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Cada cabeza es un fruto
Por Rafael Gutiérrez - Guatemala, 13 de septiembre de 2007

Ya Tamayo en su momento afirmaba que si el mexicano era trágico, los colores por tanto no podían ser alegres. Asimismo se pensaría entonces que si el guatemalteco porta encima la desesperanza como caparazón de escarabajo, la obra artística cuya referencia emana de él debe ser por tanto sombría. Como todo determinismo social, ya en el plano concreto de la concepción y realización de la obra, dicha afirmación estalla en añicos. Sobra decir que el propio pintor oaxaqueño, por méritos indiscutidos, representa curiosamente el extremo polar de ello.

La serie de cabezas de Sheny Piedrasanta no sólo son, una vez más, una oposición tajante de tan simplista silogismo, sino la demostración de que los sabores y olores son también una colorida expresión del alma popular. Y que ciertamente al “horror de la historia” guatemalteca habrá que oponer el “esplendor de la naturaleza”. Cocidas pacientemente a partir del barro rojo de Chinautla, con un exuberante agregado de acrílico de tono popular, cada cabeza de hombre o de mujer es, en verdad, un fruto o un tocado de frutos. Fruto, de tan veraz y sabiamente cosechado por las manos de la escultora, que convoca no sólo al deleite de la mirada sino también a la tentación de la mano. Es impostergable el gesto, como suele ocurrir frente al misterio de la pieza moldeada, detenerse en el deleite táctil de los pliegues policromados del mango, en la morbidez abierta del aguacate, en la cálida turgencia de los hilos del coco.

La obra, obviamente, no es sólo el fruto. El fruto, en la historia del arte, no se muestra nunca solo: visible o invisible, allí ha estado siempre la presencia del hombre y, desde luego, la mujer.

La serie constituye un esfuerzo conceptual y técnicamente laborioso. Surgido inicialmente a partir de un boceto del pintor Erwin Guillermo, su compañero, pronto Sheny se distancia y agrega y elimina, obedeciendo ya a una ruta o programa personal, que además de responder a la lógica y procedimientos propios de la tridimensionalidad escultórica, adiciona a la pieza una peculiar temperatura emotiva y psicológica. Así, lo que inicialmente sería una creación producida al alimón (como en la literatura) deviene más bien una obra paralela y autónoma, con una atmósfera coparticipativa sin duda, pero en la cual la tersura del pulido y raspado de la pieza modelada se distancia de la deliberada “planez” cromática de la pintura. Constituye, así pues, un estimulante trabajo compartido en el cual, como suele ocurrir, una vez trazada la ruta a seguir, cada espíritu se independiza y se dispara como una bengala en busca de su firmamento creativo individual.

Esta serie figurativa aporta además un detenido trabajo de exploración en la gestualidad humana cuyo principal foco de expresión es el espacio facial. Allí radica otro de los aspectos formales a destacar en una obra que hurga y extrae un repertorio de gestos, focalizados principalmente en la mirada y la boca, y que le otorga una impregnación local cuyo soporte, creemos, procede en línea directa de la artesanía y del imaginario popular al recrear, a veces con donosura, otras con picardía, pero siempre en la línea de un sabroso humor mestizo, frases familiares, dichos y adivinanzas (“agua pasó por mi casa, cate de mi corazón”, “ banana to you”, “un su cafecito doña” y demás), todo ello en una cabal caracterización entre lo que se emite y cómo se emite, lograda gracias a una refinada elaboración técnica.

No siempre, pues, cada cabeza es un mundo. También el hombre es el fruto del fruto que come. Y la mirada es asimismo mirada también por la otra mirada que mira. Mirada y fruto: dos expresiones apetecibles en la mesa de trabajo de Sheny Piedrasanta.

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