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Exilios
Por Raúl de la Horra - Guatemala, 16 de abril de 2005

Te encuentras usando gestos que no son tuyos.

Vivir mucho tiempo afuera, en una cultura distinta, es como volverse otro. Lo que eras en tu aldea de origen, las relaciones que habías entretejido con la gente, la posición que alcanzaste en la sociedad, todo eso queda suspendido en el recuerdo para dar paso a nuevos vínculos, a desconocidos aprendizajes, a inéditos roles sociales.

En las gavetas de la memoria queda así congelada tu identidad primera, esperando ingenuamente reactivarse el día en que vuelvas. Sin embargo, con el paso del tiempo, la realidad va tatuando en tu alma una fisonomía acorde a los nuevos horizontes y experiencias, fisonomía marcadamente distinta de la que habrías tenido de haberte quedado en tu país.

Es así como te encuentras, cada vez con más frecuencia, pensando y hablando en otro idioma, utilizando gestos distintos a los tuyos, adoptando insólitas maneras de experimentar el mundo. Y se te antoja por momentos que te has encarnado en un cuerpo que no te pertenece, o que estás viviendo en otra dimensión, sin haber perdido, no obstante, la reminiscencia de lo que fuiste.

Luego, al regresar a tu aldea, te sientes extraño y distante, y descubres con estupor que las fotografías amarillentas que descansaban en tu mente, apenas coinciden con lo que dejaste. Los amigos han envejecido, las mujeres que amaste son ya abuelas, y al hablar con las personas constatas, estupefacto, que tienes la edad de cuando te fuiste. Es decir, que el mundo ha cambiado, pero tú no.

Sólo entonces caes en la cuenta de que eres un extranjero dentro de tu propia cultura, tan extranjero como lo habías sido en la otra. Y vas por las calles cargado de nostalgia y de preguntas, perplejo ante el hecho de no poder compartir con nadie esa exaltante condición de ser de aquí y de todas partes.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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