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Panabaj: la magnitud de la catástrofe
Por Ricardo Rosales Román - Guatemala, 13 de octubre de 2005
rosalesarroyo@intelnett.com

Por el rumbo de la ciudad capital en donde vivo, la mañana del lunes y martes fueron con sol y el cielo se veía azul. Así continuó durante buena parte de las tardes. Como a las siete de la noche empezó a llover y a lo lejos se podían oír truenos intermitentes. No sé como va a estar el día de hoy pero esperaría que las condiciones fueran mejores. Ello permitiría que continúen las labores de ayuda y apoyo a los damnificados por los estragos ocasionados por la tormenta tropical Stan. Hay que estar conscientes de que son de lo más diverso las dificultades que se tienen para que la ayuda y la solidaridad puedan llegar a muchos de los lugares afectados. Éstas son --entre otras-- dificultades propias de una infraestructura vulnerable y obsoleta y la persistencia de formas burocráticas de trabajo y gestión pública. Además, todo indica que lo acontecido en el pasado y en otros países no se tiene en cuenta a fin de tratar de prevenir los daños y afectaciones que puedan derivarse de terremotos, huracanes o torrenciales aguaceros.

No se trata de criticar por criticar. En momentos tan difíciles y graves como los que actualmente está atravesando el país, lo menos indicado es adoptar una actitud complaciente. Eso colinda con la irresponsabilidad y contribuye a que las cosas sigan como hasta ahora están como consecuencia de la imprevisión y una política diseñada en beneficio e interés de unos cuantos y que excluye a la mayoría de la población. Tienen toda la razón quienes se preguntan por qué los daños mayores de las catástrofes naturales más recientes (terremoto de 1976, el huracán Mitch en 1998 y ahora, octubre de 2005, con la tormenta tropical Stan) afectan y golpean principalmente a la población más pobre, marginada y excluida y que vive en los lugares más vulnerables.

Veamos un ejemplo. Antes de los primeros días de octubre en curso, Panabaj era un cantón de Santiago Atitlán, Sololá, en el que vivían alrededor de 300 familias. Panabaj, literalmente, ya no existe y son muy pocos los habitantes que lograron sobrevivir a la catástrofe. Y, aunque con menos dramatismo --pero no por ello menos grave-- es así como se encuentran muchos lugares y poblados que en los 12 departamentos de la costa sur y en parte del altiplano occidental fueron golpeados y afectados no sólo por la catástrofe natural, sino, además, como consecuencia de la imprevisión oficial y las condiciones de vulnerabilidad a que se les ha orillado y en que se encuentran. El cantón Panabaj, en este momento, resume la prolongada tragedia en que ha vivido nuestro pueblo desde tiempos inmemoriales.

No creo que sea inapropiado e irrespetuoso preguntar por qué es que hasta ahora --después de los estragos dejados por Stan-- se diga que hay que revisar la estructura del proyecto de Presupuesto de Ingresos y Egresos de la Nación para 2006 y que los fondos podrían ser destinados a "infraestructura social, agua, educación, escuela, salud y reactivar (sic) los temas productivos y garantizar la seguridad alimentaria". Un gobierno con el que se decía que "ganaríamos todos", eso debió haber sido con lo que iniciara su gestión en enero de 2004. No debió estar pensando en proyectos faraónicos como el Anillo Metropolitano o la Franja Transversal del Norte ni aferrarse a manejar los asuntos de gobierno como si se tratara de gerentear una empresa.

Hay muchas maneras de contribuir y participar del esfuerzo colectivo para que nuestro país cambie. Una manera mínima de hacerlo es diciendo cómo no se deben hacer las cosas y proponer cómo hacerlas, aún a sabiendas de que el fenómeno de exclusión social supone y abarca el no tomar en cuenta las opiniones de quienes cuestionan el sistema y hacen planteamientos para cambiarlo desde sus cimientos y bases en que se asienta. Eso, ahora, ya no es subversivo; sin embargo, la cultura minoritaria excluyente que prevalece, parte de que hay que ignorarlo o silenciarlo o las dos cosas a la vez.

No es por una mera casualidad o por azares del destino que sea en dos regiones de lo más distantes en donde la furia de la naturaleza haya golpeado tan duramente. En Pakistán, en el sur de Asia, un terremoto de 7.6 grados de magnitud Richter, ocurrido el recién pasado sábado 8, se calcula que ocasionó la muerte de 41 mil personas. En Centroamérica y parte del sudeste mexicano, los costos en vidas y daños materiales ocasionados por Stan, son cuantiosos. Algo tienen en común ambos desastres: golpearon a la población más vulnerable, la que está en condiciones precarias y de pobreza extrema. Ya antes, en Nueva Orleans, el huracán Katrina puso al descubierto la vulnerabilidad ante la naturaleza de la gran potencia del norte y las miserables condiciones en que está la población afro-norteamericana y los migrantes latinos y de otros países del Tercer Mundo. Hay, además, otra coincidencia: en ninguno de estos lugares se estaba preparado para enfrentar semejantes contingencias. En casos como éstos, la solidaridad de la población local y de los países y gobiernos amigos se ha hecho presente y eso ayuda a paliar los estragos y daños ocasionados.

Para el caso de nuestro país, en mi opinión, la reparación y habilitación de las vías de comunicación, la comida, en dónde vivir y la salud, el trabajo remunerado, así como también combatir el acaparamiento y la especulación con los precios de la canasta básica, son las prioridades para lo inmediato y en el corto plazo.

En lo referente a la atención de la salud, como personal adicional al que ya trabaja para el ministerio del ramo, 508 médicos, psicólogos, enfermeras y enfermeros, técnicos en salud rural e inspectores en saneamiento están llegando ya a atender las zonas más afectadas. De este personal de la salud que se incorpora a raíz de la emergencia, 208 son guatemaltecos y los otros 300 son cubanos que empezaron a llegar a Guatemala a partir del pasado día 8 y que forman parte de la Brigada Internacional Henry Reeve creada recientemente en Cuba para enfrentar situaciones de desastres y graves epidemias. El esfuerzo es encomiable y debido a que en los medios no se dice prácticamente nada al respecto, es importante subrayar lo que estos hombres y mujeres están haciendo en las zonas afectadas a que fueron destacados. La Brigada Internacional Henry Reeve lleva el nombre de un mambí estadounidense que luchó en la guerra de Independencia de Cuba y fue el contingente de médicos que el gobierno cubano puso a disposición del pueblo de Estados Unidos durante el huracán Katrina y que la Casa Blanca rehusó aceptar.

Tanto los trabajadores guatemaltecos de la salud como los cooperantes cubanos de reciente arribo, trabajan en brigadas conjuntas y tienen a su cargo la atención médica de la población durante las 24 horas del día en los distintos Centros de Salud en funcionamiento. Especial atención están prestándole a las enfermedades respiratorias, diarreícas y dermatológicas. Realizan, a su vez, barridas sanitarias que consisten en mantener una vigilancia sanitaria diaria, dar atención a quienes están en los albergues, y prevenir enfermedades mediante la vacunación y la cloración del agua. Su coordinación, implementación y ejecución, no son tareas fáciles, pero son encomiables los esfuerzos que se hacen. En todo caso y como quiera que sea, la labor de los trabajadores y trabajadoras de la salud, guatemaltecos y cubanos, demuestra que sí es posible enfrentar, en parte, las consecuencias de la catástrofe con posibilidades de éxito.

Asumo que no hubiera sido consecuente de mi parte dejar de abordar, en sus líneas más generales, aspectos esenciales derivados de la catástrofe por la que está atravesando el país y el esfuerzo que se está haciendo, fundamentalmente en materia de salud, así como el reconocimiento a los países y gobiernos amigos, y muy en especial, a la solidaridad del pueblo de Cuba que una vez más confirma su vocación de contribuir a salvar vidas en cualquier parte del mundo y sobre lo que aquí casi nada se ha dicho y publicado. Como no podía ser de otra manera, la ayuda de Estados Unidos, la del Banco Mundial y la del BID están suficientemente publicitadas en dos matutinos de ayer.

Entre tanto, dejo para la semana entrante y las dos siguientes, tres temas pendientes: el que se refiere a las principales enseñanzas que dejan 48 años de lucha del PGT y cuyo título es: Lucha revolucionaria: teoría y práctica y en el que me ocupo --entre otras cuestiones-- de las posibilidades reales del "Resurgimiento de un movimiento político marxista"; uno más en que abordaré La salvadoreñización del poder político en Guatemala; y, el tercero en que abordo lo referente a La infraestructura ¿para qué y en interés de quiénes?

Fuente: www.lahora.com.gt - 121005


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