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La violencia social
por René Poitevin - Guatemala, Guatemala, 29 de julio de 2004

La violencia social es un fenómeno complejo con múltiples orígenes. En Guatemala, indudablemente heredamos la violencia, es histórica. Violenta fue la conquista, violenta la Colonia en sus inicios, violentos cada uno de los cambios sociales o políticos que hemos logrado, pero, sobre todo, como una característica muy nuestra, hay otro tipo de violencia, una que se ha venido conteniendo por siglos, la que siempre nos acecha y amenaza, porque nunca hemos alcanzado con la violencia o sin ella, abordar francamente nuestros problemas y menos aún resolverlos. Siempre se ha recurrido al compromiso, a las medias tintas, a la resolución parcial de la crisis; es esa la forma oblicua como avanzamos por la historia.

Con el correr de los años, los problemas se agravan y es cada vez más complejo resolverlos. La constante parece ser la de un país condenado a perder las oportunidades históricas. El ejemplo de los acuerdos de paz, como uno de los momentos perdidos, es insoslayable. El problema de la tierra, por ejemplo, configurado en gran medida por la reforma liberal, vio un momento de posible resolución en el 54, pero se vio frustrado y hoy es foco de violencia crónico.

La pobreza y la marginación, amalgamadas con la ignorancia, el racismo y especialmente el atraso económico, nos han dejado una población desesperada, paupérrima, harapienta y violenta. La violencia de los que no tienen esperanza, porque tampoco tienen futuro. Las maras expresan muy bien estas circunstancias, no son sino la punta del iceberg y evidencian un fenómeno de descomposición social verdaderamente profundo.

Frente a esta sociedad tenemos un Estado sumamente débil, cuasi-indigente también, con una precaria institucionalidad, una frágil democracia y un incipiente Estado de Derecho. Un Estado que no tiene capacidad para la inmensidad de la tarea. Todos sabemos que en Guatemala no se respeta la ley, que la justicia es lenta y muchas veces denegada y lo que es peor, que no hay interiorización del deber ser en una moral social, y como consecuencia no existen sanciones sociales y morales que se apliquen a la par o a pesar de las jurídicas.

Si todo lo anterior lo llevamos al plano familiar y a las relaciones interpersonales, nos encontramos con fenómenos como la violencia familiar, la violencia sexual, el abuso de menores, etcétera, que no hacen sino mostrarnos el profundo malestar en la sociedad. No faltará quien diga que violencia ha existido siempre, en todas la épocas, especialmente en aquellas que marcan el comienzo de enormes cambios civilizatorios; tampoco faltarán los nostálgicos del pasado, que ven soluciones en los tiempos del autoritarismo.

Sin embargo, si bien es cierto que vivimos una gran incertidumbre y cambios, esto no es excusa para no poner en marcha medidas de muy diversa índole para atemperar los múltiples males. Y debemos recordar a los autoritarios, que sus viejas fórmulas nunca han resuelto los problemas y que ya no se pueden aplicar.

No existe una sola medida salvadora, pero lo que sí es cierto, es que nuestra sociedad necesita desesperadamente de educación, empleo, un sistema de derecho fuerte, un sistema judicial diligente, pronto y adecuado a nuestra realidad, y más que todo esto, de valores éticos que no sean los del individualismo puro y el consumismo materialista, que nos están destruyendo.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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