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Nunca se supo el número de las familias campesinas muertas
Por Roberto Lemus - Berkeley, 10 de junio de 2005

En los dias de lluvia copiosa, Rosita corría por las ríachuelos que se formaban por las correntadas tratando de nivelar los barcos de papel que hacía navegar frágilmente. Disfrutaba de estos momentos, especialmente cuando el agua cristalina apaciguaba el furor del calor agobiante de la costa.

Fué en un Septiembre memorable que el cielo se nubló completamente y se derramó en un llanto incontenible al tiempo que un viento extra-ordinario sopló de todas direcciones para azotar sin misericordia a todo ser viviente que estaba en pie.

Fué una noche inolvidable donde los ríos desbordados nivelaron a ras toda la región costeña arrastrando piedras y lodo y cuanto objeto se le ponía por delante y llevando a la comunidad un extrapeso a la ya milenaria y debilitada economía campesina. Rosita, como habitualmente lo hacía al jugar en frente de su casa, no se habia percadado de la furia de las aguas, cuando sintió que estaba siendo arrastrada por la irreflenable corriente. Fué Domingo su amigo fiel quien al ver a Rosita siendo arrastrada por el agua logró izarla con sus brazos en los momentos que la corriente se encaminaba hacia un barranco cercano. De esto le quedó como recuerdo una cicatríz en el parietal derecho que discretamente cubría mas tarde durante su adolecencia.

Esta lluvia profética que duró once días y once noches, sumió a la mayor parte de la costa en una gran franja de cadáveres, árboles caídos, plantas aplastadas y montañas desniveladas donde el poco ganado sobreviviente se alimentaba de ramas humedas y hojarasca podrida. Nunca se supo el número de las familias campesinas muertas. Los sobrevivientes para amainar la carga del dolor se olvidaron de sus muertos rapidamente como si nunca hubiesen existido o hablando con ellos por las noches como si jamás hubiesen desaparecido. No había tiempo para lamentos ni para funerales pues el mismo lodo sirvió de sepultura a la mayoria de los habitantes de la región.

La ayuda del gobierno nunca llegó, bajo pretexto que los puentes y caminos habian sido destruidos por las correntadas y que la región había quedado incomunicada. En esa época el Benefactor de la patria estaba de viaje por París disfrutando a costa del diezmo público para asistir a una exposición de Pablo Picasso en la galería del museo del Louvre. Se percató del desastre hasta cuando retornó al país. No le dió mayor importancia al asunto y toda su atención en ese momento giraba alrededor de la exposición de caballos árabes que unos empresarios Ingleses habian ya montado en el Hipodromo del Sur y a la llegada de su nueva motocicleta Haryley Davidson que acaba de recibir directamente de la fábrica en los Estados Unidos.
Rosita y sus padres lograron ser evacuados por los administradores de la plantación hacia la capital al inicio del diluvio y lograron ubicarse en una de las multiples casas que sus patrones poseian en el centro de la ciudad.

Lo más serio de este cataclismo milenario fué la estampida de las serpientes que huían de la indundación. Se les veía en los techos de las ranchos, punta de árboles, cimas de montes, hasta en la cabina de camiones y carros abandonados. Habían de toda clase, barba amarillas, corales, cascabeles, ratoneras, masacuatas, boas etc.

Por carecer de sueros antivenenos las muertes por picaduras de las víboras era altísimo principalmente entre los niños y los ancianos. Las masacuatas y las boas devoraban los huevos, los pollitos y tambien gallinas y gallos que habían sobrevivido al debacle. Un vecino contó que había visto una culebra tragarse entero a un ternero de un año de edad.

Todo esfuerzo por erradicarlas fue inútil. La gente usaba garrotes, piedras, venenos para ratas y en ocaciones en la desesperación prendía fuego a sus propias casas y cultivos para deshacerse de esta maldición sin que nada funcionara.

El brujo del pueblo se sentía frustrado y creía que el poder que poseía se le habia escapado con esta maldición. Una pequeña inquisición se organizó, creyendo que la cátastrofe era culpa de alguna gente que no andaba en los caminos de Dios. Fué asi que la turba ahorcó a las dos únicas prostituas del lugar junto con el dueño de la cantina quien no logró sobornar a la turba. A Rubencito al que consideraban afeminado lo dilapidaron a pura roca volcánica y a garrotazos y solo el sacristán quien tenía fama de seducir a las jovencitas se salvó por la oportuna intervención del párroco local quien condenó todos estos extravíos.

Sin escatimar ninguna opción y después de haberse reunido los ancianos de la comarca con el cura, decidieron llamar a Mariano, un evangelista que en un par de ocasiones había llegado para predicar y curar a una persona de gota y otras de ataques epilépticos. Vivía en Almolonga un pequeño poblado que quedaba a unas cuantas leguas del lugar. Había forjado su fama no tanto por sus prédicas si no porque era capaz de curar desde un cancer terminal hasta los desarreglos que causaban en el corazón los enamorados rechazados y los esposos traicionados. Pero Mariano ya habia llegado cuando los ancianos salieron de la Iglesia para informar a la población de su decisión.

Llegó en una mula prieta y con su biblia despotricada por el uso como única pertenencia. El tremendo olor a muerte, los gemidos de las lamentaciónes y la posición del arco iris después de haber escampado le habria indicado desde hacia varios dias que ese era el lugar donde lo necesitaban.

Les propuso un plan de 3 días durante los cuales todos debian ayunar con excepción de niños, ancianos y enfermos. No debían comer nada en absoluto durante este período, solamente les estaba permitido tomar líquidos como el agua de coco, frescos de frutas sin azucar y por supuesto agua. Tambien les indicó que cada día debian traerle cuarenta serpientes vivas a las que cada uno del pueblo debía pisotear una vez y que mientras esto sucedía todo el pueblo debía orar y cantar himnos cristianos dirigidos por el padre de la localidad.

El primer día varios campesinos llevaron al centro de la población las serpientes que habia pedido Mariano, sostenidas a 8 centimetros de la cabeza con palos de orqueta. La población, una por una en orden escrupuloso y mientras los demas oraban y cantaban, inició el rito de pisar la cabeza de cada una ellas. Al cabo de un tiempo ya no quedaba nada solido únicamente la piel, la que poco a poco se iba rasgando. Con un silencio sepulcral finalizaron su tarea, nadie se quejaba de la falta de alimentos ni del cansancio ni de lo lo grotesco que habria parecido pisotear cuarenta culebra cada dia. Estaban tan absortos que nadie se percató que las serpientes habían desaparecido para irse de nuevo a las cuevas y la llanuras, su hábitat . Fué Domingo el que gritó que ya no veía culebras por ningún lado dentro del pueblo. Todos corrieron a sus ranchos mientras otros se abrazaban emocionadamente al saber la noticia mientras Mariano y el Padre se encaminaban a la Iglesia conversando animadamente.

Tres meses después todo habia vuelto la normalidad, los caminos y las vias de comunicación se habian restablecido por la acción de los mismos pobladores, la cosecha del Cacao y el Maiz parecía florecer más y la nueva industria del zapato de cuero de serpiente crecía con las miles de pieles de culebras que éstas habían dejado después de desaparecer.

Estracto del cuento “ Ahí viene la Choca” - Capítulo III " LAS CULEBRAS"

Roberto Lemus es parte del lobby de autores de la Revista albedrio.org


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