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Ni los compensadores sociales nos sacan ya del hoyo
Por Ricardo Rosales Román - Guatemala, 16 de marzo de 2005
rosalesarroyo@intelnet.net.gt

Si quienes negociaron en nombre del gobierno del presidente Portillo el Tratado de Libre Comercio (TLC), con Estados Unidos, hubieran tenido un elemental sentido de previsión, convicción de salvaguardar los intereses nacionales y un entero apego al orden constitucional vigente y a las leyes ordinarias del país, otra sería la situación en que nos encontraríamos ahora y el país no estaría al borde de sufrir las graves consecuencias que se derivan de una negociación en la que el gran ganador es el coloso del norte y los grandes perdedores son los países de Centroamérica y la República Dominicana. De la misma manera debió de proceder el Organismo Legislativo para no precipitarse en su ratificación y tener la suficiente entereza, decisión y dignidad de enfrentar patrióticamente las abusivas presiones y torcidas de brazo que la embajada estadounidense en nuestro país ejerció a todos los niveles e instancias gubernamentales.

Desde que se iniciaron las negociaciones del TLC con Estados Unidos, si algo era evidente eran las asimetrías existentes entre las partes. De un lado estaba la mayor potencia mundial de nuestra época y, del otro, cinco pequeños países, además de la República Dominicana, con desiguales niveles de desarrollo económico y social y estabilidad política, pero, por sobre todo, afectados por elevados indicadores de desigualdad e injusticias sociales.

Históricamente -y mientras no se haga algo drástico al respecto-, países como los centroamericanos han sido, son y seguirán siendo el traspatio de los gobernantes estadounidenses, fuente de mano de obra barata, y lugar privilegiado para sus inversiones y la explotación de sus recursos naturales. La economía estadounidense se vería en más serias dificultades de las que ya tiene si no fuera porque es sobre los hombros de los emigrantes centroamericanos, mexicanos y caribeños, que recae el peso de buena parte de su producción en las grandes plantaciones o prestando sus servicios en las grandes ciudades, en oficios en los que por su status de ilegales se les condena a una condición de laborantes esclavos, sin ninguna prestación ni seguro social y devengando bajísimos salarios. A diario pende sobre ellos la amenaza de la deportación. El TLC con Estados Unidos se negoció en medio de una profunda secretividad y sin que se informara sobre los avances que una u otra parte lograba o las desventajas en que quedaba uno u otro país. La parte guatemalteca, a mi modo de ver, se dejó alucinar por el señuelo de que con el TLC al país se le abriría el mayor mercado del mundo. Lo que uno se pregunta es que cómo es posible dejarse llevar por ese señuelo, si nuestro país (de acuerdo al estado actual de su deformada economía y desarrollo constreñido) no es capaz, por una parte, de autoabastecer a su propia población para que pueda por lo menos sobrevivir y, por la otra, que su producción no está en condiciones y capacidad de competir con los grandes consorcios yanquis y asegurar que nuestros productos sean ampliamente aceptados por el consumidor estadounidense, acostumbrado a abastecerse con productos de mejor calidad que los que se producen en nuestro país.

Es bien sabido que la economía guatemalteca depende de sus exportaciones y que el país no ha sido capaz de resolver la contradicción que se da entre lo que se exporta y lo que se le oferta a la población del país. La mayoría de la población guatemalteca vive en tales condiciones de miseria, atraso y pobreza que no tiene la menor capacidad de acceder a un mercado que satisfaga sus más elementales necesidades de subsistencia. Lo que se produce en Guatemala es para situarlo en los mercados del exterior sin importar que el mayor grueso de la población del país se vea privado de adquirir las migajas que quedan de lo que se exporta.

De allí que con el TLC será sólo un puñado de la cúpula oligárquica empresarial, agroindustrial y financiera, el que saldrá beneficiado con lo que ya está convenido, ratificado y sancionado por la parte guatemalteca. Los demás sectores productivos -que no están en condiciones y capacidad de competir con lo que nos venga de Estados Unidos-, son los que potencial y realmente están amenazados de quebrar o de tener que malbaratar sus propias empresas. A partir del momento en que entre en vigencia el TLC sólo un segmento de la población consumista del país se verá beneficiado por los mejores precios con que empezarán a ofertar sus productos los grandes consorcios estadounidenses. Pero, como los precios en el mercado dependen de las leyes de la oferta y la demanda, las transnacionales estadounidenses -en el momento que más convenga a sus intereses- lo primero que van a hacer es reducir lo que ofertan y unilateralmente elevar los precios de sus productos cada vez más. En su momento, además, impondrán las restricciones que más les convengan a nuestras exportaciones, con lo cual se viene al suelo el señuelo de la apertura al mayor mercado del mundo.

Ahora bien, si se hubiera actuado en consecuencia, con sensatez, prudencia y dignidad, lo que menos correspondía era precipitar en el Congreso de la República la ratificación del TLC y su sanción ayer martes por el Presidente de la República. Argumentos consistentes contra la realización de la consulta popular no existen. Tampoco son sostenibles las opiniones de quienes dicen que con consulta popular o sin ella no quedaba otro camino que amarrarse al Tratado ya que de no hacerlo Guatemala quedaría aislado de los demás países de la región y en completa desventaja. Esto probablemente no hubiera sucedido si los países centroamericanos y la República Dominicana hubieran negociado como una sola parte y no que cada país viera lo que a cada uno le conviene sin importarle los intereses de los demás.

En esto los negociadores estadounidenses procedieron como siempre: primero, tratan de dividir a su contraparte, luego la debilitan y enseguida la obligan a aceptar sus condiciones sin que por su parte ceden en nada. Lo que pone en evidencia las adversas condiciones en que se negoció el TLC por parte de Guatemala y la precipitación del Organismo Legislativo en ratificarlo, es que en el último momento se dieron cuenta de que para que el país no resulte tan afectado con su entrada en vigencia, lo que procede es la adopción de una serie de compensadores sociales con los cuales se "asegura" que se logrará aminorar los riesgos y daños para el país. No se necesita ser suspicaz ni mal pensado para advertir que esos compensadores sociales convenidos a última hora no tienen la menor validez, sustentación y credibilidad. Están fuera de tiempo y ya no alcanzarán a suplir las serias deficiencias y fallas de una negociación tan desigual y dispar, como tampoco llegarán a ser concretados, aprobados y sancionados.

Si no hubiera otros caminos para concertar tratados de cooperación, comercio y productividad pudiera pensarse que con los compensadores sociales es menos lo que el país pierde. Pero las cosas no hay que verlas así. En Latinoamérica se están creando realidades nuevas que abren grandes posibilidades para que países como los de Centroamérica y El Caribe entren en relaciones de cooperación, comercio y productividad en condiciones de igualdad y provecho recíproco. Sin ir muy lejos allí están el MERCOSUR y el CARICOM que para Guatemala abrirían nuevos mercados en condiciones recíprocamente ventajosas.

Yendo un poco más allá, al momento que Guatemala concertara amplias relaciones de comercio e intercambio con la República Popular de China el país tendría las puertas abiertas a un mercado de inmensas dimensiones así como que se beneficiaría con lo que Beijing pudiera importar a nuestro país en condiciones que no son, precisamente, las que imponen los negociadores estadounidenses.

Es la miopía, la falta de dignidad y vergonzante dependencia de nuestros mandatarios a los intereses de Washington lo que nos tiene metidos en el hoyo en que estamos y sin posibilidades de desarrollarnos, avanzar y progresar con entera independencia. No se trata de estar viendo sólo hacia el norte sino abrirnos hacia nuevos horizontes y ampliar nuestras perspectivas con criterios más abiertos, soberanos, apoyándonos en nuestras propias fuerzas y recursos y pensando con nuestra propia cabeza.

Fuente: www.lahora.com.gt


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