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Una sociedad dividida y confrontada
Por René Poitevin - Guatemala, Guatemala, 4 de abril de 2005

Definitivamente no hay lugar para el optimismo en medio de tan profundo malestar social y económico.

Las protestas y manifestaciones de las semanas recién pasadas nos muestran una vez más, cuán confrontada y dividida se encuentra nuestra Guatemala.

Sin entrar a valorar las bondades e inconveniencias del TLC, está claro que no entendemos ni asimilamos que si nuestro objetivo es que el país marche, tenemos que alcanzar acuerdos mínimos sobre el proyecto de nación que queremos. Por el contrario, lo que encontramos tanto en sectores proclives a la aprobación del TLC como en las organizaciones populares, son proyectos excluyentes, visiones parciales que obedecen más a un “deber ser”, un imaginario deseado, que a la realidad. Estamos confrontados por ideologías, lo cual no debe extrañar, pero lo que es nefasto es la incapacidad de superar las diferencias y construir algo que nos implique a todos.

Guatemala es un país brutalmente polarizado. A estas alturas está claro que la receta neoliberal de crear más riqueza para unos pocos y luego esperar el derrame vía la privatización de la economía, no funcionó. No podemos continuar por esta senda y seguir pensando en el país como un mercado, condenando a la mayoría a la miseria y la exclusión.

Por el otro lado tampoco podemos suponer como hace treinta o cincuenta años, que la confrontación y la lucha violenta por el poder van a dar como resultado el inicio de un mejor futuro para los desposeídos, sobre todo porque la realidad nos mostró a dónde nos llevó esa posición que dejó una secuela de muerte y sufrimiento para nuestra sociedad; sin embargo, todavía hay algunos insensatos que quieren volver al pasado.

Debemos comprender que la democracia entraña el ejercicio de los derechos ciudadanos, entre los que se incluye el de que las minorías puedan protestar, pero esto supone que existe una capacidad de diálogo y especialmente mucha tolerancia. ¿Acaso la política no se construye como un espacio que permite articular el disenso?

Es un hecho que la intolerancia sólo engendra polarización, autoritarismo, confrontación, ingobernabilidad y a la larga, la ruina de los que la practican. ¿Es que no podemos aprender las enseñanzas de nuestro pasado reciente? La democracia implica un ejercicio de aprehensión de verdades mutuas, en un ambiente constructivo y tolerante, que no se agota en el acto eleccionario.

Ante las posiciones intransigentes que hemos podido observar, no deja uno de preguntarse si acaso los “Acuerdos de paz” fueron la oportunidad perdida para lograr convenios mínimos. Sin embargo, es patente la falta de liderazgo político inteligente y conciliador, que tenga una perspectiva de país. El punto esencial es que la economía subordinó a la política y el resultado es que hemos caído prisioneros de circunstancias que no somos capaces de manejar, que tienen como único referente la lógica del mercado y de la fuerza.

El país se agita, pero no camina; se enfrenta, pero no encuentra el rumbo. Y eso es grave, cuando tenemos tanto por hacer, tanto que trabajar, tanto que conciliar y manejar políticamente. Y lo peor es que no se hace nada y se pierde el tiempo y las oportunidades.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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