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Los violentos no son dementes
Por Rosalinda Hernández Alarcón - Guatemala, 15 de diciembre de 2007

La perseverancia de luchadoras sociales en denunciar la violencia contra las mujeres y exigir castigo a los culpables va teniendo resultados para que esta problemática preocupe a más gente. Ello crea condiciones para reiterar que los victimarios son personas normales; es decir, los violentos que maltratan, hieren o asesinan no son desquiciados mentales, sino hombres comunes y corrientes. Jaime Pineda es un ejemplo claro de esta afirmación.

Este hombre en prisión de manera fortuita, no porque el sistema de justicia haya procedido a su persecución, se confesó culpable de asesinar a su esposa y a su hija, e intentar dar muerte a su hijo, sin más justificación que sentirse afectado por la posibilidad de perder los bienes que reclamaba como suyos. Él ya había dado muestras de violento, razón que motivó a quien fuera su esposa a denunciarlo. Jaime Pineda será sometido a exámenes psiquiátricos, como lo ha recomendado el juez respectivo, funcionario a quien le es imposible creer que un hombre “normal” llegue a tales extremos de violencia.

Las investigaciones y los debates también juegan un papel importante para fundamentar la necesidad de actualizar algunas leyes e insistir en sensibilizar al personal vinculado a la administración de justicia, como puntos clave a fin de dejar de inculpar a las mujeres de su propia muerte.

Es urgente quitar ya del léxico jurídico o periodístico algunos conceptos tales como problemas personales o crimen pasional, en tanto la mención de dicha hipótesis propicia condiciones para inculpar a las víctimas. El movimiento de mujeres y feminista ha aportado argumentos para nombrar específicamente a la violencia homicida contra mujeres (femicidio) y para diferenciar las agresiones perpetradas dentro del espacio doméstico y de los ámbitos públicos.

Otro aporte son los estudios que demuestran cómo continúan las prácticas sexistas entre los operadores de justicia. Lo perverso de las mismas es que dañan a las víctimas, inhiben la disposición a presentar denuncias o dar seguimiento a los procesos penales. Resulta entonces que quienes denuncian, además de sufrir el daño causado por los agresores, viven otro tipo de agresiones. Ellas requieren mucha fortaleza para exigir justicia.

Ejemplo de esa valentía que se les exige a las mujeres agredidas se muestra en la denuncia presentada por Amandine Fulchiron, integrante del Consorcio Actoras de Cambio. Ella fue amenazada de sufrir una violación sexual, lo que es especialmente grave dado que la entidad donde participa acompaña a mujeres que fueron víctimas de violencia sexual durante el conflicto armado y ya fue amenazada con anterioridad. Este tipo de hostigamiento tiene que ser esclarecido como prevención a situaciones de riesgo para ella o el grupo. Ninguna agresión contra mujeres puede pasar por alto.

Fuente: de www.elperiodico.com.gt


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