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Guatemala paraíso
Por Rita María Roesch - Guatemala, 18 de marzo de 2005

“Pocos países en el mundo nacen con la vocación especial de ser un paraíso”, cantó el Clarinero.

Ahora que se acerca el feriado de Semana Santa muchas familias guatemaltecas y extranjeras visitarán los mágicos y exuberantes parajes que Guatemala posee. Desde el Parque Nacional de Tikal, el Río Dulce, la ciudad colonial de Antigua, Chichicastenango, el Lago de Atitlán (para mencionar algunos).

Guatemala es como pequeño universo que se puede recorrer con facilidad. Guatemala nació como un paraíso (Quathemallan “tierra de bosques”). A partir del siglo XIX los chapines nos encargamos de destruir este paraíso.

Ahora depende de nosotros para que recupere su vocación original. Pocos países en el mundo tienen las condiciones de clima, fuentes de agua y posición geográfica como las que tiene Guatemala. Sin embargo, los chapines, parece, que no las apreciamos.

La huella que dejamos muchos de nosotros después de visitar nuestras playas, lagos o ríos durante los feriados es imborrable... porque es fatal. Dejamos los lugares que visitamos convertidos en basureros.

No consideramos que la basura que tiramos de forma indiscriminada permanecerá inalterada durante años y se convertirá en un foco de contaminación que afectará, no sólo a la fauna y a la flora del lugar que “visitamos” sino también nos afectará a nosotros los seres humanos.

Para recuperar las cualidades de paraíso, que la vida milagrosamente nos otorgó desde hace millones de años, tendremos que crear una cultura de respeto a la naturaleza. Imaginé que de igual forma como los paquetes de cigarrillos llevan impreso: “El consumo de este producto produce cáncer pulmonar”, los envases plásticos, las latas de bebidas y de alimentos, todo lo que no es biodegradable, debería de llevar una etiqueta que le recordara al consumidor que al tirarla en cualquier lugar estará produciendo “cáncer ambiental en Guatemala”.

Tengo en la mente tres estampas del lago de Atitlán, una de ayer, otra de hoy y una del mañana. Quiero compartirlas con quienes lo visiten durante esta Semana Santa. En la primera imagen regreso 150 años. La cuenca del lago, que tiene una extensión de 625 km2, estaba totalmente poblada de bosques de pinos, cipreses, encinos.

El célebre viajero John L. Stephens, en su libro “Incidentes de Viaje en Centroamérica Chiapas y Yucatán” describe cómo vio el Lago en el año de 1854: dice “En general me he abstenido de dar una idea del espléndido paisaje en medio del cual estábamos viajando, pero aquí el omitirlo sería un pecado.

Desde una elevación de tres o cuatro mil pies miramos hacia abajo sobre una superficie reluciente como una sábana de plata fundida, circundada de rocas y montañas de toda forma... era el más espléndido espectáculo que habíamos visto jamás”.

En aquellos años las poblaciones de las comunidades asentadas en los alrededores del lago utilizaban los recursos naturales de forma racional. La navegación se realizaba en cayucos de madera. Las comunidades no estaban densamente pobladas y los desperdicios humanos (basura) era biodegradable.

La segunda estampa muestra el hoy. La población alrededor del lago es aproximadamente de 40 mil familias. El 85 por ciento de ellas carece de los servicios básicos. Los bosques han sido deforestados para abastecerse de leña, o para sembrar maíz y frijol, la base de su alimentación.

La mayoría de estas poblaciones no cuentan con un sistema de drenajes, ni con plantas de tratamiento para las aguas residuales. ¡Heces fecales, residuos de los hospitales, basura, hidrocaburos todo se va a depositar al cuerpo de agua del lago, durante 24 horas al día los 365 días al año!

La tercera estampa pertenece al año 2020. Gracias a los programas intensos de educación, (realizados conjuntamente entre Gobierno, sector privado y sociedad civil) el manejo de recursos forestales, la siembra de tul en las orillas, las campañas de saneamiento ambiental, (manejo de basura), las alianzas estratégicas para desarrollos turísticos de bajo impacto, el lago de Atitlán recupera su fuerza original.

Se le visita como un santuario natural, donde el ser humano se reconecta con la naturaleza.

Sus aguas vuelven a ser prístinas. Se le ve como sus pobladores tzutujiles y kakchikeles siempre lo han considerado: “Ri Muxux Kaj Uleu” El ombligo entre el cielo y la Tierra.

Fuente: www.prensalibre.com


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