse ahí, en donde siempre han estado, solo que haciendo algunos ajustes acordes con los nuevos tiempos que ya no toleraban sus dislates de gorilas bravucones golpeándose el pecho en medio de la selva.

Son tolerantes y se muestran sonrientes solo si la puesta en escena no perturba el montaje de difícil equilibrio, pero si algo se erige amenazante, no dudan en ningún momento de quitarse la careta y dar el manotazo.

El manotazo lo ha dado el triste Jimmy Morales, el que está haciendo el papel de presidente de la República en este momento, pero que podría igualmente estar contando chistes en un espectáculo de feria de pueblo, o en una megafiesta pagada por algún magnate del narcotráfico en el que cantara Shakira, Yuri, el casi catatónico José José o cualquier otro acorde al gusto del cliente. El tal Jimmy no es más que la fachada puesta ex profeso para hacernos olvidar que, tras de él, están los que manejan las marionetas.

Hay que hacer aclaraciones: ellos está ahí, son poderosos aún pero están debilitados y tienen miedo. Es cierto, la Cicig es una amenaza, pero no solo ella. Hay con contexto preñado de fuerzas que les preocupa y les hace reaccionar violentamente. La principal amenaza es la creciente organización popular expresada principalmente en Codeca, el resurgimiento del movimiento estudiantil y algunas movilizaciones ciudadanas como la del 2015. La Cicig forma parte de ese conjunto de amenazas y le responden tomando medidas como las tomadas, es decir, expulsándola. Pero, están respondiéndoles a todos y no de la misma forma, porque al movimiento popular lo están atacando violentamente tratando de descabezarlo, matando a sus dirigentes y persiguiendo a sus activistas.

Como decía Tito, conocedor de ese río profundo que en su tiempo y aún en el nuestro fluye con sus corrientes profundas, el dinosaurio todavía está ahí.

Fuente: gazeta.gt


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