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El huracán Katrina: lo que salió aún más a flote
Por Ricardo Rosales Román - Guatemala, 7 de septiembre de 2005
rosalesarroyo@intelnett.com

Estados Unidos de América tiene una extensión territorial de 9 millones 631 mil 418 kilómetros cuadrados. Es por su extensión, el segundo país del hemisferio Occidental y cuarto de la Tierra. Tiene bajo su jurisdicción 11 territorios no incorporados y uno bajo el régimen de asociación libre, además de Alaska en el extremo noroeste de América del Norte. Política y administrativamente, está dividido en 51 estados y el Distrito de Columbia. Su capital es Washington, D.C.

En el año 2004 su población ascendía a 293 millones 523 mil 248 habitantes. En 2003 había un 13.3 por ciento de hispanos, 12.75 por ciento de afronorteamericanos, 4.10 por ciento de asiáticos y 2.60 por ciento de otras comunidades. En 2002 los protestantes ascendían a un 53 por ciento de la población; los católicos, al 25 por ciento; los judíos, al 2 por ciento; los ortodoxos, a 1 por ciento; los mormones al 2 por ciento; otras denominaciones, al 8 por ciento; y, no religiosos, al 9 por ciento. Su Producto Interno Bruto per cápita era en el 2003 de 37 mil 800 dólares.

Alrededor de 37 millones de estadounidenses viven en la pobreza, y en el año 2000 había 31.1 millones de habitantes viviendo por debajo del umbral de la pobreza. Unos 45,8 millones de habitantes no contaban con seguro de enfermedad. En una clasificación sobre calidad de vida hecha en 160 países, Estados Unidos ocupa el puesto 27. En 2002, la riqueza promedio de las familias latinas fue de 7 mil 932 dólares y de las afronorteamericanas de 5 mil 988 dólares. La de los anglosajones, en cambio, ascendió a 88 mil 651 dólares. El 8.5 por ciento de la población blanca estadounidense es pobre. Los negros son el 40 por ciento. La comunidad latina y la de los descendientes de africanos, son las más afectadas por el desempleo, las enfermedades y los gastos inesperados. En el Sur, vive la mitad de todos los pobres de la población de Estados Unidos.

Los anteriores datos no revelan en toda su dimensión los alcances y profundidad de los desajustes sociales y económicos que prevalecen en la más grande potencia mundial de nuestra época. Son apenas meros indicadores. En el fondo hay mucho más de lo que los gobernantes estadounidenses tendrían que avergonzarse. Lo que acaba de ocurrir, en particular, en la ciudad de Nueva Orleans y en los estados de Luisiana, Mississippi, Alabama y Florida, es de lo más espantoso. El huracán Katrina arrasó con todo y puso al descubierto las pústulas y llagas propias de un sistema económico, social y político injusto, las profundas y agudas contradicciones que lo corroen, las limitaciones, mezquindad y egoísmo que lo caracteriza, además de los altos grados de explotación, opresión, racismo, marginación y exclusión a que ha llegado.

Ante el más grande desastre natural de los últimos años en Estados Unidos, ahora está más claro que los gobernantes de aquel país pareciera que son más diligentes para salvaguardar sus intereses imperiales en otras partes del mundo, que para actuar coordinada y diligentemente cuando se trata de prevenir y atender las necesidades y emergencias de sus conciudadanos. Tengo en cuenta que el huracán Katrina es algo más que una emergencia y que por los graves e irreparables daños que ocasionó y sigue ocasionando, no sólo requería de la previsión y celeridad sino de un alto nivel de dirección y coordinación para enfrentar lo que con antelación se sabía que iba a ocurrir.

El profesor universitario, investigador y periodista cubano, autor de numerosos estudios sobre Estados Unidos, Jorge Gómez Barata, ha venido analizando y comentando lo recientemente acontecido en el Sur de Estados Unidos y en uno de sus comentarios transmitidos por Radio Habana Cuba afirma que los estadounidenses parecieran "haber olvidado que parte de su historia comenzó en el Sur". Recuerda que Martí, en las ciudades sureñas de Cayo Hueso, Tampa, Nueva Orleans y Atlanta, "predicó su ideario independentista", que Benito Juárez, el benemérito de América, "vivió como exilado en Nueva Orleans. De ese sur -dice- le criticamos la ignominia de la esclavitud y del racismo que todavía es uno de los baldones de Norteamérica".

En otro de sus comentarios Gómez Barata apunta que en relación al Katrina, el primer aviso de "Depresión Tropical fue emitido por el Centro Nacional de Huracanes de Miami, Florida, a las 5 PM del 23 de agosto de 2005, el impacto sobre Miami tuvo lugar en la noche del 25 y no fue sino hasta el 29 que penetró en Luisiana. Habían transcurrido seis días desde el primer aviso y cuatro desde que se azotara Miami". A raíz de lo acontecido -señala- "no es demasiado pronto para echar en cara a los neoliberales, a dónde conduce la tesis de menos gobierno y las consecuencias que puede traer el debilitamiento del Estado. Tal vez se convenzan ahora -agrega- de que la idea de privatizar la seguridad pública no es tan buena y podamos retomar el precepto de que la búsqueda del bien común y la seguridad ciudadana son el principal cometido del Estado".


Muchas son las enseñanzas que deja el huracán Katrina y lo que más sorprende es que sea en Estados Unidos en donde las autoridades hayan procedido como lo hicieron. Esto es algo que lo hace reflexionar a uno y tener en cuenta de que no es ésa la dirección hacia donde deben dirigirse los esfuerzos principales de algunos de los gobiernos (como el estadounidense, por ejemplo) y de los pueblos y países del mundo tanto en momentos de relativa calma como en momentos de crisis y desastres.

En un tercer comentario, Gómez Barata asegura que "comparado con los terremotos, tsunamis, aludes, tornados y otros fenómenos naturales, los huracanes, salvo excepciones, conceden márgenes de tiempo que pueden ser aprovechados para la protección de las personas y sus bienes. Ante la amenaza de huracán -indica-, se reacciona según un protocolo establecido de antemano y muchas veces ensayado, de modo que la población, los órganos de defensa civil y las autoridades, actúan con seguridad y autonomía". Además -puntualiza- que "de todas las medidas la más importante y de mayor complejidad es la evacuación de la población, que ocurre escalonadamente y con suficiente antelación. La idea de una huida -subraya- es la antítesis de una evacuación, como la de tirar a matar, lo es de la protección".


A estas alturas cabe preguntarse, ¿es que las autoridades estadounidenses no tenían una idea aproximada de lo que deberían haber hecho, antes, durante y después de que se desencadenara el huracán? Ahora se sabe que por lo menos un millón de personas no fueron evacuadas. Al contrario, "emprendieron la huida por su cuenta y muchos de los que se marcharon, tomaron la dirección que luego siguió el huracán".

Los anteriores son algunos de los rasgos que caracterizan el momento actual al interior de Estados Unidos y con cuya población afectada lo menos que se puede hacer es expresarle la más sentida solidaridad. Ya alguien dijo que "en la ciudad de Nueva Orleans reina en su plenitud el neoliberalismo salvaje". Entre tanto, en lo interno, el presidente George W. Bush prosigue con su cuestionable escalada de conservadurismo a ultranza en lo económico, social, político e institucional y, en lo internacional, su aventurera política de intervencionismo, guerra, conquista y ocupación de otros países, con el pretexto de combatir el terrorismo.

"Lo que hemos visto en estos días -puntualiza Gómez Barata-, existía mucho antes de que la tormenta expusiera la cara oculta de la América salvaje, aquella en la que el racismo, la pobreza y la exclusión aparecen tan establecidos como la opulencia y el consumismo".

Fuente: www.lahora.com.gt


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