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Rapsodia en Azul
por Roberto Lemus - Berkeley, 19 de mayo de 2005

Aparentemente Isabel no tiene razón para quejarse, excepto por algunas arrugas incómodas que se anuncian irrespetuosamente en la frente de sus cincuenta y cinco años de edad. Comparte su vida con un esposo fiel, respetuoso y solidario, tres hijos, dos en la Universidad de la localidad y una adolescente que esta por graduarse de bachiller. Su casa situada a la orilla del mar posee todas las comodidades necesarias para una vida placentera. Tiene el malecón a pocos metros de distancia y la bahía la puede contemplar desde cualquier rincón. Ambos jubilados y con pensiones y ahorros suficientes para dejar este mundo sin mayores consternaciones económicas. Sin embargo el pasado atormenta a Isabel, no porque hubiese cometido algun crímen irreparable o padecido de algun perjurio gratuíto. Habia sido una chica inquieta pero normal y prototipo de buena hija, buena hermana y muy buena estudiante. Los espantos del pasado le aparecen a cada momento y no obstante que tiene un sentido común singular y un especial modo de razonar, no encuentra respuesta a su dilema. Y este ha sido su talón de Aquiles. Frecuentemente desea regresar a los finales de los años cincuenta cuando vivía en la pequeña casa de la Castellana junto a sus padres y hermanos. Recuerda claramente las mañanas cuando todos en la familia se preparaban para las faenas diarias escuchando música y las noticias del día en el radio RCA Victor de la época de la primera guerra mundial, el ropero estilo Luis XV que era una caja de pandora, pues ahí se depositaba todos los objetos importantes de la familia, desde el abrigo de su madre, los sombreros de papa, sus muñecas preferidas, pasando por la literatura subversiva que sus hermanos distribuian por las noches y las candelas de dinamita que rompian el silencio y la tranquilidad nocturna para volar en pedazos los rieles del tren. Las veladas con el poeta Otto Rene y las largas reuniones nocturnas con extraños cuyas conversaciones sobre temas que a esa edad no podia entender, era parte de esa vida mágica que le tocó vivir. Pero desde que fuera separada violentamente de su familia es la música de esos tiempos que la retrocede a esa época y la inquieta. En esas mañanas de risas, prisas y bromas, las melodias que brotaban del viejo radio le proporcionaban la paz y la seguridad en una familia amorosa e integrada y la colocaba en una dimensión donde el tiempo y espacio eran circunstancias irrelevantes. Oh! que éxtasis era oir la Rapsodia en Azul de Gershwin o la Polonesa de Chopin en ese contorno. Al recordar esos momentos y oir esas tonadas, lágrimas recorren todo su ser y una emoción arrolladora la envuelve de pies a cabeza. Hubiese querido tener un vehículo que rompa la barrera del tiempo para retroceder a esos instantes y despues congelarlos para que fueran eternos. Pero los fantasmas tambien eran de otro género. A veces los siente como cicatrices profundas que hieren su sentido común. El fantasma de su desordenada juventud y el cáliz de su sexualidad endemoniada la han atado eternamente. Es fiel a su esposo fìsicamente, pero su mente navega siempre en el pasado y recuerda sobresaltada los momentos de noches de sexo, lujuria y pasión arrolladora con sus amantes de ocasión. Recuerda a uno en particular. Era igual que ella, querian estar juntos las veinticuatro horas del dia haciendo el amor alejados de las circunstancias y olvidando que existía un mundo exterior.

Pero el peor de estos ocurrió posteriormente. Fué el recuerdo de esa mañana calurosa del tres de abril cuando se dirigía a su casa en la Castellana. Era muy de mañana cuando vió frente a su hogar los obscuros vehículos de donde bajaron multitud de hombres con las caras cubiertas y armas en mano. La operación duró unos pocos minutos. Todavía tiene pegado a la memoria, las caras de sus padres y hermanos cuando los metían dentro de las furgonetas macabras. Isabel se habia quedado petrificada y su miedo sideral se le habia infiltrado en los huesos impidiendole reaccionar, mientras los vecinos y transeuntes, desde las ventanas o calle seguian timidamente con la vista todo lo que ocurria en esa mañana sofocante. Los vehículos salieron en dirección de Isabel a toda prisa y en ese instante pudo ver a su madre en uno de ellos, le llamó la atención la serenidad y su templanza al momento de ser conducida. Hubiese querido estar presente en su casa para ser parte de las tenebrosas estadísticas de los desaparecidos y acompañar a toda su familia en el via-crucis de la tortura y posterior ejecución. Pero no, ella se fue con el fulano la noche anterior para disfrutar una vez mas de las delicias de su cuerpo y de las maravillas del sexo.

Recuerda que al dia siguiente sin mayores preámbulos y con nada más que lo que llevaba puesto con la ayuda de un tió salió del paìs. Su vida en el exilio fue tambien un martirio por el recuerdo. Se consolaba escribiendo y escuchando a Gershwin y otros clásicos. Generalmente escribía por las noches hasta que los hilos de la luz matinal aparecían lentamente y se quedaba dormida sobre el ordenador electrónico. Una editorial le publicó varias de sus narraciones y se hizo famosa en un mundo latinoamericano dominado por el hombre.

Frente al mar, escuchando el tamboreo de las olas que golpean sin descanso el malecón de su casa y tratando de adivinar los sueños de las ballenas que silvan sin cesar, Isabel medita sobre sus fantamas y tambien se preguta ¿si valió la pena tanto sacrificio?

Roberto Lemus es parte del lobby de autores de la Revista albedrio.org


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