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Pasiones Encontradas
Por Raúl de la Horra - Guatemala, 27 de octubre de 2007

Fuente de crispación y escándalo.

Resulta desconcertante, aunque también aleccionador, observar las reacciones encendidas de algunos lectores ante los artículos de opinión que abordan de manera crítica aspectos relacionados con las instituciones eclesiásticas o con el comportamiento religioso de los ciudadanos. La semana pasada, por ejemplo, quise poner de relieve el hecho contradictorio –y curioso, por lo demás– de que la mayoría de personas que cometen actos atroces contra sus semejantes suelen definirse a sí mismas como creyentes (Hitler fue uno de ellas, con la bendición de Pío XII), mientras que es prácticamente imposible encontrar a ateos (o que se consideren tales) realizando o defendiendo ese tipo de atrocidades. Y comentaba, también, que los autodenominados ateos suelen defender la libertad religiosa siempre y cuando no se vulnere la privacidad de los demás, mientras que hay en nuestro medio una creciente cantidad de feligreses que se arrogan descaradamente el derecho de irrumpir a cada dos por tres en los espacios públicos y privados (calles, transportes, radio, televisión, etc.) para obligar a otros a escuchar sus profesiones de fe y prédicas religiosas sin que nadie se atreva a protestar, porque el Estado, que debería ser el primero en sancionar semejantes prácticas, se hace de la vista gorda.

En fin, lo cierto es que cualquier debate que involucre el tema religioso en nuestra sociedad sigue siendo fuente de crispación y de escándalo. Qué lástima que aún no sepamos razonar sino a través de la invectiva y el ataque personal, a la usanza de esas épocas pretéritas tan marcadas por el espíritu del Antiguo Testamento, donde un Dios vanidoso, vengativo e implacable le ganaba siempre las batallas al amor.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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