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La nación como mito
Por Raúl de la Horra - Guatemala, 14 de febrero de 2007

La nación, en suma, es una forma específicamente moderna y estatal de identidad.

La polémica suscitada hace poco por el artículo de Andrés Zepeda tiene el mérito de invitarnos a reflexionar sobre lo que entendemos por “nación” (palabra menos emocional que “patria”), ya que es la nación guatemalteca la que muchos consideran que fue vilipendiada. Por ello, someto a consideración del lector algunas ideas vertidas por Tomás Pérez Vejo en su libro Nación, identidad nacional y otros mitos nacionalistas (Ediciones Nobel, Oviedo, 1999) para enriquecer el necesario debate sobre un tema que, más allá de las reacciones viscerales y las amonestaciones, es de vital importancia en la construcción de nuestra identidad.

El problema es que el término de nación es de gran endeblez conceptual, puesto que no hay criterios suficientemente unívocos para definirlo como entidad objetiva. ¿Nación es el territorio? ¿Las etnias? ¿La lengua? ¿Las costumbres? ¿La religión? ¿Una clase social? De hecho, todos los intentos de determinar bases objetivas para definir el concepto de nación han fracasado al encontrarse siempre numerosas colectividades que, a pesar de encajar en tales definiciones, no podían ser consideradas como naciones. Y viceversa: colectividades que, no cumpliendo alguno o la mayor parte de estos requisitos, poseen un claro sentimiento de nación. A pesar de que las naciones sólo surgen cuando ciertos lazos objetivos –descendencia común, territorio, lengua, etc.– delimitan a un grupo social, muy pocas poseen todos y, lo que es más importante, ninguno de ellos es esencial a la existencia o definición de la nación. De manera que resulta más fácil definir el nacionalismo y establecer un catálogo sobre los derechos de las naciones, que determinar qué es una nación.

Ante la imposibilidad de definir objetivamente el concepto de nación, la otra vía es definirla como una representación simbólica e imaginaria, como algo perteneciente, fundamentalmente, al mundo de la conciencia de los actores sociales, sin que este carácter imaginario y simbólico impida, por supuesto, que tenga eficacia social o que “exista” como realidad social a partir de la subjetividad que hace a los individuos sentirse miembros de una nación determinada, puesto que la eficacia social de las ideas y representaciones de la realidad, su capacidad para influir sobre el comportamiento de los individuos no depende, o no tiene por qué depender, de su “realidad” u objetividad científica, sino del grado de consenso social existente sobre ellas. Por eso se considera que la nación es un mito, y como dijo Durkheim, los mitos no son falsas creencias acerca de nada, sino creencias en algo, símbolos santificados por la tradición y la historia.

Así, el hecho de partir de un concepto no esencialista de nación, significa reconocer el carácter circunstancial e histórico de la idea de nación; supone que la identificación nacional no siempre ha existido, que no es consustancial a la naturaleza humana y que las identificaciones nacionales posibles son múltiples, variadas y contradictorias. La aparición de la nación como principal sujeto de identificación colectiva es un fenómeno relativamente reciente, al que su carácter totalizador, ajeno a otras formas de identidad colectiva, ha dotado de un aura de ahistoricismo y homogeneidad absolutamente falsa. La nación, en suma, es una forma específicamente moderna y estatal de identidad colectiva, que ha logrado convertirse en hegemónica sólo en los dos últimos siglos, pero ante la que muchas poblaciones no experimentan ninguna adhesión o fidelidad.

Fuente: www.elperiodico.com.gt - 130207


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