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En defensa del feminismo
por Rosalinda Hernández Alarcón - Guatemala, 6 de agosto de 2004

El pronunciamiento del Vaticano, dado a conocer recientemente, reafirma el carácter retardatario de sus postulados que, lejos de tomar en cuenta la realidad, ratifican dogmas que su feligresía le ha cuestionado y al mismo tiempo pretenden descalificar las propuestas feministas, con el objeto de mantener la subordinación de las mujeres en su condición de amas de casa y responsables de mantener la unidad de la familia.

Probablemente, quienes están adscritos a la Iglesia católica tendrán que ignorarlo para sostener su membresía persistirán con esa doble cara que se ha convertido en costumbre: por un lado, aceptar la fe en la existencia de un Dios crucificado y resucitado y, por otro, practicar la desobediencia a los dictados de su máximo jerarca.

Si no fuera por la gran influencia que sigue ejerciendo en los países latinoamericanos la institución que representa aquel anciano, de vestido blanco y voz entrecortada, quizá sería mejor ignorar la carta denominada de “colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y el mundo” que se aprobó en Roma, en la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 31 de mayo de 2004.

El documento, dirigido a los obispos, reitera que la ordenación sacerdotal sea exclusivamente reservada a los hombres y su adscripción al celibato. Ello significa rechazar la reivindicación de mujeres católicas interesadas en ejercer el sacerdocio, así como ignorar la problemática que representa los abusos y agresiones sexuales cometidos por sus hombres sacerdotes contra niñas, niños y jóvenes, o bien, la vida conyugal que practican sus representantes en cualquier parte del mundo, desde pueblos pequeños hasta grandes ciudades.

En su encíclica, la Iglesia católica interpreta que la defensa de los derechos de las mujeres se traduce en rivalidades y enemistades. Mediante la cita de variados textos, pretende argumentar que las feministas somos quienes fomentamos la competencia y la guerra entre los sexos, que estamos contra la “estructura natural” de la familia porque reconocemos y respetamos que innumerables hogares no estén constituidos por madre y padre.

Muchas católicas seguramente le pueden argumentar al Sumo Pontífice Juan Pablo II que lo anterior es falso. Tienen muchos elementos para explicar que las preferencias en la orientación sexual no son antinaturales y que la búsqueda de equidad entre mujeres y hombres no es una amenaza a la familia. Ellas son las mismas que defienden su derecho a usar métodos anticonceptivos y a interrumpir un embarazo no deseado en caso de violación, por problemas de salud y otras causales.

Lo que ahora cabe preguntar es, ¿cómo los sacerdotes en México o Guatemala defenderán la mencionada carta y al mismo tiempo actuarán en consecuencia a favor de la causa de las mujeres? Es decir, cómo contribuirán a erradicar la violencia, discriminación y opresión contra la población femenina.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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