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La violencia que nos azota
Por René Poitevin - Guatemala, Guatemala, 19 de agosto de 2005

Para que la sociedad funcione hace falta el Estado.

En una famosa narración de Ciencia Ficción, cuyo autor he olvidado, se cuenta la historia de los habitantes de un Castillo que veían a través de los ventanales cómo una masa de hambrientos y desharrapados se acercaba poco a poco a sitiarlos por lo que recurrían a una Flor Mágica llamada “del Tiempo”, la cual por virtud del encantamiento creaba unos guardianes feroces que alejaban a la masa amenazante. Sin embargo, pasado un tiempo y agotado el embrujo, la masa continuaba avanzando, y los guardianes pasaban a engrosar las filas del grupo que asediaba el Castillo. Lograron mantenerlos a distancia, mientras duraron las flores.

La analogía con la situación del país es obvia. Vivimos y padecemos una pavorosa “patología social” que se encarna en la violencia cotidiana y ésta, es el síntoma de una serie de malestares cuyos orígenes en algunos casos son históricos y en otros muy recientes, como las maras.

Hacemos todo lo posible por ignorar, que el modelo económico que rige en el país, tal como está planteado, es excluyente y condena a la pobreza a cerca de la mitad de la población que no tiene acceso a vastos sectores de consumo, sino en especial no goza de los bienes más primarios, tales como la educación, la salud y el derecho a un trabajo digno. Una sociedad que condena a las tres cuartas partes de su juventud a la inmigración ilegal, con todo lo que eso significa, evidencia como mínimo, la incapacidad, como colectivo, de ofrecerles futuro.

Para que la sociedad funcione y la actividad económica redunde en beneficio del conglomerado social, hace falta el Estado. Un Estado fuerte que aplique políticas sociales que creen las condiciones humanas mínimas para el desarrollo. Porque ahora, nos damos cuenta de que tenemos Estados fallidos e inviables; que hemos comprometido seriamente nuestro porvenir y esto nos sorprende, al igual que nos desconcierta y estremece la violencia que padecemos.

Pero es claro que esta situación se ha venido gestando a causa de la exclusión de las grandes mayorías de los beneficios del desarrollo. Y aún así, queremos continuar ignorando que es obligación y necesidad pagar impuestos y llevar a cabo políticas sociales de gran envergadura.

También es cierto, que necesitamos un Estado fuerte que aplique la justicia firmemente y sin dilación, con transparencia y rectitud.

Se necesita un Estado de Derecho que restrinja la pulsión del individualismo salvaje, que limite el afán desmedido de lucro, que ponga coto al materialismo que engendra la corrupción y la violencia. Porque en estos tiempos, sufrimos una ideología que tiene como único referente el mercado y ve al ser humano exclusivamente como productor y consumidor. ¿Dónde queda entonces la solidaridad y la identidad colectiva? ¿Dónde queda, en medio de este tribalismo, la equidad, la honradez y el bien público? Eso que algunos llaman el lazo social y que consiste en sentirse parte de una comunidad y actuar de acuerdo con derechos y cumplir con obligaciones. ¿Será que todo va a ser solucionado, como se nos dice, con el TLC? ¿No será que de nuevo estamos cortando una “flor del tiempo”, para que después los problemas se agraven? ¿O quizá simplemente estamos recurriendo a los guardianes del castillo para defendernos sin éxito de la miseria que nos asedia? Ya sabemos que los castillos no bastan, que tarde o temprano los guardianes nos abandonan y la violencia conduce a la ruina.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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