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La huella de la gaviota
Por Rita María Roesch - Guatemala, 18 de marzo de 2007

“Vive y deja vivir”, cantó el Clarinero.

Era de madrugada. La mañana estaba fresca. Me senté en la arena para disfrutar el amanecer en el mar. “La vida se vive por instantes”, susurró el Clarinero. Tiene razón mi amigo. En ese momento sentí el embrujo del mágico momento que provoca presenciar el nacimiento de un nuevo día.

Un fugaz rayo de sol relampagueó e iluminó un hilo zigzagueante de pequeñas y delicadas huellas que estaban frente a mí y que yo no había visto.

No eran las huellas de un perro, mucho menos las de un ser humano. Me levanté de mi cómodo lugar y empecé a seguir, intrigada, el extraño sendero formado por esas finas huellas. Cuando el sol trajo al día con todo su esplendor reconocí que las finas impresiones en la arena eran las de una gaviota.

Volví la cabeza hacia atrás para calcular el trecho que había caminado, pero mi mirada se quedó atrapada en la imagen de las huellas de mis pies impresas en la arena suave, alineadas a las finas huellas de la gaviota.

Sentí un vuelco en el corazón. La brisa del mar me acarició en la cara y de mi mente surgieron estas preguntas: ¿Caminaré yo en el mismo territorio que camina esta gaviota? ¿Vuelo en el cielo infinito? ¿Me dejo llevar por las corrientes del viento? ¿Me dejo mecer por las olas del mar? ¿Saludo al sol cada mañana? ¿Siento que la tierra respira y está viva?

Respiré hondamente. Me sentí inmersa en un gran mundo. En ese minuto adiviné que las huellas de la gaviota me habían transportado a su territorio.

El Clarinero susurró de nuevo: “Estás en el territorio del espíritu. Aquí todos los seres que existimos compartimos el hálito de la vida. La vida es el único lenguaje. Todos somos fuerzas del Universo”. No olvidaré la profunda sensación de paz y de libertad que invadió mi cuerpo. Fueron instantes, pero esa fracción de tiempo me supo a una eternidad.

Con el sobresalto de esa experiencia regresé a reunirme con mi familia. Durante todo el día no pude dejar de pensar en el territorio de la gaviota. Me rondaba en la cabeza la inquietante presencia de su mundo natural que es mucho mayor que el mío. Es ese mundo natural que no vemos, pero que está allí.

Cuando vivimos encerrados en nuestro territorio humano (pequeño y mezquino) vemos la vida de otro modo. Cuando caminamos en nuestras playas, vemos sólo nuestras huellas. Son las únicas huellas válidas.

No vemos las huellas de las gaviotas, ni las de los caracoles. ¡Les enseñamos a nuestros hijos a puyar con un palito los hoyos de los cangrejos como diversión! Esas actitudes nos impiden después ver el territorio de la gaviota.

Nuestros ojos han sido entrenados para ver que todo lo que nos rodea está separado de nosotros. Por eso no nos afecta enjaular guacamayas, loros y periquitas. Vemos a los animales como objetos decorativos. No imaginamos que esas aves fueron secuestradas de sus lugares de origen, donde vivían en completa libertad.

En el territorio de los humanos todo es medido, categorizado y con un precio. Por eso, con mucha facilidad nos sentimos solos y nos deprimimos. Somos incapaces de sentir empatía con el mundo natural que nos sostiene generosamente y nos acompaña.

En el territorio de la gaviota, los principios de la vida son otros. La norma más importante es legitimar a todos los seres. “No hagas a otro ser lo que no quieres que te hagan a ti”. Esa es la ética de la gaviota. Es también la de la nueva era. La vida nos une, nos hermana, con el delfín, con el perro, con el jaguar, con el río, con el mar.

En este tercer milenio aprenderemos a respetar esas pequeñas huellas de gaviotas de caracoles y de minúsculos cangrejos que comparten la vida con nosotros. Porque el día que ya no existan las huellas de las gaviotas en las playas, tampoco existirán las nuestras.

(Muchas gracias a los/las lectores/as que llamaron para apoyar la liberación del yugo del circo a la elefanta. La elefanta fue trasladada a una finca de 35 manzanas con pasto y un río en dirección a la costa sur.)

Fuente: www.prensalibre.com - 160306


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