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Elocuencia de las armas
Por Raúl de la Horra - 27 de agosto de 2004

György Konrád, escritor húngaro contemporáneo, escribió: “Lo que pueda decir un hombre armado, no cuenta”. La frase nos interpela directamente, por ser un país donde con demasiada frecuencia las armas reemplazan a los argumentos.

Y es que el poder de convencimiento que otorga el uso de un arma contradice, en esencia, la naturaleza humana, que ha llegado a un grado de evolución en el que ya no es necesario comer alimentos crudos con las manos ni aniquilar a garrotazos al prójimo. De modo que estamos ante una paradoja: el uso del arma –producto cultural por excelencia– nos hace profundamente humanos y, al mismo tiempo nos deshumaniza, pues nos lleva a zanjar nuestras diferencias de una manera que va a contrapelo con el hecho de ser seres de cultura, es decir, capaces de resolver los conflictos a través del lenguaje y la negociación.

Por desgracia, esta capacidad de dirimir en el mundo simbólico nuestros problemas ha sido desmentida a lo largo de la historia cada vez que hemos echado mano de la fuerza bruta. Cuando las armas hablan, la palabra se evapora y sólo queda la prueba ciega del poder, que transpira su propia verdad. El arma reemplaza así a la razón y se convierte en un discurso totalitario que no admite las medias tintas: o se gana, o se pierde. Lo trágico es que incluso en los casos de legítima defensa, aquél que vence también se hunde con su víctima, al no poder afirmarse sino acallando al otro. Ambos, víctima y victimario, se unen en un abrazo que los excluye mutuamente y los condena a la infamia.

Por eso, parece sensato afirmar que la palabra de un hombre armado no vale. No vale, porque la potencialidad del arma nos arrastra automáticamente a un universo que, moralmente, está muy por debajo del de los cerdos.

Tomado El Periódico - www.elperiodico.com.gt


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