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Dios y la política
Por Raúl de la Horra - Guatemala, 18 de junio de 2007

Somos un pueblo irreverente.

Esta semana, Martín Rodríguez Pellecer publicó en Prensa Libre un artículo en el que sondeaba las opiniones de cuatro profesionales guatemaltecos acerca de la constante mención que hacen los candidatos presidenciales del nombre de Dios. Como yo fui uno de los entrevistados, y las entrevistas no podían ser reproducidas in extenso, paso a compartir con ustedes algunas ideas que se quedaron en la conversación.

En primer lugar, el hecho de que todos los candidatos invoquen a cada dos por tres a Dios, y que Dios esté metido de lleno en la campaña electoral, demuestra la omnipresencia del Altísimo, es decir, la facultad que tiene de hacerse presente incluso en la sopa que preparan los políticos, y que habremos de tragarnos aunque nos sepa a rayos.

En segundo lugar, es muy sospechoso que no sólo los candidatos, sino el pueblo entero vivan martillando hasta la exasperación el nombre de Dios. Desde el punto de vista psicológico, si alguien repitiera de manera obsesiva, por ejemplo, cuánto ama a su esposa o esposo, ello sería más bien indicio de la necesidad que esa persona tiene de convencerse a sí misma de algo que en el fondo no cree, intentando borrar así, ante los demás, la culpabilidad por el desamor o el rechazo que siente. Y, probablemente, lo mismo sucede en la evocación constante que hacemos de Dios: lo mencionamos de forma insensata para cubrir nuestra infamia y nuestra falta de auténtica fe.

Lo que nos lleva a la conclusión –osada, es cierto–, de que somos un pueblo irreverente que vive pronunciando el santo nombre de Dios en vano, al modo como los supersticiosos y los impíos repiten conjuros y llevan amuletos para neutralizar la mala suerte que, por ignorancia o estupidez, ellos mismos se han forjado.

Fuente: www.elperiodico.com.gt - 160607


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