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Me llamo ezequiel martínez urízar, revolucionario de pura cepa, para servirle a usted
Por Rafael Gutiérrez - Guatemala, 20 de octubre de 2007

Anuncio del grandioso futuro,
la década excepcional fue un acercamiento a la llegada del gran sueño.
Guatemala nuestra.
Juan Marinello

I
Me llamo Ezequiel
y soy
como ve
este péndulo oscilando agrio frente a usted:
ayer ebrio
hoy ebrio.
Ni izquierda ni derecha
advierto
sino centro:
el punto exacto donde caigo
después de tanta volandera diaria.

Lo siento
joven
Sé que mi aliento le ofende:
marchita las flores
de su corbata tan elegante y sobria
enturbia el claro porvenir
que titila en la piedra de su anillo
de bachiller.

Mire
pues
allí enfrente
otra mosca
que
cae
bajo el fogonazo de mi certero infierno líquido.
Cazador de moscas soy
antorcha humana
dueño del estrépito de mil venados embravecidos.

Me llamo Ezequiel
ezequiel martínez urízar para servirle a usted
y soy
como ve
este tronco viejo
arrasado por un cotidiano remolino
de alcohol
humo y desesperanza
este fantasma con una tupida zopilotera
revoloteando encima de su cabeza.
Viejo cabrón
borracho de mierda
dirá usted.
Lo sé. Usted me conoce a mí
violentando un poco la semántica
como la Bala perdida.

Yo soy
es cierto
disparo que no cuajó
en su hora
en el ojo de la tiniebla.

Pero usted
es también
al igual que yo
habitante predilecto de este muro donde sólo llueve sombras.
ambos: hijo y nieto
de una única fecha paridora.

II

Es una fecha conocida
amigo.

Todos
queramos o novenimos o volvemos
a esa triste y jubilosa fecha conocida.
Todos
usted y yo
los jóvenes y viejos
los violentos y
apagados
los vivos y muertos
los perseguidos y
perseguidores
los enamorados de la vida y
la muerte
los opulentos y tullidos
los armados y desarmados
todos
créame
somos frutos pudriéndose o floreciendo
colgados
de este Gran Árbol tutelar
somos brasas ardiendo o apagándose
reunidas
junto a esta Gran Hoguera general.

Yo soy
así como me ve
rama seca que aún crepita
si le atizan fuego.
¿Que mucha retórica oscura y camandulera?
Tiene usted razón. Ese fue quizá nuestro error mayor:
haber inundado el país entero de palabras.
Ese fue
y ese ha sido
ante la sangre de ayer
ante la sangre de hoy
nuestra principal arma justificatoria:
palabras y palabras
y
palabras.
Mientras el enemigo ocultaba pólvora bajo la alcantarilla
nosotros nos sentamos sobre ella
ilusos y flamígeros
a discutir acerca de las diferencias teóricas
entre Marx y Bakunin.
Voz y voto del geranio
ardía el poeta en el centro de su página altisonante y matinal.

Voz y voto del banano
aullaban los saurios ayunos en su espumeante oscuridad
ya el hocico olisqueando la estrella
ya los colmillos en pos de la cacería.

III

Sabe: fueron diez años de primavera
n el país de la eterna tiranía. Que es
como
decir
y disculpe usted
tanta chingadera metafórica:
diez años de primavea en el ala de un pájaro cautivo.
Así dicen los entendidos en esta materia todavía proscrita.
Así rezan los libros cuyos títulos
aún tienen olor
de catacumba cristiana.

Sucede
que venía
la patria
rebotando de túnel a mazmorra
de látigo a garrote
de zurcido ha roto
de guatemal a guatepeor.
De Estrada Cabrera a Ubico
pues: y he aquí
que se detiene el carro de la dictadura.

En una bocacalle
de la Historia
allí mero
lo arrinconó el pueblo entero.

Nos sentimos
cómo decirle
como tocados por vez primera por el dedo de la Providencia.
Pero las buenas ideas
no
caen
del cielo.

Del canto del astro
a la pupila que se ilumina median millones de años-luz.
El pueblo todo
ardido en los fuegos de la Conquista
untado en los hierros de la Colonia
debió hacer unidad de esfuerzo
en el lento madurar de la esperanza.

Eran
ya largas heridas
y el dolor acurrucado allí.
Eran
ya mordidos pánicos
y el dolor acurrucado allí.
En el viento
empero
flotando como aguja de piedra
ala de puma o
boca de códice
un solo vocablo en llamas
ardía
incendiando
la hoja seca
desordenada e inmóvil de nuestra conciencia oprimida:
Revolución
Revolución
Revolución.

Desde Juan y María hasta el maestro Daniel.
Desde el teniente Isaías hasta el obrero José.
Desde el estudiante Rodríguez hasta el tendero Simón.
Desde el médico Sánchez hasta el comerciante Rubén:
Revolución
Revolución
Revolución.

Fue
entonces cuando estalló
hermosa como una victoria
la primavera.
¿Que
qué primavera
pregunta usted?
Octubre
amigo. Octubre del 44.

IV

Nacidos en Octubre para la faz del mundo
como dijo Otto René. Sí señor:
¡Nacidos en Octubre para la faz del mundo!
Y disculpe que hable fuerte
que grite ufano o reviente encabronado
este verso
corazón de pólvora
este verso
garrafón de guaro bendito.

Por la gran puta:
así fue
de veras
el origen de nuestro unigénito hueso
al gran barullo de ser y estar sobre estas tierras.
Para otros
fue un animal raro y lírico
pastando en el corral de su asombro.

Entre litúrgicos
y sediciosos
como quien examina de pronto un arma cargada:
así desmontamos el siglo XX para ver sus mecanismos internos.
Acostumbrados
a una
consigna tan llena de púas
y
tan ausente de magnolias
pronto nuestro mudo modo de estrechar la mano
dio paso a la florida avalancha de los abrazos.

Sabe usted: trocamos el candado por el agua.
Le dimos vuelta
poniéndolo sobre el envés
al lomo cicatrizado de la vida.
Poco a poco
bajo sucesivas capas de bruma
fuimos descubriendo el rostro soterrado
del hermano a nuestro lado:
a veces desfigurado por el miedo
a veces desfigurado por el odio.

Recuerdo
que Huberto
con los párpados bien jodidos
ahora sí por tanta alegre lágrima
cargaba encima una fosforescencia
que hacía deslumbrar la vista
en las asambleas del mediodía.

Todo fue
por esos días
plaza
fragor de vino amotinado
avenida
vaho de hoguera al rojo vivo
barrio
rotundo brote del harapo adormilado.

Hubo
alguien
que arrojó sobre el odiado monumento público
una bacinica hirviente de sonora felicidad estomacal.

Allí
quedaron
flameando como témpanos
o
estalactitas bajo el viento
las insignias clamorosas
con que el pueblo
engalanó la casaca napoleónica del tirano.
Razón de feria
motivo de fiesta
fue ver la infamia agrietándose allí
bajo las sofocantes tardes de verano.
Octubre le digo fue el olor de la pólvora
mezclada con el olor de las jacarandas.

V

Atrás:
la sombra deleznable de las mazmorras
a punto de cerrarse en las madrugadas
el sudor inexpugnable del mártir
a punto de ser acallado para nunca jamás
el aullido de la madre en la cerrada alta noche
el mondo esqueleto del verdugo
mordido por mariposas estercoleras
la sal
lo amargo
lo mustio
en fin
Atrás.

Adelante:
un código en donde el sudor
adquirió cabal definición de agua organizada
un blanquísimo recinto en donde la mortandad
empezó a ser considerada maldita bestia extinguida
un estanque de leche en la Plazuela de la Sed
un alfabeto
un lápiz
un poema
una gaviota
y
sobre todo
un pedazo de tierra
una ramita de sol
plantada para florecer tempranamente repartida hacia Adelante.

VI

La consigna era: ¡Muera el Moho!
¡Viva la luz!
En consecuencia
todo el santo día
dejábamos abiertas
las
puertas
de la patria
para que desembocase
en ellas
la travesía planetaria del viento.
Así autores
libros
ideas y canciones
erigieron de pronto su estandarte en la casa de todo buen vecino.
Así el destino dejó de ser un bicho de raro brillo
en la palma de nuestra mano.

Iba y venía
la muchachada
repartiendo el júbilo por entero desde el bajoplano
hasta el altiplano
desde el campo a la ciudad.
Nada permaneció quieto en ese entonces.
Todo pareció gritar esta boca es mía.
Hasta las piedras
en las veredas
hacíanse a un lado ante el tremendo aluvión del movimiento.
Avanzada
la madrugada
aún manteníamos
en alto
nuestro
terco corazón atolondrado.

Afilar
el machete
el clavel
la estrella
la alegría: he ahí
el deber
que organizó
nuestros días
y
nuestras noches.

VII

Por
ese tiempo conocí yo a Matilde
obrera salvadoreña
que era
la muy plantada
la puritita dinamita andando.
Juntos íbamos
por las tardes
a la liga central donde impartían cursos sobre organización obrera.

Allí la conocí
le decía
y de inmediato
ambos abrazamos el amor a la causa
que
con el tiempo
devino pasión a causa del amor.
Un solo relumbrón
En pleno centro del alma: eso fue
Matilde
para mí.
Venía de Morazán
y
al parecer
había escapado de morir decapitada
por un soplo de pájaro
bajo la acusación de comunista revoltosa
durante la matanza del 32.
Con Miguel Mármol
según decían
había cruzado la frontera
disfrazados de maromeros en un circo de ínfima categoría.

Sensible
como agua de poza
atacada del virus mortal de las letras
gustaba
ya decrecida la marea lunar de su cuerpo
que le declamase al oído los versos amanecientes de Orlando.

Ezequiel
musitaba
y yo
entre adormilado y festivo
me alzaba desde mi atalaya de sueño:
“Ven
tenemos derecho
a sentirnos sinceramente nuestros
hoy que abrimos nuestro pobre minuto
como una flor pequeña”.

Hermosura de no ser sino un hombre y una mujer
con derecho a amarse
en medio de un aire liberado.

Por esos años
creo
Pablo visita
canta
celebra
con vino y tinta nuestro nuevo amanecer.
Ocultando
bajo el ala un manuscrito entre volandero y pétreo
lo suelta de pronto al irse
y
en un solo e instantáneo revoloteo
nos deja sobre las calles un reguero de algas
peces
tucanes
piedras
tiranos
sillas
cóndores
héroes
ruinas y minerales.

Lo
recuerdo
sabe
pues por esos días
de fulgores y pavores
dos acontecimientos marcaron de tajo
la ruta de nuestro agitado quehacer cotidiano:
la promulgación del decreto 900
y el nacimiento de nuestro hijo Roberto.

De
ahí en adelante la historia
nuestra historia
comenzaría a forjarse bajo un cielo
poblado
de
cuervos y palomas.

VIII

¿Qué está usted organizado dice?
¿Con quién y para qué?
¿Bajo el Norte o sobre el Sur?
¿Acaso mira hacia el Este y se acuesta soñando con el Oeste?
¿Apuntala en silencio la primavera
o la estruja en su duro retoñar hacia arriba?

Ah
ya. Entiendo. Pues lo felicito: mi hijo Roberto
también bebió
en su momento
el terrible fuego de los justos
fue astilla de ocote en la humedad lluviosa del señorío errante.

Ahora
es libélula que muerde
altiva
el rojo y redondo universo de los manzanos.
Ahora
es panal de sangre que vuela
allá arriba
venciendo la armazón de la noche
al mando de un ejército de luciérnagas.

Aquí dentro es
se lo confieso
una piedra
que ni el guaro más afilado o llameante
la empaña o erosiona dejándome tranquilo.
Dolor más ingrato éste
el de beber desamparada muerte diaria.

Sí señor: otro trago.
Y sea nuestra
sombría pero deslumbrante
la primavera.

IX

Milicias
muchas milicias
y armas
muchas armas.
Tocarle los huevos al león. Y en la otra mano
el machete fiero
listo a arrancárselos de cuajo
si el cerote se pone brincón.
He ahí
sin más
la lección de la fábula del león y el quetzal.

¿De acuerdo?
De acuerdo.

X

Fue al doblar la esquina
cuando
de pronto
sentí como una mordida caliente en mi pierna izquierda.

Me vi entonces
allí abajo
abriéndose paso por sobre la lona azul
un tiznado boquete
manando agua roja a borbollones.

A mitad del parque La Concordia
una espesa manada
de liberacionistas
armados de radios
fusiles y machetes
avanzaban disparando a ciegas
bajo las órdenes
de un oscuro coronel aranista.
Lo reconocí pues
por esos días
el enemigo ya agitaba
ante el Mundo Libre
una victoria abiertamente publicitada.
Poco antes
en una humosa partida de naipes
la OEA
había jugado a favor del asalto a nuestro sueño.

La suerte
ahora
estaba echada: desde el cuchillo de mesa
hasta el avión bombardero
todo les pertenecía en nuestra casa.

Era
junio y por las tardes
una llovizna cubría de motas brillantes las hojas de los árboles.

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