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El olor de la metáfora
Por Raúl de la Horra - Guatemala, 5 de noviembre de 2006

Lo mismo sucede con la patria.

Aprovecho los comentarios que hizo Rigoberto Juárez Paz a mi columna anterior para aclarar algunos puntos que tienen que ver con el lenguaje y sus consecuencias sociales.

Cuando se habla de la función simbólica del lenguaje, lo que se está diciendo es que las palabras sólo representan aquello que nombran, mas no son la cosa nombrada, pues son pálidas “fotografías” o mapas de la realidad. A la realidad material sólo accedemos limitadamente a través de los sentidos y del lenguaje, que es el que le da forma y significado a las percepciones en nuestra mente. Dicho significado es siempre de naturaleza metafórica, es decir, que “refleja” parcialmente, por analogías, la vastedad de “lo real”. Hasta sensaciones tan objetivas como el “dolor” son percibidas y nombradas diferentemente según las culturas y los individuos. Por ello es que Roland Barthes afirma que la mierda escrita no huele (aunque nos evoque el olor): se trata de una representación de la cosa, mas no la cosa “en sí”.

Lo mismo sucede con la patria o el país, llámese Guatemala o lo que sea: son nociones arbitrarias, vagas representaciones que se refieren a un número potencialmente infinito de realidades, vivencias y niveles lógicos que cada cual interpreta a su manera según su situación, sus intereses, sus aprendizajes y su experiencia. Durkheim afirma que las naciones son mitos, símbolos santificados por el consenso social que, evidentemente, no siempre es mayoritario.

Termino ahora citando una frase que, a su manera, podría ofuscar también a los que viven en la literalidad del lenguaje: “Mientras en un país haya niños trabajando y adultos sin trabajo, la organización de ese país es una mierda”. Es del malcriado escritor guatemalteco Tito Monterroso.

Fuente: www.elperiodico.com.gt - 041106


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