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Una historia reiterada
Por Rosalinda Hernández Alarcón - Guatemala, 25 de agosto de 2007

Pobreza y desdeño para garantizar el derecho a la alimentación.

La publicación de rostros famélicos de pequeñas criaturas vuelve a provocar comentarios acerca de la hambruna en Guatemala. Así, de nuevo se conocen informaciones que denotan la incapacidad gubernamental para atender esta problemática, la cual, algunos voceros denominan hambre y no hambruna, en su afán por deslindarse de la situación paupérrima que vive la niñez africana.

Esa profunda tristeza y desamparo, que origina el hambre y la falta de oportunidades, nuevamente suscita reacciones en funcionarios de Gobierno, quienes se justifican en la falta de recursos por no resolver las necesidades apremiantes de aquellas familias sin empleo ni ingresos. Asimismo, organismos internacionales y entidades filantrópicas autorizan otra distribución de bolsas de alimentos, porque la anterior fue suspendida sin prever que tal ayuda era necesaria. Es decir, se repetirá la misma historia porque el Estado guatemalteco sigue violando el derecho a la alimentación.

Hacer una reflexión en torno a este derecho es importante, porque en la práctica está ligado a la vida cotidiana, al acceso al bienestar y al reconocimiento como sujetos sociales. Garantizar el derecho a la alimentación se convierte en una condición indispensable en los procesos democráticos. La pobreza no sólo alienta la desnutrición (hasta llegar a la hambruna) sino convierte a las personas en dependientes y subordinadas, excluidas de la democracia. Ese es el ángulo perverso que ocasiona la falta de compromiso en erradicar el hambre.

El modelo neoliberal está provocando un creciente proceso de acumulación de riqueza, que está aumentando las desigualdades, la brecha entre ricos y pobres. La sobrevaloración del “libre mercado” está haciendo a los Estados más débiles, los cuales carecen de instituciones y recursos para cumplir con sus obligaciones de garantizar derechos. Las medidas gubernamentales, inscritas en esas reglas, estimulan la corrupción y el clientelismo para los no tan pobres, mientras que la receta para los más pobres es el asistencialismo. Al sobredimensionar el paradigma empresarial se alienta el conformismo, porque en el imaginario social se desdibujan las aspiraciones de cambio.

Para evitar que las agendas periodistas incorporen el hambre en sus reportajes, de cuando en cuando, la redistribución de recursos es indispensable para que las personas coman bien y sean sujetos de derechos. No sólo se trata de repartir alimentos cuando se acuerdan de los más pobres, sino garantizar que todas las personas formen parte del proceso democrático.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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