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José Martí y la Reforma Liberal guatemalteca
Por Rafael Gutiérrez - Guatemala, 2 de agosto de 2007

Sabido es que la concepción americana de José Martí comenzó a gestarse durante los años de su permanencia en México y Guatemala (1875-1878). A partir de ambas experiencias, el pensador y prosista cubano comienza a perfilar un pensamiento cada vez más autónomo y crítico, anticolonialista y antiimperialista, pleno de fe y orgullo en las cualidades del hombre de América, en oposición a los científicos mexicanos y a la tesis de Sarmiento que, pronto, derivaron según Noel Salomón, hacia un complejo de inferioridad racial y en la adhesión sumisa a los modelos europeos y norteamericanos.

Una vez derrocado el régimen liberal mexicano, José Martí entrará en contacto, en Guatemala, con el gobierno despótico e “ilustrado” de Justo Rufino Barrios con el que, posteriormente, colisionará debido en buena medida a sus nacientes raíces indigenistas, así como a una fervorosa militancia en pro de la América mestiza.

Permanecería, en tierras guatemaltecas, sometiendo sus experiencias y lecturas al fragor de la intensa realidad cotidiana y política, un año con tres meses. Aquí, según la aguda apreciación de Cintio Vitier, su idea de la irrupción americana, intuida en medio de esta región volcánica, señorean ya los célebres discursos en los que avizora la amenaza norteamericana. Pero también, de algún modo, la visión martiana de la realidad mexicana y guatemalteca—agregamos nosotros— informará la poética que preside sus Versos libres, obra clave de la estética modernista.

¿Pero a fin de cuentas qué vinculación personal o política mantiene el patriota cubano con el gobierno de Justo Rufino Barrios durante su breve permanencia en Guatemala? (Vivió en este país, más exactamente, desde el 26 de marzo de 1877 hasta el 29 de noviembre del mismo año y, después de casarse en México, desde enero de 1878, en que cumplió los veinticinco años, hasta el 27 de julio del mismo año). Sabido es que Martí realiza, a petición de Barrios, un comentario crítico, no exento ya del estilo brioso, rítmico y vehemente que caracterizará la retórica martiana. Dado a luz se llamará Los códigos nuevos. En la carta a Joaquín Macal, que antecede al examen de dichos códigos, Martí advierte: “La vida debe ser diaria, movible, útil, y el primer de un hombre de estos días, es ser un hombre de su tiempo. No aplicar teorías ajenas, sino descubrir las propias. Llego a Guatemala y la encuentro robusta y próspera, mostrándome en sus manos, orgullosa, el libro de sus códigos (…)”.

Cabe observar, por un lado, la sintonía martiana con el bullente ritmo de su época, que en el proceso liberal guatemalteco adquiere un carácter inicialmente reformista, y luego, el tono marcadamente optimista con que el cubano se asoma y percibe el ciclo transformador. Ciertamente debió verlo de esta manera una vez derrocado el gobierno conservador de los 30 años. Atroz, medievalista y semifeudal, el conservatismo había paralizado todo signo de avance y desarrollo para el país. Visto de este modo, para quien, como Martí, había vivido y escrito periódicamente sobre la cambiante realidad mexicana de Juárez, el régimen liberal asumía características francamente progresistas. Y de hecho y de algún modo lo fue. Para Paul Burgess la diferencia entre Rafael Carrera y Justo Rufino Barrios radica en que el primero fue un tirano para sostener el medievalismo y el segundo para implantar, digamos, medidas de progreso.

El entusiasmo de Martí descansa particularmente, a nuestro parecer, en dos aspectos básicos. En primer lugar, en la transformación jurídica del país a partir de la promulgación de una nueva Constitución en 1879 y un código civil que, entre otros puntos renovadores, instituye el matrimonio civil y el divorcio. Luego, lo que para él, hombre de palabra y acción y con una confianza y fe bolivariana radical en la unidad y progreso del concierto de naciones americanas, constituyó el ataque frontal contra el clericalismo y la iglesia, dos obstáculos y remanentes inadmisibles para el pensamiento de la época. Optimismo a un tiempo veraz y engañoso el de Martí. Veraz, en la medida que efectivamente la realidad estaba modificándose. Dos ámbitos tan caros al Martí modernista y maestro, el cultural y educativo, dieron de hecho un cambio con el retorno y esfuerzo intelectual de hombres esclarecidos en torno al programa de Barrios y la implantación de la educación laica, gratuita y obligatoria. Durante su permanencia en Guatemala ejerció la cátedra de filosofía, literatura e historia en la Escuela Normal. En el prospecto de la Revista guatemalteca que se proponía publicar, pero que nunca llegó a salir, escribió entusiastamente, a tono con sus aspiraciones de modernización cultural: “nosotros hemos de entrar en esa gran corriente de inventos útiles, de enérgicos libros, de amenas publicaciones, de aparatos industriales, que el mundo viejo, y el septentrión del nuevo, arrojan de su seno, donde hierven la actividad de tantos hombres, la elocuencia de tantos sabios, la vivacidad de tantas obras”. (Igual tono entusiasta, vislumbrador y esforzado, de estirpe sin duda martiana, se encontrará en los própositos editoriales y páginas de Revista de Guatemala, dirigida por Luis Cardoza y Aragón en el marco de la Revolución de Octubre, una vez salido el país de la tiniebla ubiquista).

Si embargo, un hecho medular escapó a los ojos escrutadores de José Martí en Guatemala: que la base económica, sobre la que descansaba la explotación de las mayorías desposeídas, permaneció prácticamente inalterada. La tenencia de la tierra, cuando fue modificada, lo fue siempre en función de privilegiar los intereses de los terratenientes en desmedro de las tierras comunales. Así, mermado el latifundio eclesiástico, se robusteció el latifundio liberal, y a la postre, mancomunados por una hegemonía de clase, el latifundio conservador. El cultivo del café, como voraz detonante, al fondo.

El sueño martiano, ese de hacer esencia y cuerpo de aquellos pueblos americanos que “invocaban la Vía Láctea en cuyo seno leían la luz”, estallaría en pedazos cuando el capitalismo internacional, con el beneplácito liberal, hizo del país una subasta pública.

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