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Por Raúl de la Horra - Guatemala, 23 de julio de 2005

...hay exilios íntimos que surgen a medida que te alejas del mundo.

De alguna manera todos estamos exiliados. Porque hay tantos tipos de destierro como fuentes de padecimiento. Y en cada exilio vamos dejando regados por el camino pedazos de nosotros mismos que luego colgamos en los museos de la nostalgia.

Por ejemplo, hay exilios locales poco espectaculares, pero no por ello menos dolorosos. Exilios familiares, en los que si no te alejas de tu familia jamás llegarás a crecer y a ser autónomo. Hay también exilios de barrio, porque el vecindario te tiene ya harto y buscas zonas más agradables. Y hay exilios de ciudad, cuando el monstruo donde vives se ha vuelto un infierno y te expulsa hacia lugares más habitables. Hay igualmente exilios laborales, si tu trabajo te agobia o crees que no pasarás de zope a gavilán. Y hay exilios de pareja o de amigos, porque esas personas se han vuelto indescifrables y han demolido tu confianza.

Por supuesto que también siguen habiendo los exilios clásicos, en los que se hace absolutamente necesario largarse del país. Ya sea por razones políticas, porque no puedes expresarte o actuar con libertad. O bien, por razones económicas, porque no hay forma de ganarse el pan con honradez. Igualmente, hay exilios culturales, cuando la atmósfera moral e intelectual de la sociedad se torna asfixiante e impermeable al cambio. Y hasta hay exilios sexuales, si resulta imposible encontrar pareja y se impone buscar horizontes menos obtusos y tortuosos.

Por último, hay exilios íntimos que surgen a medida que te alejas del mundo, buscándote. Entonces descubres con cierto regocijo que has dejado de ser un deportado para convertirte simplemente en un viajero. Un apacible viajero que, esté donde esté, se acerca cada vez más al misterioso y definitivo retorno.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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