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Saltos de caracol
Por René Leiva - Guatemala, 2 de marzo de 2005

Nuestros muertos. Pues están mis muertos, tus muertos y nuestros muertos. Los míos y los tuyos serían vínculos rotos, que nos limitan. Los nuestros son ligaduras duraderas que nos dilatan y ensanchan Esos muertos nos pertenecen a todos, a mí y a vos también, aunque nunca los conocimos en vida ni sabemos sus nombres. Son más nuestros porque fueron víctimas inocentes en las masacres y el genocidio, víctimas del terrorismo de Estado, el sistema discriminador y racista, la política de albañal, ese entorno físico y temporal en que nacemos y morimos. Nuestra cómplice pasividad y cómplice ignorancia son suyos también, de nuestros muertos. Los muertos comunes, colectivos, genéricos, universales, pero no menos entrañables. Son muertos de todos, muertos por (en vez de) nosotros; incluso de los asesinos, de los apolíticos y los indiferentes. Algunos los sienten ajenos, extraños, de por allá, y hablan de los muertos de los otros, de esos, de aquellos. "Esos muertos no me atañen, no me incumben, yo no tengo vela en ese entierro". Reniegan de nuestros (sus) muertos, como renegar de la historia, la memoria y la sangre. Nuestros muertos velan con nosotros.


Ecohistéricos aquí, ecoterroristas allá. Tal vez convendría aclarar, para fines prácticos, que mientras los mal llamados ecohistéricos son aquellas personas preocupadas por el deterioro, en muchos casos fatal e irreversible, de las relaciones de los seres vivos entre sí y con su medio ambiente, pero que carecen de medios económicos y de influencia política para detener o aminorar la tortura y muerte lenta de la naturaleza, sin que tal actitud obedezca a intereses ocultos; en cambio, por el contrario, los justamente denominados ecoterroristas, como su nombre lo indica, son aquellos individuos, empresas y compañías que atacan, agreden y arremeten contra el medio ambiente sin misericordia alguna, de manera irracional y bárbara, armados de motosierras, montados en tractores, arrasando con flora y fauna, incendiando este pastizal, contaminando aquel río o lago, imponiendo la explotación de minas a cielo abierto e infierno encubierto, incrementando la basura espacial, etcétera. El ecoterrorista es un violador nato del derecho a la vida que tiene la vida misma, en aras del egoísmo, la ambición bestial, el lucro, el glorioso mercado. Los ecoterroristas son todopoderosos y tienen de su lado la totalidad del sistema económico-político-social-cultural que domina al mundo. Los ecologistas (mejor dicho) son raras avis dentro de la tendencia generalizada, tipos molestos pero pacíficos, algo quijotes, perdedores natos, condenados al fracaso de su causa, entre los que me incluyo (en mí se hunde el barco). Conviene aclarar, sin embargo, que no todo parece ser pureza e inocencia dentro del ecologismo --o ecohisterismo--, pues los propios ecoterroristas echan en cara que, por ejemplo, la mesa ante la que el defensor de la naturaleza se sienta a escribir manifiestos proviene de la madera extraída a algún árbol asesinado en plena selva por manos emprendedoras, eficientes, competitivas y exitosas; o sea, que alguien tiene que hacer el trabajo sucio.



Caebién Bershé y el guacal. Fuentes cercanas a la primera magistratura de la Nación, que solicitaron el anonimato, aseguran que de urgencia nacional se están tomando medidas técnicas e incluso científicas para que en lo que resta de su período Caebién Bershé no vuelva a salirse del guacal. Ya que en su calidad de representante de la unidad nacional, digamos, debe mantenerse dentro o a lo sumo en los bordes mismos de dicho guacal, pero nunca jamás rebasarlo o desbordarlo, como ha sucedido con demasiada frecuencia, lo cual provoca verdaderos tsunamis políticos. (Tómese en cuenta que dicho recipiente presidencial, frágil y vulnerable, aunque no pertenece a nadie en particular, debería ser uno de los mejor cuidados por parte de la secretaría correspondiente). Se supone que el guacal posee las medidas convencionales de acuerdo con los estándares nacionales e internacionales para una armoniosa gobernabilidad, así sea que ésta se reduzca a detener la peña, apagar los famosos incendios, cortar cintas más o menos simbólicas, etcétera. Según dichas fuentes, para mantener a Caebién Bershé dentro de los límites del guacal, de una vez por todas, será necesaria la transferencia inminente de tecnología de punta, pues dejaron entrever que podría implantársele, mediante sencilla operación, algo así como un microchip --que ahora los hacen casi microscópicos-- en alguna región del ilustre cerebro presidencial, el cual bloquearía esos nefastos impulsos por salirse del guacal que le aquejan, súbitos e irreflexivos, y que tienen consecuencias catastróficas para la buena marcha de los asuntos político-administrativos y ya no digamos para la consolidación democrática, podría decirse.

Tomado del diario La Hora - www.lahora.com.gt


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