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Confidencias
Por Raúl de la Horra - Guatemala, 3 de septiembre de 2005

Lo curioso es que creo en la vida.

Lo confieso: soy un renegado. No tengo fe. No tengo fe en el presente, no tengo fe en el futuro. Tampoco creo en mi país. Ni siquiera creo en mí. Anido el desagradable presentimiento de que en cualquier instante podría resquebrajarme en pedazos y tirar por la borda mis valores y convicciones más profundos. Me reconozco frágil, volátil, inconstante, como la mayoría de mis congéneres.

Que no me hablen de héroes, no confío en ellos. Toda la mitología cinematográfica basada en el invencible poder de la determinación individual es opio para ingenuos. El verdadero héroe, hoy, es anónimo y aglomerado: son las finanzas transnacionales, los consorcios multinacionales, los capitales globalizados. El resto es poesía. Los escasos ilusos que pululan por la tierra, nunca llegarán a ser mayoría ni a cambiar la absurda condición humana, pues no son más que excepciones, cómicos visionarios que se equivocaron de planeta.

Y, sin embargo, aquí estoy, en pie. Lúcido. Ridículamente lúcido. Responsable. Patéticamente responsable. Transpirando rabia, con el corazón hecho jirones, gritando a quien quiera escucharlo: “Compatriotas, ¿no ven que nos hundimos? ¡Tenemos que hacer algo!” Y me lanzo como energúmeno a defender causas que no tienen ni pies ni cabeza, quimeras que hablan de fraternidad, de libertad, de humanismo.

Lo curioso es que creo en la vida. Y en la necesidad de darle un sentido a la existencia, aunque en ello la perdamos. Como también creo en la luz, en la luz que transmuta las tinieblas. Soy, pues, una contradicción itinerante, un pedazo de materia dotado de conciencia, un meteorito que sabe que va a estrellarse, pero que alumbra. Para regocijo de los niños, que suelen disfrutar los desastres y las paradojas.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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