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Saltos de caracol
Por René Leiva - 29 de abríl de 2004

Catástro-fe. En entrevista exclusiva con Pedro de Alvarado, miembro fundador, ideólogo y directivo perpetuo de la gloriosa Cámara del Agro, fue claro y concluyente al manifestar que eso del catastro y de la reforma agraria son puras babosadas (sic) socializantes y comunistoides, en las que pueden verse las barbas de Marx, Engels, Lenin y Fidel Castro. Que la tierra, laborable o no, sea de vocación forestal, pecuaria o agrícola, es de quien la invade, conquista o arrebata, ya que así ha sido siempre, desde tiempos bíblicos y ya no digamos de Su Majestad Felipe II, pasando por Carrera, Barrios, Estrada Cabrera, Ubico, Lucas García y Ríos Montt, entre otros. En principio, don Pedro considera que las cosas en el campo están bien como están, hasta cierto punto --aunque no como en sus tiempos--, que más conviene conservarlas así, salvo por los salarios mínimos demasiado elevados y por las tales ocupaciones ilegales. Considera también que la tierra no es de quien la trabaja sino del que la detenta, usurpa y enriquece con ella, así sea por haberla heredado del tatarabuelo, según añeja tradición. Sobándose la rubia perilla con una mano y acariciando el pomo de la feroz espada con la otra mano, Pedro de Alvarado dejó entrever que ante pequeños o grandes escuadrones bien armados, que es como siempre (sic) debe defenderse la propiedad rural, tanto lo técnico como lo jurídico salen sobrando, sea en materia catastral, confiscatoria o repartitoria, y ya no digamos en asuntos laborales. En suma, otra opinión con tinte darviniano o darvinista, que don Pedro dejó claro que era a título personal, conste.


Segundos cien días. Lo que los observadores y analistas no han logrado entender es que así como hay los primeros cien días para un gobierno que comienza, digamos, también hay segundos cien días, terceros cien días, cuartos cien días, quintos cien días, y así sucesivamente, hasta completar mil cuatrocientos sesenta (1460) días calendario, día más, día menos, pero siempre contabilizados por períodos de cien en cien, según se acostumbra. Es decir, lo que no se hizo en los primeros cien días de gobierno, se hará en los segundos, terceros, etcétera. Todo es cuestión de orden matemático y de una continuidad o decurso establecido por la tradición y por las estructuras sociales y políticas. Cien días perdidos se pueden reponer o rescatar invirtiendo otros cien días, siempre que, reloj y calendario en mano, se tenga elemental conocimiento de dónde queda el Norte, el Sur, el Este y el Oeste, por lo menos, y siempre en relación a la situación de todas las dependencias estatales, incluida la casa presidencial, la Embajada y la sede del CACIF.


Hambre en el Congreso. (Lengua, plato oficial). En el contexto de escasez, hambruna y desnutrición que viene flagelando al país de la eterna, el honorable Congreso Nacional no podría ser la excepción, de ninguna manera; es decir, los ilustres miembros de la actual legislatura, 158 hambrientos representantes, algunos de ellos al punto de la inanición. La situación alimentaria/nutricional en el seno del Palacio Legislativo merecería la atención del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación, por lo menos, y también ¿por qué no recurrir a la FAO y al Programa Mundial de Alimentos? El hambre, que no perdona edad, sexo, religión, estado civil, clase social, partido político, bancada, comisión, etcétera, posee diversas definiciones o connotaciones según sea el entorno físico que se considere, pero básicamente es la sensación producida por la necesidad de comer, sea una tortilla con sal, sea un pato a la naranja. El problema está en que un Congreso con hambre es un Congreso sin paz. Aunque tampoco se trata de regalarles pescado a los diputados y diputadas, si no más bien de enseñarles a pescar, según el pragmatismo oriental. De un parlamento con hambre nunca pueden emanar leyes aceptables, sin trampas ni lagunas. No obstante, como paliativo temporal, los electores o representados bien podrían llevarles algo de alimento, como bananos, mangos o alguna otra fruta de estación. Por último, mientras dure la actual crisis alimentaria, se recomienda a los periodistas que cubren la fuente y a los visitantes, sean distinguidos o no, llegar al Palacio Legislativo debidamente desayunados y/o almorzados, a fin de no herir susceptibilidades y evitar mayores problemas.


De sábados y de coches. Desde luego, en el tiempo y el espacio hay más sábados que coches, aun cuando en épocas inmemoriales los días correspondientes no se llamaba así, o no tenían nombre. Es decir, mucho antes de que existieran los coches ya había sábados, o su equivalente actual. Aclarado (?) esto, las costumbres y las leyes, tanto naturales como divinas e incluso humanas, decidieron que a cada coche le llegara su sábado, como suele suceder en términos generales y coroneles; o sea que hay un sábado para cada coche, el cual le tiene que llegar tarde o temprano. E incluso un mismo sábado puede ser para muchos coches, a la vez, sin que esto represente algún tipo de interferencia o de intromisión anómala. Claro que un coche no sabe qué o cuál es el sábado exacto y preciso que le tocará. Sólo entiende o intuye que hay un sábado por allí que le corresponde, porque así está determinado desde siempre dentro de la inexorable ley de probabilidades, sobre todo. Y es de tal manera como las sociedades con escaso progreso logran algún tipo de consuelo y de cierto resarcimiento moral, en esa relativa seguridad de que a todo coche le llega el mentado sábado, porque si así no fuera qué caso tendría seguir en el mantenimiento exiguo de este leonino contrato social. Pero también es cierto que sólo cuando el sábado le llega a determinado coche, se nota y comprueba que la ley en cuestión se cumple a cabalidad. Mientras tanto…

("No importa que fulano de tal por cual ande muy campante después de todo lo que hizo, ya que a todo coche le llega su sábado". Así razona la gente, sin percartarse de que hay coches que parecen inmunes o vacunados contra el sábado, a quienes los sábados no pasan por ellos. Hasta puede desearse, durante décadas, que el próximo sábado sea el que le llegue al pícaro ese, al ladrón, al genocida. Y no, nunca le llega. Incluso el coche muere en su cama, de viejo y rodeado por los suyos, un día miércoles.)


La papa pelada. En más de una oportunidad u ocasión se me ha recriminado, de manera entre áspera y burlona, el hecho de que a mí me gusta la papa pelada, sin que dicha admonición me haya aclarado absolutamente nada respecto a defectos de carácter que yo pueda tener y que ciertamente poseo, por supuesto, pues hasta donde alcanza mi experiencia y vivencias nunca he conocido a nadie medianamente civilizado a quien le guste la papa con cáscara; es decir, no sé de una sola personas que apetezca comer papas o patatas con todo y esa corteza o envoltura que suele tener esos sabrosos y muy populares tubérculos, carnosos y feculentos, de la ilustre familia de las solanáceas, originaria de Chile y Perú. De ahí, pues, mi total extrañeza ante el tono de reproche porque a mí me gusta la papa pelada --que yo mismo mondo o descortezo, por cierto--, como si yo solo viviera en este planeta.

Tomado del diario La Hora - www.lahora.com.gt


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