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Una tragedia más
Por Rosalinda Hernández Alarcón - Guatemala, 15 de octubre de 2005

Ninguna reconstrucción mejorará la calidad de vida de los pobres.

Se está haciendo costumbre, después que ocurren destrozos lamentables en terremotos o huracanes, hacer llamados a la unidad, a la hermandad e incluso a borrar identidades políticas. Si bien este tipo de mensajes cumplen un papel, porque logran proporcionar ayudas de emergencia, al carecer de proyección de nada sirven para evitar nuevas tragedias.

Y no es que esté en contra de la unidad y la solidaridad, lo que me tiene con un nudo en la garganta es reconocer la incapacidad que existe para aprender de experiencias pasadas que muestran de manera muy contundente lo siguiente: quienes fueron los damnificados del Mitch son ahora los damnificados del Stan y serán los futuros damnificados en próximas épocas de temporales.

Rechazo esa unidad superflua sin compromiso político, esa ayuda lastimera de algunos días que contrasta con largos periodos de indiferencia hacia un compromiso social. Si aprendiéramos de tragedias pasadas, los llamados a la unidad tendrían que desterrar aquella mentira que supuestos brigadistas temporales repiten sin mayor reflexión: “estos fenómenos están fuera de nuestro alcance”. La solidaridad cae en saco roto cuando no se hacen esfuerzos en interpretar las causas que originan las tragedias, sólo así existen perspectivas de que éstas no se repitan o cuando menos que sus secuelas no sean tan dramáticas.

Son muy ligeros esos discursos de hermandad coyuntural que tolera la desigualdad social que provocan determinados modelos económicos, con instituciones y funcionarios incapaces de atender emergencias. La fraternidad vale muy poco cuando la distribución de la riqueza es una farsa. Y no estoy hablando de confiscaciones o expropiaciones, sólo me refiero a las contribuciones para las arcas nacionales y el uso honesto de tales recursos. Ninguna reconstrucción mejorará la calidad de vida de los pobres ni evitará nuevas tragedias si quienes más tienen no pagan impuestos (o pagan muy poco) y quienes gobiernan nada hacen para evitar que miles de familias se vean obligadas a habitar en zonas de alto riesgo.

Es cierto que las ayudas, en estos momentos de emergencia, no tienen que servir para levantar la imagen de ninguna institución ni funcionarios públicos o privados. Pero ello no significa que ignoremos el aporte que está proporcionando la ciudadanía y las agrupaciones sociales, que en estas tragedias se les presenta la oportunidad de reconocerse como sujetos políticos. Requisito indispensable para cambiar los sistemas que alientan y agudizan las distancias entre ricos y pobres.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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