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De Imperios y Ficciones
Por Raúl de la Horra - Guatemala, 18 de marzo de 2007

Si algún mérito tiene el film de Gibson es el de defender a su manera la dignidad de los oprimidos.

¿Qué cosa inaceptable dice Gibson en su ficción “Apocalypto”? Pues cuenta, simplemente, que hay un gran imperio precolombino gobernado por aristócratas y sacerdotes, los cuales no sólo robotizan y explotan a su gente, sino que se sirven de la casta guerrera para esclavizar a otros pueblos. Todo lo cual se ilustra a través de una rocambolesca persecución donde “los malos” de la película asedian al “bueno” (prófugo de una minoría étnica) sin poder atraparlo, hasta que se dan de narices con unos enigmáticos barbudos ataviados con estandartes y cruces que vienen del mar.

Lo cierto es que sólo una mirada miope y distorsionada de la historia podría creer que un imperio, cualquiera que este sea, haya alcanzado un alto y a veces refinado grado de civilización, sin ejercer jamás violencia alguna contra otros pueblos menos numerosos, menos organizados o más débiles tecnológicamente, de quienes sustrae la mano de obra necesaria para construirse y perdurar. Sólo la ingenuidad o la estulticia podrían hacernos pensar que tales sociedades vivían sin contradicciones, sin injusticias y sin opresión, y que las clases que las dominaban estaban constituidas por seres angelicales.

Si algún mérito tiene el film de Gibson es el de defender a su manera la dignidad de los oprimidos, invitándonos a abandonar esa mirada candorosa que supone que nuestros pueblos gozaban de una atmósfera de paz y de armonía entre sí antes de la conquista. Entre las dos ficciones enfrentadas: la de Gibson y la de los temerarios ideólogos del “mayismo”, me quedo con la de Gibson, porque al menos por una vez, habremos presenciado en imágenes fuertes la alegoría de una realidad que, en su esencia, se asemeja bastante al mundo en que vivimos.

Fuente: www.elperiodico.com.gt - 170307


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