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Por Raúl de la Horra - Guatemala, 25 de junio de 2005

¿Por qué no comenzar por allí, por tratar de entender el idioma del Otro?

En Europa empieza a decirse que el que habla sólo dos idiomas es un analfabeto. Los ciudadanos de esos países están enfrascados en un proceso que los obliga, si quieren sobrevivir en un mundo cada vez más competitivo y globalizado, a aprender al menos tres lenguas. Y ello, porque saben perfectamente que quien más elementos domine de un sistema (sea un sistema familiar, institucional o cultural), más posibilidades tendrá de sobrevivir. Conocer idiomas es, además, en estos tiempos de mestizajes múltiples, una garantía para no morir idiotas.

Cuando yo hablo alemán, tengo la impresión de no ver el mundo de la misma forma que cuando hablo español o francés. No es sólo una cuestión de vocabulario o de sintaxis, sino una cuestión de categorías de pensamiento, de formas de aprehender la vida, que incluye gestos y actitudes. Y aunque las personas que hablan una lengua determinada piensan, obviamente, que su modo de ver el mundo es el único “justo”, lo cierto es que no puede decirse que un idioma sea más justo que el otro, pues cada uno proporciona una manera distinta de entender la realidad.

¿Cómo veríamos el mundo -me pregunto- si habláramos alguna de las veintitantas lenguas vernáculas que hay en Guatemala? Seguramente nos convertiríamos en un diccionario de sensibilidades múltiples y seríamos más ricos y aptos para comunicar con nuestros semejantes. Sin embargo, quizás no sea necesario ir tan lejos. Entre las personas que tienen una misma lengua materna, hay también diferencias notables de percepción del mundo, pues cada persona habla, si puede decirse, su propio idioma. ¿Por qué no comenzar por allí, por tratar de entender el idioma del Otro? Estoy seguro de que entonces seríamos menos infelices y dormiríamos mejor.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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