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Para atrás, para atrás y cada vez más para atrás
Por Ricardo Rosales Román - Guatemala, 29 de septiembre de 2004
rosalesarroyo@intelnet.net.gt

Guatemala empezó a marchar hacia atrás a partir de 1954. Antes de 1944 las cosas no estaban mejor. En el terreno de lo hipotético podría decirse que si el proceso revolucionario iniciado el 20 de octubre de 1944 no hubiera sido violentamente interrumpido en junio de 1954, el país actualmente podría estar mejor. Sería una posibilidad y de acuerdo a la tendencia general hacia la que aquel proceso marchaba, hubiera permitido el real y verdadero desarrollo y progreso económico, político, social, institucional y cultural del país. Sin embargo, a partir de 1954 la tendencia de desenvolvimiento de los acontecimientos marchó en dirección contraria; es decir, hacia atrás. Machaconamente insistiré en ello en un esfuerzo por esclarecer las causas que motivan que las cosas estén como están en la actualidad. Para los efectos de este examen dividiré estos 50 años en cinco fases o etapas. La primera, se inicia con el gobierno de Carlos Castillo Armas y continúa con el de Ydígoras Fuentes; la segunda, comienza con el gobierno de Peralta Azurdia e incluye el gobierno de Méndez Montenegro; la tercera, comprende los períodos de los gobiernos militares de Arana Osorio, Laugerud García, Lucas García, Ríos Montt y Mejía Víctores; la cuarta, empieza con la llamada "apertura democrática" y abarca a los gobiernos civiles de Vinicio Cerezo, Serrano Elías, Ramiro de León Carpio y Álvaro Arzú; y, la quinta, comienza con la firma del Acuerdo de Paz Firme y Duradera el 29 de diciembre de 1996 y se prolonga hasta nuestros días.

Estos 50 años -y que tienden a prolongarse todavía más-, pueden caracterizarse como un prolongado proceso de predominio de las fuerzas de la contrarrevolución, de las fuerzas conservadoras, reaccionarias, y de la dominación y dependencia imperialista. En su conjunto -y por separado- estas fuerzas representan el atraso, la miseria, la opresión, la explotación y la discriminación y exclusión social. Ninguna de estas cinco etapas y ninguno de los períodos de gobierno que se dan en ellas expresan en alguna forma una tendencia de cambio a favor del país. En su continuidad y desenvolvimiento apuntalan el sistema de poder dominante.

Se equivoca quien vea estos 50 años como 50 años de avance, desarrollo, progreso y modernización. Lo que se ha dado es el predominio de las relaciones de dominación y explotación local y dependencia extranjera. Tampoco se han desarrollado ni avanzado ni progresado ni modernizado las relaciones de producción y de trabajo. En el mejor de los casos se puede decir que han permanecido estancadas si no es que han retrocedido todavía más. Las relaciones de trabajo y producción entre patronos y obreros se han desvirtuado y desnaturalizado. Constitucionalmente éstas se definen como relaciones entre empleadores y empleados. Las relaciones de trabajo y producción en el campo siguen siendo de lo más atrasadas, injustas e inequitativas y es aquí en donde radican las causas y raíces del atraso y subdesarrollo del país.

Todo lo anterior quiere decir que las opresivas y desiguales relaciones de trabajo y producción a nivel urbano y en el campo continúan -en general y con sus naturales excepciones- al nivel de como estaban antes de 1944. A nivel de salarios no puede predominar una regulación más injusta e inequitativa que la que prevalece en el campo. A nivel de prestaciones sociales sucede otro tanto igual. A nivel de distribución, tenencia y explotación de la tierra las cosas no pueden estar peor. Aquí es donde se pone de manifiesto el injusto, inequitativo y desigual sistema de relaciones de trabajo y de producción en el campo. Si en la ciudad el desempleo y la desocupación son alarmantes, en el área rural es algo más alarmante y grave todavía. A los obreros de la ciudad y del campo, de hecho, se les tiene vedado el derecho a la libre organización como tienen vedado de hecho también el derecho de huelga.

Para que el país cambie se necesita institucionalizar cambios de fondo y estos cambios de fondo tienen que comenzar con la mejora y elevación de los niveles de producción y competitividad así como de los salarios; un régimen justo de distribución, tenencia, explotación y uso de la tierra, y un sistema integral de prestaciones sociales. La más elemental lógica indica que si a la población que está ubicada en el campo se le elevase sustancialmente su capacidad adquisitiva mediante una política de salarios justos y prestaciones sociales básicas, así como de empleo, explotación, distribución y tenencia de la tierra, el país progresaría, el campo sería más productivo y autosuficiente, la industria y el comercio interno se ampliarían y desarrollarían. Dejaría de ser un comercio y una industria sólo para la metrópoli y un mercado limitado para sus exportaciones.

Me estoy refiriendo, entonces, a cambios radicales en beneficio de los sectores más desposeídos del país. De lo que se trata es de articular una política de cambios de fondo en las estructuras económicas, políticas, sociales, institucionales y culturales. El quid de la cuestión está en cómo lograrlo. Esto se puede empezar a lograr a partir del momento en que una nueva fuerza política acceda al poder y que esta fuerza política sea capaz (con el apoyo de todo el pueblo) de concretar por la vía institucional los cambios que el país necesita. Se trataría en este terreno de concertar una política nacional de integración regional que una a pueblos y países a favor de su independencia y autodeterminación. La tendencia en América Latina en general marcha en esa dirección. Con sus propios rasgos y características, realidad, situación y condiciones, Argentina, Brasil y Venezuela dirigen su rumbo hacia allá. Siendo geoestratégicamente el área centroamericana el eslabón principal de la dominación y dependencia imperialista, en lo que respecta a nuestro país (para que este prolongado proceso de atraso no se prolongue aún más) hay que empezar -como se dice- por el principio, es decir, trabajando en dirección, primero, de la educación, capacitación y formación de la población para el cambio y, simultáneamente, de la articulación de la fuerza capaz de llevar adelante los cambios que el país necesita.

Se trata, dicho en otros términos, de la formación de un nuevo liderazgo nacional y social y una fuerza popular, democrática y progresista que a la vez que sustituya al liderazgo tradicional ya de por sí obsoleto sustituya a las fuerzas políticas que históricamente han caducado y ya no dan para más. La realidad está imponiendo que las cosas se planteen de esta manera y no de otra. Aquí no se trata de lo desfasado o trasnochado de uno u otro planteamiento. El acomodamiento en el lenguaje es una forma de oportunismo político. La realidad es tan exigente como exigente es que las palabras expresen esa realidad objetivamente. Estos 50 años de atraso, hambre, opresión, explotación, discriminación y exclusión social, han llevado al país a una situación tal que de prolongarse más en el tiempo hará inevitable el estallido social por una sola razón: el acumulamiento y agravación de los problemas lleva a un momento en que para la población resulta insoportable seguir estando como está y a quienes detentan el poder se les agotan sus posibilidades de gobernar como lo han venido haciendo.

Dadas las condiciones prevalecientes en el país y en América Latina en general, de lo que cabe hablar y es legítimo hablar es de un gran esfuerzo nacional que una a todas las fuerzas interesadas en que nuestro país avance hacia etapas superiores de desarrollo y progreso. Dicho más claramente, es lo que está a la orden del día y -aunque no está a la vuelta de la esquina- es el camino a seguir si es que se quiere sacar adelante al país. En una próxima oportunidad, me referiré a grandes rasgos a lo que el movimiento revolucionario ha hecho -a lo largo de estos 50 años- para contrarrestar a este poder que ha ensombrecido al país. Y, tal como lo decía la semana pasada, tengo en cuenta que hace 55 años, un 28 de septiembre, se fundó el Partido Guatemalteco del Trabajo, PGT, en cuyas filas me honro y enorgullezco de haber militado y formado ideológica y políticamente, desde 1953.

Tomado del diario La Hora - www.lahora.com.gt


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